El grito del camino

Dicen que hay un camino por el que andan los hombres que no van a ningún sitio. Sin más notarlo, una mañana están sentados a la mesa de su despacho y en un lapso de segundo aparecen allí caminando, bajo los rayos del sol despótico, disfrazados de peregrinos y acarreando un cansancio que jamás hasta ese momento habían sentido. Allá encuentran a otros caminantes que van arrastrando su báculo y andan juntos tratando de conocer el pasado de los otros. Aunque resulta imposible, porque no recuerdan sus nombres, ni el último segundo en el que abandonaron el transcurso de sus insignificantes vidas. Son como esas sombras sin identidad con los ojos claros y sorprendidos, que no dejan de mirar el horizonte como si allí se hallase la explicación de su triste trayecto.

Pero van dándose cuenta de que, cuanto más avanzan, pareciera que el cielo se aleja. Y no hay norte, ni sur, ni nada que se le parezca. El camino que anduvieron es el mismo que andan y el que ahora caminan es el que caminarán mañana. Y así en un eterno discurrir, poblado de interrogantes, que irán colocando a los dos lados de la vía para que quienes pasen por allí en el futuro sepan que otros ya caminaron antes. ¿Qué deberán hacer esos pobres locos, conscientes de que su fin no llega, que están condenados a errar eternamente hacia un destino que no existe y han de vivir para siempre en el camino? Habrán de sentarse un momento sobre la roca, parándose a pensar si acaso el mundo siempre fue de aquella forma y si no habrá salida a esos andares horrorosos, a ese sol tiránico que les observa, el aire bochornoso levantando la tierra, la tierra abriéndose a sus pies para tragárselos, con un sordo grito de dolor universal. Acaso se les ocurra que, alguna vez, antes de que ellos lo pensaran, estuvieron sentados en su mesa de trabajo, creyendo que el mundo carecía de sentido, que la vida les había conducido por sendas desastrosas y no existía peor forma de vida que la que ellos llevaban. Puede, incluso, que se les ocurriese que en algún momento de aquella terrible existencia, plagada de incertidumbres y monotonías, hubiesen pensado en acercarse al espejo, coger una pistola y quitarse la vida. Y que en ese instante, en ese preciso y lóbrego instante, un ángel los hubiese raptado y los hubiese depositado sobre aquel camino para que descubriesen la vanidad del ser humano, la sobria monotonía de la vida, la línea infinitamente recta que sólo termina cuando ya no se está aquí para verlo, y esto muy lejos, siempre muy lejos del momento presente.

(El grito, E. Munch, 1893)

¿Aprenderían, los pobres locos, que ese camino insoportable de inclemencias y penurias poseería algún sentido? Puede que, sentados sobre sus tristezas, comenzasen a añorar la vida que menospreciaron y acabasen menospreciando ese otro sueño en el que por sí mismos se habían introducido y cuya puerta ahora habían olvidado. Puede que intentasen escapar de él, volverse para atrás, por ver si caminando en la dirección contraria no sucediera que el horizonte se aleja, sino que se acerca proporcionalmente a la longitud de sus pasos. Y que en menos de un santiamén se hallasen otra vez en la puerta tenebrosa que una vez atravesaron. Que tuviesen miedo de que ese mal sueño fuese a terminar, ese espejo simbólico en el que se habían visto por un momento acabase desvaneciéndose en el vacío o que un remolino trascendental arrastrase de repente los solitarios páramos por los que caminan. Y se oyese un grito. Un grito que no habría brotado de sus gargantas. En el vasto camino. De esos gritos innombrables que parecen tener la explicación a todas las preguntas y sólo se escuchan en esos momentos en que parece que el destino se hubiese quitado la careta y nos hablase directamente al rostro. Esos instantes gloriosos en que Dios, después de muchos siglos, aparece. Y conocedor de todo lo que ha sucedido hasta ahora, deja que su aliento se derrame sobre el ambiente, haciendo que todo se derrumbe de pronto, que el oro pierda su brillo, que los horizontes desaparezcan, los ojos se cierren, las piernas se detengan y sólo quede un grito y un salón vacío de tinieblas, en el que las voces hablan a través de los ángulos oscuros y las formas no son como las que aquí vemos, sino del material con el que el espíritu del hombre imagina lo que existe.

Qué soledad tan grande experimentaría en ese instante en el que, de pronto, volviese a aparecer en el silencio de su despacho. Habría un reloj moviéndose. Sobre la repisa, los libros. Junto a la puerta, la fotografía muerta de un ser querido. Volvería a sentir el mundo, pero sólo por un momento. No recordaría ni por un instante el camino lánguido de las horas infinitas. Creería que ha sido un desvanecimiento, como lo fue en realidad. Y pensaría, curioso, que las cosas no pueden haber sucedido de ese modo y que el mundo continúa. Seguiría moviéndose, tocando, oliendo, saboreando, como el hombre apasionado que siempre ha sido y su mente seguiría, como siempre, aceptando que dos y dos son cuatro y que de ningún modo pueden ser cinco. En un momento, sin embargo, volvería a su habitación oscura y sentiría de nuevo la soledad, el universo negro, el frío. Al cerrar otra vez los ojos, acaso oiría un grito apagado, como si en su alma ardiese un fuego que no se consume y sólo por la mañana, al despegar los párpados, dejaría de notar.
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