Empezar la novela por el final

La literatura se compone de los lugares comunes en los que se reúnen los espíritus singulares. Pero algunos, en el transcurso de su viaje a la región del buen estilo, se encuentran todavía repitiendo fórmulas que aprendieron de sus maestros. No es ninguna deshonra, todos aprendemos por imitación, pero en escritores reconocidos debería haberse extirpado ya esa lacra presuntuosa. ¿Cuántas veces, querido lector, no nos hemos encontrado a un escritorcillo que quiere dotar hasta la última de sus frases de la belleza de esa panorámica genial de Gabriel García Márquez en la que, hablándonos desde el presente, nos habla a un tiempo del futuro y del pasado? «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Pero no todos se encuentran en el porvenir ante «el pelotón de fusilamiento», ni su padre les ha llevado nunca a «conocer el hielo», y aún así, muchos insisten a cada página de su libro en que les acompañemos a la vida pasada de su personaje, cuando sucedió tal y tal acontecimiento, que luego habrían de recordar en algún momento pintoresco de sus vidas, mientras contemplan extasiados una copa de vino o charlan con un personaje que se han sacado de la manga. Y a veces, llevándolo al extremo, son capaces de edificar historias en las que su protagonista no deja de recordar asuntos banales que sólo revelan un carácter melancólico pero incapaz de distinguir lo sublime de lo irrelevante. Acaso pretenden, con su obsesiva referencia al antes y al después, conceder a su criatura el don de una profundidad de la que carece.

Es como esas películas sobrecargadas de flash-back en las que el espectador sólo entiende el argumento al final, después de recomponer los pedazos de un espejo quebrado. Comprendo que la figura original hubo de ser soberbia, pero a la postre se ha vuelto una forma de jugar con el lector; no le empuja a deslizarse suavemente por la historia, pues observa continuamente la manaza del autor removiendo las piezas del puzzle. Pero, dirán, ¿quiénes somos nosotros para sugerirle a nadie que abandone el sutil lenguaje de los espejos, único nexo entre exploradores e indígenas, cuando tal vez no halla otra manera de expresarse? ¿no son acaso los trozos de espejo los que, desde el principio de los tiempos, enfrentan a la persona con su identidad, permitiéndole contemplarse en un objeto, como algo ajeno a sí misma? Cada siglo que pasa los trozos son más diminutos y el lector sufre inquiriendo entre los añicos, hasta que acaba mareándose y tropieza con su propio rostro deformado y se deja llevar por la voz omnisciente que le habla, deseoso de que la historia llegue a su final y el escritor acabe con su rompecabezas.

Cuando hay un final abierto, se aprecia verdaderamente que el gran espectro de sucesos pasados y futuros ha acabado yéndosele al escritor de las manos. Y cuando es uno cerrado, cuando es uno cerrado... es que su presunción llega tan lejos como la de un Sherlock Holmes o Hércules Poirot. Células grises, las llaman; las reglas elementales de la deducción. Pero, ¿es que acaso una extraordinaria capacidad de deducción no es, al cabo, un infalible poder intuitivo? Todo escritor ha sentido alguna vez, en la soledad de su habitación, la tentación de ser como Dios. Y así, colocándose por encima del tiempo, se burla desde detrás de sus lentes de los pobres lectorcillos que, intentando averiguar qué pasó primero y qué después, ignoran que todo surgió de la nada intemporal y que su amo ya conoce la última línea desde que puso la primera letra. Qué siniestro viaje en el tiempo, qué triste saberse, entonces, prisionero de la curiosidad y juguete del destino. Y que el destino haya de ser, como una suerte de tortura fatal, mirarse a uno mismo en el espejo recompuesto al final del libro. ¡Ah!
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