Días de exámenes

Debajo de una montaña de mil carpetas, papelotes, bolígrafos, calculadoras y tazas de café asoma un individuo racional. Aunque parece inmóvil, silencioso, espiritualmente muerto, se diría que aún respira. Incluso me atrevería a decir que su cabeza se ha movido levemente hacia la derecha, buscando una postura más cómoda y políticamente incorrecta. Sabemos que es un ser humano por la ingeniosa estructura ósea que le caracteriza, su aparente capacidad de posarse sobre sus extremidades traseras y ese gesto distintivo, inconfundible, de la frente y la nariz adheridas al papel impreso. Sin embargo, se diría que vive en un mundo arcano, sombrío, ante el que se podrían plantear tropecientos interrogantes indiscretos que ni la ciencia ni la religión podrían resolver.

Pero como a él hemos descubierto a muchos otros que, adheridos a sus sillas giratorias, se han quedado con la mente en blanco frente a una pared tratando de recordar fórmulas, repetir conceptos, desarrollar ideas y poner los puntos sobre todas las íes. Y mientras que ellos están así, en esa postura noble y casi mística, Thchaikovsky suena a su alrededor pugnando por derretir una estatua de mármol. Hay otros más vivaces, que recorren diez mil veces el mismo pasillo, con la mirada en el suelo, llegando incluso a escalar las paredes y regresando al lugar donde estaban a través de la pared de enfrente tras haber pateado el techo y contemplado el mundo desde el punto de vista murciélago. Esos son los más divertidos, pero aún hay una especie de la que no hemos hablado. La de los que sentados sobre la cama, con los papeles entre las manos, visten de pantalón corto y zapatillas de toalla, llevan los cascos puestos a todo volumen y logran mantener uno de sus ojos conectado mediante un misterioso hilo electromagnético con los píxeles de la pantalla del portátil, mientras que el otro ojo se pasea por las páginas borrosas, en las que de vez en cuando aparece un tablero de ajedrez o el rectángulo de un as de picas con el que han soñado toda la noche.

¿Y qué hay de los que abren el manual por la primera página y a los dos segundos se distraen con el vuelo de una mosca, y pasan horas y horas repitiendo ad infinitum la absurda frase de siempre? ¿Y de esos que se levantan a las cinco de la mañana el día del examen, abren el libro por primera vez y con un par de codos se ponen a estudiar? ¿Y de esos que, estudiando, casi se diría que rezan y sólo les distraen periódicos viajes a la nevera? La lista de los jóvenes maniáticos se vuelve interminable en esta ciudad titánica que no existe, donde todo el mundo habla inglés, reside en habitaciones de veinte metros cuadrados y atraviesa unas cuantas frustraciones filosóficas hasta que alcanza el preciado día en que ve relucir sobre su cabeza un sombrero de fieltro negro con una borla dorada y le hacen entrega de un solemne título en forma de cilindro sujeto por un cordel rojo. No hay un único modo de conseguirlo, no hay dos locos iguales. Pero uno y otro comparten el mismo objetivo. Poder salir un día a la calle alegando que una institución oficial les avala y que les respaldan tantos años de estrechez y cansancio.

Pero esos días esquizofrénicos, en los que el estudiante habla con todos los muebles de su habitación, pasan. Acostumbrado con el tiempo a esas reyertas anímicas, su espíritu empieza a domesticarse y sus ansias de salir corriendo se vuelven si cabe más inquebrantables. Pasadas las primeras locuras universitarias, cada vez parece más cerca la mañana en que el edificio se termina y el alcalde coloca el ladrillo de oro, el santiamén glorioso en que la bola se cuela en el hoyo 18, el milisegundo culminante en el que el coche de Fórmula 1 atraviesa la línea de meta y comienza la vuelta de honor. Y así se siente, se aprecia en el ambiente, un horizonte que se aproxima hasta sus propias narices. Si se fijan bien, verán que la montaña de apuntes y bolígrafos se ha desmoronado otro año más y que de su interior brota un ser de gesto heroico y desfallecido a quien, si le preguntan, seguramente les dirá que no quiere oír hablar de ello.
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