Londres, un mundo de gentlemen

Nada hay más divertido que encontrarse solo en una habitación extraña, echar la maleta al suelo y comenzar a sacar plácidamente prendas de vestir frente al espejo que nos observa. En esos instantes gloriosos de soledad y encanto, el hombre siente que una mano gigante acaba de arrancarlo de la tierra a la que pertenece y lo ha dejado caer en una minúscula alcoba para sentirse otro, ajeno a las circunstancias que le rodean, lejos de la erosión del tiempo y el turbión del pensamiento. Allí, solo, apartado del mundo, el hombre recupera las fuerzas en la intimidad del exilio, abandona su gruta unos instantes cual renovado explorador y vuelve a tocar los objetos y los muebles con curiosidad, como si experimentase, por unos segundos, otra vida. Tal vez sólo un sueño que, como el de Segismundo, fenezca tan pronto como los poderes fácticos que lo han fabricado descubran que, aun siendo capaz de apreciarlo, acaba el hombre acostumbrándose a su destino demasiado pronto.

Pero real o ficticio, uno no se resiste a saborear el néctar de una ciudad desconocida y enseguida se echa a caminar por sus calles, observar a sus gentes, escuchar sus voces en los lugares públicos, y sentirse espectador de un grandioso teatro sólo elaborado para que se admire unos momentos y luego se desvanezca. ¿Acaso esas gentes van a seguir allí después? El hombre camina, desasido de su vida natural, gozando la sensación de novedad inagotable que transmiten las grandes urbes. Londres, todavía adornada con sus autobuses rojos de dos pisos y sus casitas ajardinadas, sufrida capital que ha sobrevivido a la Historia y que hoy acoge a individuos de lo más variopintos, amparando el sagrado derecho de cada uno a hacer lo que le dé la gana. También me acogió a mí, en mi huida espiritual, para poder de nuevo escuchar el susurro atronador de la mente y sentir sobre mi lomo la pasajera caricia de la lluvia. En la inmensa hierba feliz de sus parques, atestada de patos o ardillas, se contempla a los británicos ya disfrutando de agradables picnic, ya jugando al bádminton o al fútbol, ya cambiando confidencias en un banco al oído de la enamorada. Andan por ahí, en las calles, muchos sujetos trajeados que de cuando en cuando echan un sorbo de café mientras se dirigen a la empresa para la que trabajan. Caminan seguros de sí mismos, cual gentlemen, inmortalizando la estampa de que los países anglosajones son una tierra de gente trabajadora. Y lo es, pardiez, tanto que algunos de los que viven allí se sienten infelices y apocados ante la frialdad británica y echan de menos el sol bajo el que siempre han vivido.

Pero no hay nada más triste, allá a donde uno llega, que creer que no se ha llegado al lugar indicado y empeñarse en que todas las tierras sean acordes a nuestras manías, que lo son para los ingleses tanto como para nosotros las suyas. Y nada es más bello, cuando uno se encuentra desarraigado de lo cotidiano, descubrir que en todas partes florece una misma complicidad, allá donde bulle el sentimiento humano y las gentes se inquietan por el mañana, y la mano de la muerte nos alcanza y brota de las entrañas ese fuego que incendia las pupilas y sólo las personas que han sufrido distinguen. Sólo ahí, muy adentro, es donde uno descubre la nación a la que pertenece, que no es estática, ni comprometedora, y de la que la gente entra y sale todos los días, observándose sólo a través de velos transparentes, desapareciendo luego cual fantasmas, sin que quede tradición ni cuentos. Sólo un vago recuerdo que llevaremos para siempre tatuado en la mirada.

Pero es allí, lejos de la vida mecánica, donde el hombre lee la prensa con serenidad en una mesa de café y se ríe plácidamente de las catervas de turistas que pasan por detrás del cristal. ¡Qué sabrán ellos de viajar! Y no porque no vayamos a los mismos sitios, pues lo grandioso es grandioso aunque aparezca en las guías turísticas, sino porque los pobres diablos corretean por el mundo ávidos de observar objetos y edificios sin apenas detenerse a contemplarlos y encima aparentan sentirse satisfechos. ¡Qué delicia es perder el tiempo en Green Park! Pasear tranquilamente por Picadilly Circus, atravesar con parsimonia las salas del Museo británico, extasiándose en la contemplación del frontón y las esculturas del Partenón o las múltiples momias egipcias, sabiendo que hay otros lugares que me perderé. O qué placer mirar cómo pasan las horas en la cola del Wyndham’s Theatre, esperando que queden entradas para Hamlet y después de cincuenta páginas de libro de bolsillo lograr por fin la ansiada recompensa.

Cada minuto desperdiciado en el extranjero vale su peso en oro. Cuando uno tiene oportunidad de alternar con gentes de otros países, siente una sana envidia, pues incluso sus políticos parecen estar hechos de otra pasta, si bien el progresismo bienpensante no conoce fronteras y es uno de tantos productos capitalistas altamente valorados por la sociedad y el mercado. ¡Allí ponen de todo en los escaparates! Pero un servidor pasa de largo, y no lamenta que a cada momento le llueva o incluso granice, pues es una bendición que no gozamos en las tierras yermas. Se diría que allí se saben de memoria los vaivenes del tiempo y los niños nacen con un paraguas en la mano. Pero nada de eso es cierto. La fuerza de la costumbre los ha hecho hombres. Y a la costumbre, cuando es bella, al final se le acaba encontrando la gracia.
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