La ventana abierta

La ventana está abierta y el hombre está solo, muy solo. La oscuridad amenaza con devorarle, mientras su barbilla descansa sobre los nudillos y la frente sombría deja entrever la actividad del pensamiento. Dentro todo está negro, pero hay algunos hilos que se entrecruzan formando recuadros caprichosos y líneas paralelas que no terminan en ningún sitio. Entre los hilos prevalece un abismo desolado. Las puertas dolorosas cerradas con candados de óxido y sangre. Las paredes ennegrecidas en las que rebotan los ecos de mil voces del exterior, que se han convertido en pequeñas células vivientes, con su propias costumbres y leyes. Su sino es la creación interminable de interrogantes. Tan pronto como uno ha muerto, acaso tratando de escapar a la superficie, se reúnen todos en la tétrica plaza del silencio para hacer los honores. Aquí yace una pregunta sin respuesta, reza la placa. Y los interrogantes todavía vivos, enjugándose las lágrimas, temen que ese mundo ya nunca vuelva a ser como antes, que la tierra toda vaya a temblar y las fachadas del universo se precipiten sobre ellos. Pero se equivocan. Porque tan pronto como uno de ellos muere comienza a vivir en el lejano exterior, tal vez con otro cuerpo y otra naturaleza, pero vive y es el mismo que ellos conocen. Saben que detrás hay algo, pero el camino para encontrarlo es la muerte.

La ventana está abierta y el hombre está observando ahora los tejados solitarios. Corretea un gato de chimenea en chimenea aullando como si buscase al inquilino de otro tejado y le llamara por su nombre. Sobre su silueta, las estrellas. Cada una con su número, con su brillo, con su historia, observadas a un tiempo por miles de ojos que la encuentran hermosa sin conocer su nombre. Seguirán allí mirándonos cuando la ventana esté cerrada y durmamos profundamente. Continuarán espiando, curiosas, la vida de los hombres. Pero no les dirán nunca nada cuando clamen a ellas. Son entes mudos creados para el amor que no rigen destinos ni saben lo que eso significa. No hablan, ni dan consejos, ni aportan al ser humano nada distinto a lo que encontrarían en este valle de lágrimas. Si los hombres quisieran, las piedras, los árboles, los muertos hablarían para decirles lo que tienen que hacer. La imaginación no conoce límites cuando se trata de evadir la libertad, la soledad profunda del hombre ante Dios y el abismo que entre ellos media y que sólo unos pocos se atreven a cruzar.

La ventana está abierta y en el edificio de enfrente hay otras ventanas, sobre cuyos alféizares descansan los brazos de otros pensadores que se torturan creyendo que no hay nadie al otro lado. Los ojos de todos se encuentran, pero no consiguen verse. Tan pronto como el rayo de su mirada los alcanza, los atraviesa como si fueran seres incorpóreos y detrás de ellos no hubiese paredes, ni fachadas, ni nada que se interponga en su camino. Su mirada confluye en el infinito, sobre el que se precipitan, a modo de cascada, su pupila, su iris, su córnea, alzando un grito trágico y desesperado. Cuando creen que van a desaparecer, de pronto descubren que las ondas de su voz se han convertido en una mano gigante que se agarra y trepa hasta la superficie. El poderoso grito de la muerte acaba salvándoles la vida. Y cuando vuelven a abrir los ojos están otra vez en el alféizar de su ventana y sienten la mágica brisa de la noche en las mejillas.

La ventana está abierta, y el hombre escucha los ruidos de la calle. El estruendo del barrio lo distrae de su pensamiento y acaba moviéndose. La gran mole humana se pone de pie, ejecuta una obra, dibuja sobre la realidad, crea: ha decidido cerrar la ventana por la que estaba mirando. Entonces baja a la calle y los hombrecillos de su mente sienten bajo sus pies un terremoto, las estrellas lo detectan y las personas que descansaban sobre los alféizares de las ventanas desvían la vista hacia abajo y le observan caminando por la calle, firme, decidido, libre. Ese ser extraño está moviéndose, está avanzando, casi podría decirse que corre. ¡Ha dejado de mirar por la ventana! ¡Está decididamente loco! Y decididamente el horizonte se va acercando hacia él, mientras que los edificios viejos de la calle comienzan poco a poco a fundirse con la oscuridad en aullidos inaudibles, imaginarios, tardíos, hasta que desaparecen.
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1 comentarios:

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Esteban
admin
21:54 ×

Podría pensarse que las ventanas ofrecen una posición privilegiada, de superioridad ante las cosas. Pero, en realidad, abrir una ventana es permitir que el exterior habite el cuarto. Ahí está el fracaso. Las ventanas, como los párpados, son pequeñas: la totalidad de la existencia no puede atravesarlas. Por eso todo se llena de preguntas. Las respuestas son demasiado grandes para las cuencas de los ojos.

Saludos,

Esteban

Congrats bro Esteban you got PERTAMAX...! hehehehe...
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