El miedo a la libertad, de Erich Fromm

Erich Fromm era un desafecto de la Escuela Crítica, un neomarxista que había matizado el determinismo biológico de Freud y el socio-económico de Marx añadiendo el elemento de la libertad positiva, “la libertad de los artistas”. En El miedo a la libertad, su primer libro, analiza el concepto de libertad del hombre del Renacimiento y la ruptura que la Reforma supuso con los vínculos primarios. La libertad negativa, sin embargo, sumiría al individuo en el aislamiento y la impotencia y acabaría dejándolo a merced de las nuevas fuerzas de la sociedad industrial: el capitalismo, el fascismo y la sociedad del consumo. Ante esa perspectiva, él propuso como solución un modelo que, tantas veces apelado por los ingenuos, nos resulta familiar:
El carácter irracional y caótico de la sociedad debe ser reemplazado por una economía planificada que represente el esfuerzo dirigido y armónico de la sociedad como tal (...). Podríamos llamar a este nuevo orden socialismo democrático (...) Solamente en una economía planificada, en la que toda la nación domine racionalmente las fuerzas sociales y económicas, el individuo logrará participar de la dirección y aplicar en su trabajo la inteligencia de la que está dotado”.
En Fromm, asistimos otra vez a la búsqueda de la expresión de la espontaneidad del hombre. El individuo no realiza lo que quiere, sino lo que fuerzas sociales le imponen que quiera, y de esa manera, en el ejercicio dinámico de su libertad, acaba sirviendo a otros intereses que le impiden el desarrollo de su yo. Una situación, según Fromm, ante la que el individuo no debería conformarse, pero cuyo remedio pasaría por un estado mixto en el que se concedería una gran relevancia a la independencia del hombre y un escaso valor a las imposiciones de la productividad a las que le sometería la sociedad capitalista.

La deficiencia de su teoría pasa por su defensa de un optimismo antropológico que no se sostiene y coloca al ser humano en un plano superior al de los animales, en tanto que a veces hace el bien y otras el mal. La idea de Hobbes de que el hombre es un lobo para el hombre o la supervivencia del más fuerte de Darwin no ayudarían al individuo a ser más libre y supondrían, según él, el caldo de cultivo de los totalitarismos. La libertad negativa constituiría así un elemento deseable, pero habría conducido también a la enajenación del individuo:
"La tesis de este libro es que la libertad posee un doble significado para el hombre moderno: éste se ha liberado de las autoridades tradicionales y ha llegado a ser un individuo; pero, al mismo tiempo, se ha vuelto aislado e impotente, tornándose el instrumento de propósitos que no le pertenecen, extrañándose de sí mismo y de los demás (...). Tal estado socava su yo, lo debilita y asusta, al tiempo que lo dispone a aceptar la sumisión a nuevas especies de vínculos".
Su explicación psicológica del nazismo y las formas autoritarias, si bien no deja de ser interesante, resulta un tanto pintoresca. El hombre moderno, liberado del libre albedrío, abraza la idea de la predestinación propia del calvinismo y, a la vez que se entrega al trabajo de manera compulsiva, va adquiriendo el hábito de someter su voluntad a la de un ser o idea superior, que unas veces es Dios, otras el mercado y otras, como en el caso de Alemania, el líder. La Reforma habría supuesto una liberación, pero también un problema. En este caso, además se mezclarían dos conceptos clásicos del psicoanálisis: el sadismo y el masoquismo:
"En el período de la posguerra, era la clase media, especialmente la baja clase media, la que se sentía amenazada por el capitalismo monopolista. Su angustia, y por tanto, su odio, tomaron origen en este amenaza; se vio lanzada a un estado de pánico, cayó presa de un apasionado anhelo de sumisión, y al mismo tiempo, de dominación con respecto a los débiles".
La lectura del libro es amena, pero quien lo lea se encontrará, en el fondo, que aunque Fromm fuera un teórico original en muchos aspectos de ningún modo puede librarse de la influencia que el pensamiento freudiano y marxista tuvo sobre él. Una vez más, vemos cómo quien sigue partiendo de la supuesta bondad o amoralidad del hombre acaba tropezándose en que no deja de ser más que una aspiración fruto de su maldad y, aunque la libertad tiene un precio muy alto, resulta imposible que ningún tipo de planificación estatal pueda detener el poder de las fuerzas sociales, si no es convirtiéndose en una fuerza coactiva insoportable que controle a todas las demás. Antes debería aceptarse el hecho terrible de que estamos condenados a ser libres y que el individuo se encuentra solo –o se siente solo, que es como debe sentirse un individuo- para ser el único responsable de sus actos.

Erich Fromm (1900-1980)
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