¿Dónde está enterrado García Lorca?

Andan los desenterradores de mitos un tanto confusos y contrariados porque Federico García Lorca no está enterrado en la fosa de Alfacar. Fueron muy sibilinos, no a buscar el cadáver del poeta granadino, que la familia prefería dejar dormir en paz, sino al maestro Galindo y los toreros Arcollas y Galadí. No apareció rastro del poeta, ni de los otros. Y aunque existen otras teorías científicas acerca de dónde pudiera hallarse, sólo hay un sitio que sabemos, seguro, en el que muchos de los que le veneran como un mártir no lo desean encontrar. ¿Dónde está, pues, García Lorca? ¡Y aún lo preguntan, desenterradores de cadáveres! García Lorca está en su obra: en La casa de Bernarda Alba, en Poeta en Nueva York, en el Poema del cante jondo.

Pero ya sabemos que eso, recordar a un hombre por lo que escribió, no da respuesta a las investigaciones científicas, que desprovistas de todo cariz ideológico pueden ser de sumo interés historiográfico, siempre que no se haga daño a los familiares. Pero tampoco responde, y eso ya es más grave, a los intereses de quienes sólo valoran el arte de acuerdo con su filiación política y cuya única voluntad de desenterrar a los muertos, a ciertos muertos, consiste en poder restregárselos a sus adversarios políticos por la cara, llegando a culparlos, de algún modo, de su muerte y reavivando el complejo psicológico de los demócratas vivos, pero de derechas. ¿Se ha visto mayor banalización de la cultura que colocar ésta al servicio de una causa política? Los españoles siempre fueron muy religiosos; no pueden vivir sin sus dioses. Aún peor: no pueden recordar al hombre a través de sus libros, a veces pasto del fuego; necesitan el mito, la adoración, la coreografía. Y el mito, fiel a nuestra tradición fetichista, debe ser físico y palpable. Estamos buscando la noticia, no los restos que luego serán analizados en el laboratorio.

Conviene también, aunque esto nunca vaya ser moneda común, pasar del mito al logos. Ningún mártir, por grande que fuera, merece ser valorado más allá de sus grandes obras. El chileno Pablo Neruda fue un magnífico poeta, pero su Canto general es un texto vastísimo e infumable, al contrario que su Residencia en la Tierra. Otro tanto puede decirse de Rafael Alberti, cuya poesía social acaba convirtiéndose en propaganda para las masas ignorantes. ¿Es que acaso porque un gran poeta llamara “padre” y “maestro” a Stalin debe deducirse que, para ser un gran poeta, es necesario glorificar al dictador comunista? La poesía, por Dios, está en el hombre antes que en el objeto, el paisaje, la persona que ensalza: puede extraerse poesía hasta de la misma basura; tal vez el lector discierna algo bello, pero al mismo tiempo su visión será falsa y mentirosa si se analiza objetivamente. Ser un gran poeta no exime a nadie de ser, en cuestiones políticas, un babeante juglar y siendo un babeante juglar hacer una poesía banal que sólo entusiasma a los de la secta.

A mí no me importa, en el fondo, que Lorca fuera un hijo de su época, un hijo de sus circunstancias y que de sus circunstancias hiciera poesía como de todo lo bello o desgarrador que encontrase a su paso. Venerarle por los acontecimientos azarosos de su vida, por sus pensamientos políticos o por su condición sexual supone una solemne tontería de quienes carecen suficiente aplomo para defender sus ideas e inclinaciones con la razón. Lo que importa es el hombre y su manera de contemplar el mundo desde dentro, el matiz que sus ojos colocaban a cada imagen que observaba, el desarrollo de su tragedia.

La poesía, como la política, acaba matando al hombre. Hay quien, como los malditos, vende su alma al diablo por la poesía, inmolándose a sí mismo en un altar cual sacrificio poético ante Satanás. Queda, al cabo, el cuerpo muerto, la intención, el vago afán de vida de todo hombre con una existencia desesperada. La renuncia, a la postre, a la mediocridad de una vida larga y sin sentido, que abominaba Aquiles, y la entrega a una vida intensa y breve. ¿A quién diablos le interesa la moralidad de la poesía, que nunca debe ser un néctar embotellado, sino un frenesí avasallador? ¿Cómo puede un escritor amar la corrección política o temer al escándalo? Y sin embargo, hay artistas que, deseando vivir y luchar contra los muertos que querían atraerles a su propio abismo de insignificancia, se dieron a la muerte misma por un sentimiento. Todo terminó en un instante, cuando intentaron alcanzar una inspiración por encima de las posibilidades de su cuerpo, pagando un precio sobrehumano que no les permitiría vivir para contarlo. Otros, como Nerón, aunque probablemente no el Nerón histórico, incendiaron Roma por un canto, que además era pedestre y desafinado y la gente los recuerda antes por locos que por poetas.

Todo terminó, para Lorca, en un momento. Su búsqueda, sin embargo, se prolonga. Ahora que nos ha dado por rebuscar en las cenizas un germen de venganza histórica. Ahora que sólo queda lo que él sintió en un instante, las cartas que escribió, lo que él amó y lo que guardan en las bibliotecas. No hay nada que esperar. Fueron ellos quienes distinguieron entre los suyos y los nuestros, como si fuésemos los mismos de antaño. Dejemos, pues, que los muertos entierren a sus muertos. Pero que dejen ya de agitar fantasmas.
Siguiente
« Anterior