La niña (relatos)

Es diciembre, los ojos de una niña miran por la ventana, hace frío. La luna se cierne sobre las avenidas plagadas de hombres. Abajo, el barullo de un hormiguero, el brillo de una noche celestial, los coches apenas avanzando y haciendo run-run. La luz está apagada. La niña está acostada sobre el alféizar, sola, muda, triste, imaginando que los edificios de charol acabarán cayéndose de pronto y la luna de plata se precipitará sobre el pueblo de la medianoche, como una gran bola de cristal, aplastando a todos a su paso.

Mirad, la habitación está oscura, tiene miedo. Está de cuclillas, en pijama verde, sobre una cama pequeña. Ha pasado toda la tarde echada en el suelo, llorando, luego se ha dormido, y al despertar, ha leído un libro en voz alta. «Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón». Sus mejillas son de fuego, su cabello delgado le cae por detrás de las orejas. Está cansada de llorar, tiene los ojos rojos. De vez en cuando, echa miradas al reloj de cuco que hay sobre la pared. El tiempo avanza lentamente. Le duele mucho la cabeza. Sus manos blancas pasan las páginas, su corazón henchido de tristeza está a punto de estallar, sus ojos azules ven a un hombre y un burro.

«Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón». La niña está helada, con la cabeza entre las manos. Su mirada curiosa escudriña una callejuela de luces azules y amarillas. En el edificio de enfrente, las cortinas están abiertas. Adentro vive doña Felicidad. Hay niños en la casa, y unos padres cariñosos, y un abuelo. Ha creído oír música, sí, una música... una niña, como ella, se ha sentado al piano y todos la escuchan. Están cantando... Abajo, en la calle, está todo muy sucio y negro. La gente pasa. Hay un guardia, un hombre alto y joven, vestido de uniforme, clavado sobre la acera. Parece una estatua. En la esquina, ha pasado un anciano obeso, con barba blanca, vestido de traje rojo y sombrero. Lleva un saco muy grande al hombro, una cola le sobresale del trasero y se ríe como un poseído.

Los cláxones suenan; en la habitación no se oye nada. Pero la niña mira la fotografía de un portarretratos de plata. Es una mujer joven, hermosa, con gafas, pelo negro y un vestido rojo. Entonces sonreía y en su pecho ardía cálido fuego. Mirad: llevaba un anillo en el dedo. La niña se la queda observando un momento y luego aparta la mirada. Triste, desesperada, herida niña. «Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón». Hace frío, el alféizar está muy duro. La niña se retira de la ventana, se echa sobre el almohadón, se tapa con la manta y se queda mirando el techo. Todavía la oye reír, en los brazos de aquel hombre grande y feo, que la agarraba de la cintura mientras le baboseaba el cuello. Era como si aquel beso asqueroso se lo hubiera dado a ella, mientras a la luz de una vela, entre las páginas de su libro, escribía con buena caligrafía la carta de los Reyes Magos. «Queridas Majestades, yo quiero un burro blanco, de algodón, de nieve, muy suave... ¡como Platero!».
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