La mirada ausente

Uno todavía, a estas alturas, sigue bajando de vez en cuando los ojos y fijándose en un punto insignificante del paisaje. La mirada ausente, lo llaman, aunque yo he visto unos ojos orientales que, proyectados sobre el vacío, parece que están mirando algo. En esos momentos, se diría que todas las preguntas del mundo se concentran en nuestras pupilas y que nuestro rostro, de manera excepcional, carece de significado. Atrae, sin embargo, la curiosidad; por lo cínico de esa mirada ausente, tranquila, que no se rinde a la contemplación del todo, sino a la de una minúscula célula infinitesimal a la que parecemos conceder mayor importancia. Esa es nuestra mirada metafísica; sólo dura un momento y luego vuelve a bañarse en las imágenes de la realidad, como si nada hubiese ocurrido. Como si el mundo, de pronto, recobrase su rumbo, y las personas con las que nos hallábamos, instaladas en algún problema material, volviesen a ser las personas con las que nos hallábamos. Y no esos objetos extraños, que parece que alguien ha puesto ahí para que los miremos, mudos de curiosidad, sedientos de sabiduría.
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3 comentarios

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01:17 ×

-Y, a usted, ¿no le da pena ser ciego?
- ¡Bah! Para lo que hay que ver...

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Samuel
admin
13:46 ×

Conocía el chiste y no le falta razón. La lástima es que el ciego tiene que oír cosas que a veces no quisiera y él las oye mejor que nadie. No hay escapatoria.

Saludos.

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22:48 ×

Me alegro de haberme topado, inexplicablemente, con tu blog.
Sigo leyéndote. Saludos.

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