Una habitación oscura

Abre los párpados lentamente y tropieza con una superficie gris y plana de la que parecen surgir sonidos sobrehumanos. Está echado sobre la cama, en la oscuridad, con la puerta y la ventana cerradas. Sus ojos despiertan ateridos como si viniesen de contemplar imágenes terribles de un mal sueño. Se mueven a la derecha y a la izquierda, tocando sutilmente los muebles de la habitación, casi palpando el aire, temerosos de que de un momento a otro suceda un hecho anormal. Ah, en su corazón bulle la llama de la vida. Sí, ahí dentro alguien se ha desperezado. Creo que ha empezado a hablar. Acaso comenta el día de ayer con desenfado o masculla el último chismorreo que mantuvo con un colega. Parece, entre los latidos, intercambiar secretos. No se entiende bien lo que dice. Pero está despierto, está vivo y tiene ganas de moverse, de salir, de avanzar sobre el ingente suelo caminando por encima del polvo. Oigo sus susurros en el oído. Parece gracioso, como extraído de una película de ciencia ficción. Aquí hace mucho frío, está oscuro. Casi no habla nadie. Sólo él. Como un niño, como si no le importara nada de lo que sucede, ajeno a las tinieblas del habitáculo en el que le guardan. Allá a la izquierda hay un laberinto de estanterías de libros. Lo he visto rodar por el suelo hasta ellas, entre comentarios entusiastas, y pasearse entre los muebles mirando hacia arriba. Siente que se le van a caer encima, que los ajados lomos luminosos le deslumbraran con la inmortalidad de los títulos que anuncian y que al niño de adentro le diera un salto cada vez que ve un Cervantes, un Dickens, un Dante, un Víctor Hugo. Creo notarlo entre los libros, pasando las páginas ancestrales, repasando las letras gigantescas con los ojos, con el corazón en un puño. He visto libros volando de estantería en estantería por obra de un maldito sortilegio. Me los han desordenado.

Siento, aquí, muy adentro, que ha caído un animal muerto desde muy alto y ha atravesado mi cuerpo, escondiéndoseme en el alma. Me ha hecho daño. Creo que he derramado una lágrima. Aquí está su piel seca, su cuerpo inmóvil e hinchado, su cabeza peluda y pequeñita. Dentro de mí. Los latidos suenan como estocadas. Arriba, escucho ruidos de lucha. Un padre, un hijo, la muerte que ha venido a sacar a alguien de la cama, quién sabe. Afuera debe de haber alguien, está muy oscuro, hace frío. Oigo gritos. Gritos de mujer interminables en mitad del silencio, como una daga que saliera de pronto y rasgara las cortinas de la tiniebla. Siento todo mi cuerpo respirando jadeante. Me palpo y mi carne se ha vuelto de paja colocada en un molde de hierro. Quiero levantarme, pero no soy dueño de mis miembros. Estoy clavado a la cama, estoy muerto, soy materia y me siento. ¿Qué ha pasado? Afuera he oído algo, mis sentidos han percibido los horrores del mundo en un segundo. Dos ejércitos que se encontraran de pronto y se lanzaran el uno contra el otro. Un búho inteligente que ha pasado volando y riendo. La persiana está bajada. Adentro hay polvo, y una atmósfera de oscuridad y miserias escondidas. El escritorio, a un lado, con un papel blanco brillantísimo y al lado un tintero y una pluma preparada. Estoy garabateando una carta sin destino que cuenta milagros que no han sucedido. Me está mirando. Ahí, en la pared. Un retrato español, de rostro macilento y cabeza de aguja, con jubón negro, golilla y espada al cinto. La mano, mortecina, en el pecho. España, la decadencia. Y he visto una música que suena, una música que se envuelve en las líneas del aire y hace dibujos sobre el papel negro. Un mapa, una habitación, un resplandor vacío. Me envuelve el tiempo, y la honra perdida que se me acerca, disfrazada de monja y extendiendo mano de esqueleto y rostro de calavera. Una voz joven, del otro mundo, susurrada en perfecta onda. La simetría, y los recuadros y triángulos que poco a poco van dibujándose en la nada, estrangulando el pájaro del silencio. Un líquido amarillo en el suelo, un grito de sangre, náuseas.

Estoy echado sobre la cama y mi cuerpo blanco está manchado de nieve. Tengo una nube por manta, que a ratos se desmorona en lluvia eléctrica. Truenos a menos de un palmo de mi cuerpo. Rayos que parecen espadas. Y un lago muy grande, gris y lluvioso, en el que una barca yace a la deriva. A lo lejos, las luces, el socorro, la brisa que nos arrastra. El tiempo frío, muy frío, y los corazones helados. Confidencias de hombre loco a otro hombre loco. Monstruos marinos por debajo de nuestros zapatos. Ruidos muy fieros. Y los temblores, que nos retuercen entre violines tortuosos.

Alguien ha abierto la persiana. Un espíritu pequeñito y caliente ha roto las cadenas. Un redondel lejano y sordo ilumina la alcoba. Las esquinas blancas, los muebles de caoba fieros, el olor a mañana y tierra mojada. Está lloviendo. Afuera las gentes se cobijan bajo los balcones o los paraguas. Adentro, está caliente. Hay una llama de fuego que lo incendia todo y no quema ni destruye. Por fin se levanta. Ahora su cuerpo es de hueso y carne. Aunque parece un sueño, camina mirándose los pies. La gravedad se marcha y él, soñoliento, corre a prepararse el desayuno.
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