Hotel Paradiso (1966)

Una película que logró divertirme durante mucho tiempo fue ese Hotel Paradise (1966) casi desconocido en el que se mezclan Alec Guiness y Lina Lollobrigida, bajo la dirección de Peter Glenville. Me gusta, acaso, porque es una obra de teatro que, pese a convertirse en película, no ha perdido su espíritu dramático: los actores hablan como si estuvieran declamando un guión aprendido, no hay ni pizca de realismo cinematográfico y toda frase anodina se entona con gracia, y los hombres se exaltan por la menor tontería, al contrario que en la rústica y extravagante realidad.

Sí, porque el realismo teatralizado a veces se antoja más real que la vida misma. ¿Para qué diablos quiere uno contemplar el desarrollo natural de un amorío común? ¿No es mejor enredarlo hasta el absurdo, fabricando mil coincidencias que ni en un millón de años podrían haber sucedido, para que todo tenga el resultado que el dramaturgo desea? Así, así es el teatro clásico: circular, sencillote, sin finales abiertos y con una moraleja que a veces es burla social y otras reflexión metafísica. Mucha elocuencia cacareada, pero a lo grande, como riéndose de lo que se dice, porque queda bien. ¡Y al diablo el personaje de enfrente, a quien seguro preocupa más encontrar una frase que entronque bellamente con tu última palabra que la reacción natural y previsible del guionista mediocre!

¿Qué importa todo? La realidad es que nos están observando, que una pluma nos escribe. No hay mayor realismo que ofrecer ante el espectador, en clave bufa, una comedia de enredo que apela a la vida misma del hombre y donde todos sus personajes son seres caricaturizados. ¿Por qué han de ser siempre seres normales, que no dan pie a una carcajada? ¿Acaso la normalidad demuestra por sí misma que se ha buscado el realismo, como quieren hacernos creer? La teatralidad, lector, la teatralidad es lo que importa, pues no todo lo real merece ser contado, sino lo relevante y pintoresco.

En Hotel Paradise, la ciudad de París no aparece por ningún sitio, pero se huele. En las levitas, los sombreros y los bastones, en los espectáculos tópicos de la belle époque, en las mansiones, en el amor remojado con champán, en los formalismos amanerados, en la inmoralidad sumergida, la estupidez con que los personajes se entregan a una historia prefijada de antemano. No está la gracia en lo esperado, sino en el desarrollo delirante de unos acontecimientos que se han visto muchas veces, pero que suceden al mismo tiempo y cada uno resulta capital para los personajes. Es increíble, al fin de todo, que una historia así llegue a alguna parte, y sin embargo llega, aunque lo que el autor nos quiera decir no vaya más allá, en el fondo, de la belleza de un guión bien declamado.
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