El continente de las sombras

Aquí, entre estas letras, el hombre contempla su verdadero rostro. Y habla, como si no dijera nada, como si nadie le oyera, al vacío. Es semejante al hombre que se planta en una plaza pública y comienza a despotricar contra individuos concretos creyendo que, como no puede ser que pasen por allí, no han de enterarse nunca de lo que ha dicho y que lo que uno le dice a todo el mundo, en cierto modo, sólo se lo confiesa a sí mismo. Pero las voces corren -¡y cómo corren!- de oreja en oreja, hasta el punto que incluso un político de esos que habitan en la estratosfera puede enterarse de lo que un extraño piensa de él, sin acarrear el riesgo, nada halagüeño, de salir a la calle a intentar discernir, entre los aplausos y los abucheos, de qué pie cojea la opinión pública. Hoy el pensamiento de todo el mundo, durante años guardado en la caverna del alma o en la chismosa tertulia, se ha pintado en una pantalla de ordenador, configurando como un Gran Grafitti que, si bien configura un todo inextricable y anónimo, se conforma de multitud de pequeños retazos de pensamiento. Un día, sin más pensarlo, puedes encontrarte tu nombre escrito en internet.

Hay por ahí un anuncio televisivo en el que una chica sale a la calle y se encuentra que todo el mundo se la queda observando. "¡Es ella, es ella!", dicen. Y ella, inconsciente de la razón por la que, de la noche a la mañana, ha alcanzado tanta popularidad, huye desesperada a esconder su cara donde nadie pueda verla. Su error acaso no sea cometer la imprudencia de poner sus fotografías en facebook, ni colocar un vídeo suyo en Youtube, sino desconectarse de la Realidad. Creerse, en definitiva, que cuando está frente a la pantalla de su ordenador se halla en una isla desértica del Pacífico y no en una avenida enormemente transitada donde rige el código del carnaval: si llevas una máscara o ocultas tu rostro tras el embozo como un rufián, podrás cometer los mayores pecados impunemente; si no, estás obligado a ser tú mismo y defender por internet aquello que defenderías delante de todo el mundo. Y en esa están los amantes de la regulación que, como en los tiempos del Motín de Esquilache, quieren que todo el mundo renuncie a la seguridad de la capa larga y el chambergo y, como si dijéramos, muestre su verdadera cara para que todos sepamos con quién tenemos que vérnoslas.


A nadie le gustaría, y a mí menos que a nadie, que los gobiernos empezaran a meter sus sucias manos en internet y nos obligasen a los blogueros a sacarnos un carné donde tuviese que figurar nuestro nombre, nuestra fotografía y la más pura e inmaculada verdad, no dejando espacio para que cada cual, en el libre desarrollo de su vida, desarrolle otras personalidades que de ninguna forma podría expresar. Hay quien, en lugar de utilizar el anonimato para ocultar el rastro que conduce a sus actos vandálicos, usa sus cuentas de usuario para crear un personaje y dotar de misterioso encanto la frialdad de su apellido. El seudónimo, utilizado por muchísimos escritores y artistas, cobra de nuevo sentido en internet; de tanto desdoblarse en la vida de sus personajes, ya no quieren ser ellos mismos, sino sus personajes, y renuncian a la herencia de su estirpe por su nombre de guerra, por el que muchas veces se les acaba recordando. Pensemos en Cecilia Bohl de Faber, Manuel Navarro Luna, Erich Arthur Blair o Samuel Langhorne Clemens. Vayámonos si no al cine y recordemos al genial Alexander Archibald Leach o a Margarita Carmen Cansino y a tantos otros que ahora se me escapan.

Pero internet, si somos sinceros, no es sólo una segunda o tercera vida: también es un ambiente rufianesco donde una amplísima parte de camorristas insignificantes pretende ocultar sus miserias humanas dejando florecer sus instinto más primitivo. Es ese mundo inexplorado en el que, de pronto, se han juntado unos individuos de infinidad de pueblos distintos y se han sentido parte de una misma historia, una sola patria, en palabras de Marshall Mcluhan, una aldea global. De este nuevo continente lo mismo se ha hecho dueña la flor y nata de la picaresca que individuos cultos y librepensadores, lo mismo hackers sin escrúpulos y piratas informáticos que propagandistas y predicadores de toda ralea. Tierra de desórdenes y desbandadas, de valles interminables, de foros donde se comparten las inquietudes de la vida o los pecados más antiguos de la humanidad. Aquí, entre estas letras, todo el mundo, además, lleva armas, y cada cual se defiende con la suya, ya sea la palabra o el insulto gratuito, dejando detrás de sí, como pulpos, una estela de tinta que sólo los más aviesos aprendieron a seguir. Lo único que sucede, amigo lector, es que mientras usted y yo estamos aquí dentro, también estamos ahí fuera, y es imposible que, por mucho que nos empeñemos, logremos independizarnos de esa metrópoli llamada Realidad y hacernos la guerra a nosotros mismos hasta que, por fin, nos reconozcan como estado propio y acepten nuestra Constitución.


Aquí, en este país grande y anárquico, todos somos sombras que pasan, y andamos por ahí sin que nadie pueda retenernos, a veces dando la cara, siempre escondidos tras la palabra escrita, hasta que un buen día nuestro nick deja de moverse, queda inactivo y todos los que le conocían se preguntan a dónde fue, si volverá algún día, o acaso, si pasó a mejor vida. ¿Quién sabe lo que hay más allá? Existen algunos que, temerosos de que ese fatal suceso pudiera llegar a ocurrirles, tendieron puentes entre los dos mundos para que si no se encontraban en uno pudieran quizás verse en el otro. Hay quien no ha podido soportarlo y quien, por respeto a la vida, se conforma con su condición de sombra y a menudo recuerda a esas pequeñas siluetas que jamás hubiera podido conocer de otro modo.
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