El tren de la literatura

Para el que ha vivido siempre en un pueblo, incluso para el que es como yo de una capital de provincia, el tren supone un medio de transporte indispensable. No sólo porque me traslado en sus destartalados vagones hasta la Universidad, sino porque el mero hecho de sentarme junto a una ventana y contemplar la tierra abierta aporta al individuo una sensación de libertad de la que carece en el estrecho espacio de una habitación vacía. Como nos relata Baroja, Valle Inclán “vivía en un cuartucho pequeño con una cama en el suelo y una caja como mesa de noche. Tenía en la pared tres o cuatro clavos, en donde colgaba todas sus ropas”. Tal era su escritura hermética, según han dicho, y que fuese tan fino escritor de diálogos y obras de teatro y tan criticado narrador por sus frases complicadas y recargadas. Acaso es cierto que en un cuchitril diminuto, echando mano de su brazo de escribir -el único que conservan los grandes mancos de la literatura- sus letras se volvieran puntillosas y rimbombantes, como si formaran una gran obra arquitectónica, pero huérfanas de frescura, sin la sencillez azoriniana de las tierras solitarias y agotadas y la tristeza inmanente del espíritu observador y pensativo.

A Azorín le gustaban los ferrocarriles y los pueblos, los lugares solitarios de esta perdida provincia, las confidencias en una casa, en la noche a veces llena de lucecitas y ladridos, otras a la pálida solana del día. En todo paisaje, radica el éxtasis de lo cotidiano, haciendo al hombre sentirse más hombre cuando, en lugar de ponerse los calcetines, “se pone filosóficamente los calcetines” (La Voluntad, 1902). O cuando, agarrado a una maleta, decide abandonar el polvo de su patria local para subirse a una de esas máquinas que echan humo y atravesar La Mancha hasta la ciudad más literaria de España, el Madrid ansiado por casi todos los escritores que no nacieron en él y en el que veían una posibilidad de alcanzar la gloria y la edición de su libro. Allí fue Miguel Hernández, con ansias de un protagonismo romántico, dejando atrás los murmullos del campo, los paletos y las cabras, aunque la primera vez volviera trasquilado. Había también, junto con la literatura, muchas tristezas en aquellos años, pues muchos no conseguían lo que querían y acababan formando parte del gremio de los escritores frustrados, que malvivían en los cafés madrileños comentando las últimas historias y leyendo los periódicos madrileños. Había otros que, aunque lograron llegar a Madrid con relativa facilidad, se hallaban ligados a su tierra local y querían controlar el mundo desde su asiento en el Casino de provincias o su cátedra de la Universidad. Así fue Leopoldo Alas, l’enfant terrible de la literatura de la Restauración, que después de muchas tortas y puñetazos logró una Cátedra de Economía Política en la Universidad de Zaragoza y más tarde, en 1882, en Derecho Romano por la de Vetusta. Clarín se jactaba de no necesitar residir en Madrid para estar al tanto de lo que se decía y publicaba y se sentía capaz de dominar el país desde su pequeño universo ovetense.

Hubo otros que, como Benito Pérez Galdós, el Garbancero, se convirtieron en madrileños de raza sin haberlo sido y convirtieron aquella ciudad en el foco de sus novelas e inmortalizaron con su tinta las calles, las plazas, los nombres que entonces figuraban en el XIX y los tejemanejes que se trababan. Era aquella una ciudad noble y española, una capital muy por encima de la paupérrima existencia de los pequeños pueblos, no porque no tuviera más pobres y ricos que ninguna, sino porque era opulenta en individuos y posibilidades. El que más y el que menos aspiraba a conseguir un puesto en la Administración y sin comerlo ni beberlo uno podía entrar a escribir en uno de esos periódicos donde se cultivaba la literatura o la ideología.

Hoy, los trenes y las vías se han modernizado un tanto, y el AVE pronto (o mejor dicho, tarde) volará por encima de nuestras cabezas. La distancia entre Madrid y Alicante apenas superará las tres horas de trayecto. Esos horizontes que antaño se contemplaban como lejanos e inalcanzables, hoy casi pueden agarrarse con la mano y Castilla es sólo un lapsus, una llanura imaginada, en la que no da tiempo a divisar quijotes, ni ventas, y donde aquellos molinillos de aspas gigantescas se han sustituido por antiestéticos parques eólicos que, amén de asesinar pájaros, no dan apenas energía ni riqueza y no hacen sino afear el paisaje. Su paso, afortunadamente, no dura mucho, pero aún la vista sigue desviándose hacia esa panorámica y uno siente, como le pasaba al señor de Santorcaz en Bailén, que el escenario de todas sus batalles vitales reviviese en aquel misterioso desierto y que el sol, el cielo, el aire, La Mancha contemplasen todavía a los hombres que por allí pasan.
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2 comentarios

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Anónimo
admin
19:15 ×

Azorín dijo que la obra capital del mundo moderno era el ferrocarril (Castilla, 1912) y lo defendió siempre.

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Samuel
admin
17:34 ×

Un libro que tengo pendiente de leer desde hace tiempo...

Saludos.

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