La guerra de Stanley Kubrick: Barry Lyndon

Es la eterna historia de la lucha por la vida, pero con una banda sonora generosa y una ambientación dieciochesca que daría envidia a los hombres de su época. La película es lenta, pero el doblaje de un José Luis López Vázquez, en tono más serio del habitual, nos narra la vida de un joven irlandés llamado Barry (Ryan O’Neil) envalentonado por el amor... y otras cosas. Esa será la raíz de su aventura interminable de pícaro aficionado. Le acompañará una melodía obsesionante y siempre que vuelva la espalda se encontrará que alguien, acaso él mismo, le persigue.

Los pasajes de la Guerra de los siete años (1756-1763), que enfrentó a Gran Bretaña y Prusia frente a Austria y Francia y todos sus aliados, aunque tocados de refilón, nos ofrecen un campo de batalla y un grupo de hombres uniformados. Ingleses, franceses, prusianos... todos participan de un mismo concepto de amor a la patria, aunque su lucha por la Baja Silesia se convirtió en una pugna por la supremacía colonial. Pero los soldados caían como moscas y los hombres se acababan enfrentando unos a otros cuerpo a cuerpo, ya con bayonetas, ya con sables, siempre orquestados por el fragor de la artillería. En medio de la hecatombe atómica, algunas virtudes dieciochescas sobresalen; la adulación oportuna y el ánimo de mantener las ideas propias y un mezquino afán de ser alguien en un mundo implacable.

Todo es sombra de un paisaje atroz que nos lleva de la admiración a la sorpresa. Palacios de época, edificaciones grandiosas y paisajes de múltiples lugares, escenas majestuosas de una Inglaterra típica y un continente soberbio y decadente donde no hay lugar para buenos chicos. Una bella estampa que mereció, entre otros, el Óscar a la mejor fotografía para John Alcott. Imágenes rodadas a la luz de las velas, en mitad de la neblina inglesa o casas de época con un afán de cuidadoso realismo en el que sólo ponen empeño los cineastas geniales.


Los personajes, que parecen extraídos de algún cuadro, rinden culto al XVIII con sus pelucas empolvadas y lunares postizos, sus labios coloreados y voz cursi y aflautada. En la mujer, Lady Lyndon interpreta una dama llena de encajes y sugestionada por la religión. Los hombres se revelan caballerososos, pero interiormente desenfrenados, estrafalarios, disolutos. Constantemente acosados por las deudas de juego, los lances, los líos de faldas y las tramas políticas, configuran una casta especial.

Ni un momento la película parece atravesar cambios bruscos, pues las elipsis están bien situadas y se transforman al ritmo paulatino de una narración ligada a la vida verosímil de un hombre de fortuna. El guión de Kubrick, aunque se antoja un tanto amanerado, no carece de argumento como otras narraciones literarias adaptadas al cine. Tomada de la novela de William M. Tackeray, la obra toma al principio tintes de documental novelado o novela documentalizada, pero luego consigue atrapar al espectador con el ingenio con que se tratan los acontecimientos. El final, anticipado por el narrador, nos produce sensación de epílogo y, aunque nos puede parecer lánguido y agónico, capta nuestro interés por lo inesperado, y al mismo tiempo, terrible de lo que nos avanzan.


Al terminar la película, con su genial banda sonora de Leonard Rosenman, nos sentimos henchidos de Historia moderna. No tanto por lo que nos hayan contado, que no es mucho, sino por la ambientación impecable, el matiz penumbroso de las imágenes, la escena distintiva que parece trasladarnos a aquellos tiempos donde la nobleza y la naciente burguesía disfrutaban de los placeres cosmopolitas, servidos por estirados sirvientes de librea y haciendo equilibrios por mantener su buen nombre a la vez que se procuraban cada día más vicios y cavilaban los planes más rastreros para saciar sus apetitos. Tiempo de bailes y jardines, de lances y música clásica, que Kubrick nos retrata en este magnífico grabado del Siglo de las Luces.
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