Días septembrinos

Miserias, miserias, miserias, miserias... Todo vuelve, como una suerte de boomerang, a estrellarse en la cara del que lo lanzó. La luz penetra donde tan sólo dormía el polvo desde hacía años y las cucarachas merodean con sus pesados caminares. Las mismas voces vuelven, los mismos cuerpos que ya uno creía enterrados y glorificados recobran por un momento su natural figura y se presentan ante mí con otros nombres y a veces con otra cara. Algunos papeles han cambiado, pero todo parece lo mismo. La eterna cuestión que se repite, la vida que gusta de las burlas y el destino que no existe pero que se sirve como siempre de sus artes irónicas. ¿Han notado alguna vez una feliz coincidencia entre las ocurrencias de Los Simpson y el día que vivieron?

Yo garabatearía un texto para conmemorar esas historias de ridículo que a algunos se les antoja algo serio. Me pondría, en un preciado instante de aristocrático desprecio, frente a todos esos sentimientos que algunos dicen que sienten, cuando en realidad no es sino la vacua cantinela que todos hemos notado alguna vez y el hierro candente de la madurez, en una preciosa etapa, ha silenciado. Sólo un sordo lamento es lo que ha quedado, y ni siquiera vale la pena que le prestemos atención. Aquí, amigo lector, donde el mundo se ha puesto una máscara y los sujetos revolotean en el estrecho instante de sus vidas, se diría que todo cobra sentido de pronto. El absurdo hace que nos sintamos dueños de un renacimiento desanimado en el que ya, de pura desidia, los hombres se sacuden la tierra y se echan al camino de la imaginación.

Qué desastre, lector, tener que encontrarnos en tan fatídicas circunstancias. Usted ha visto esos nubarrones fieros allá arriba contemplándonos, usted ha escuchado esos truenos vespertinos y sentido sobre su cuello el fino chirimiri que precede a un diluvio de mil demonios. ¿Acaso le ha sorprendido esta extraña burla de la naturaleza, estos caprichos septembrinos que ya ni nos entristecen ni nos levantan el ánimo? Hay gente que ha muerto, con esta gota fría, como si los inicios purgaran siempre a alguien que no quieren que comience el nuevo curso y se lo llevan consigo al panteón de las víctimas de la tormenta. Pero, ¿y los que quedamos, notando que la vida continúa, y que una vez más nuestro cuerpo ajado siente el bautismo de agua de los principios olvidados? Todo empieza, lector, todo empieza y se termina, y en medio sólo hay vanidad hasta que el círculo se cierra. Bueno, y un poco de Nietzsche. El otro día escuché, entre las callejuelas solitarias, el himno de Israel que brotaba de un violín triste cerca de la plaza de la Muntanyeta. Aquello era lo único que no podía esperarme, pero es que incluso las melodías tantas veces repetidas, cuando suenan, parecen cobrar un encanto especial: son años, siglos de sufrimiento que se vierten un momento sobre el aire y hacen sentir la pesada carga de la Historia. Miles de voces gritando al mismo tiempo. Miradas prisioneras en un pedazo de hielo. Silencio, mucho silencio.

Aquí dentro, lector, con una mano sobre el botón de apagar el radio-reloj-despertador, parece que una voz de ultratumba nos cuenta las noticias que ya esperábamos. No sé, siento que alguien me está mirando, o que yo mismo estoy mirándome desde después, como si viera una película enlatada, y de pronto fueran a pasar hacia delante hasta la escena final y acabarlo porque ya no queda más remedio. Pero es que el último momento puede ser cualquiera, porque nos arrastre una columna de agua encerrados en un coche o porque, simplemente, despertemos una mañana y descubramos con la mente en blanco que hemos perdido la curiosidad por el mundo. De momento sé que eso no me pasará, o al menos mientras siga lloviendo de esta forma y la lluvia siga comenzando puntualmente a la una y media, justo al bajarme yo del tren. ¡Qué cosa tan divertida!
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