Navidades siberianas

Corren tiempos voraces, y uno anda por aquí, como siempre, escondido detrás de una bufanda, con el corazón encogido, la cabeza un tanto pensativa y un frío de mil demonios fruto sin duda del calentamiento global que tan preocupados tiene a nuestros políticos. He tenido tiempo, sin embargo, de dejarme caer a media tarde por la Feria del libro viejo y de ocasión y comprarme un Archipiélago Gulag, si bien del año 1974 y algo amarillento, al cabo muy bien conservado. Me he tropezado, frente a El Corte Inglés, una manifestación en defensa de los derechos de los gatos o no sé qué otro animal y unas criaturas repartiendo folletos ecologistas un tanto hilarantes para los que no tenemos gato, no sea que se nos muera y escribamos un libro. De modo que, para que no me sorprendiesen con la dinamita en la bolsa, me sumergí entre las callejuelas para alejarme de sus ruidosos bombos y abominables graznidos.

Me hace gracia, porque decían que estas serían las peores navidades a causa de la crisis y resulta que las tiendas, en un arranque desesperado, se han lanzado a hacer su agosto como siempre, incluso, enviando a sus propios papanoeles a repartir folletos y convencer a las madres a través de los niños. ¡Qué gran prueba de la banalización de la Navidad!, dirán algunos. Pero se equivocan, porque como a todos nos contaron en el colegio de pequeños, Papá Noel está en todas partes y lo mismo puede repartir folletos de una empresa que de la competencia y eso es algo para lo que no tiene prejuicios, pues bien sabe Dios que, aunque ésta sea su fiesta, también es un respiro para miles de personas que están con el agua al cuello y aprovechan el boom navideño para estimular nuestro afán de consumo y entrega al prójimo. También se han visto, no obstante, adornos más modestos en las callejuelas perdidas, y la gente, cansada de que le echen las culpas al colectivo desesperado, al cabo es consciente de lo que queda en su cuenta... corriente. ¿Y qué importa lo que haya en la cuenta corriente, al cabo? Otro año más hemos tenido que soportar la tradición infantil de pasar unos minutos pensando, por unos momentos, qué haríamos si nos tocara el gordo, o el flaco. El milagro de que nuestros numeritos coincidan con los que cantan, desgañitándose, los niños esos de San Ildefenso a quienes toda España considera autores de su felicidad o su desgracia, pero quien prefiere considerarlos unos simples niños explotados que deberían estar en casa viendo la tele.

“Siempre nos quedará la salud”, dicen los hombres a los que no les toca. Pero si la salud física -¿habrá alguna otra salud?- no siempre es segura, al menos lo es la filosofía, que hay prueba de que nos sigue quedando hasta cuando uno está enfermo y no tiene más ocupación que enfrentarse con la muerte, con la desaparición, con la nada toda a un tiempo y el pensamiento del hombre, tan diferente al de los animales, incapaz de afrontar ese paso sin disquisiciones racionales. ¡Y pensar que hay quien todavía le dá importancia al dinero, a un pedazo de papel o moneda de uso corriente, más que al esfuerzo capaz de crearlo aun cuando se carece de él! Porque se diría que esas gentes que anhelan deshacerse de sus vidas, o hacer lo que ellos siempre quisieron, no son felices haciendo lo que hacen y necesitan que se den tales condiciones para poder considerarse, esta vez sí, personas. La felicidad sería, viéndolo así, un estado de inanición en que ya nada hay que hacer, en el que ya nada importa, en el que no existe la incertidumbre y eso es, tan sólo, la muerte del individuo. Cuán lejos de la persona que, hallando que le ha caído por azar una cuantiosa suma, lo gestiona de modo racional y pone su dinero al servicio de una causa mayor que, ésta sí, le da una felicidad al alcance de todo el mundo, natural, humana: el placer de gobernarse a uno mismo, de ser libre de las personas y las cosas, sin prescindir necesariamente de unas y otras.

El tópico dice que la Navidad se ha vuelto una época en la que los hombres ya no piensan más que en la juerga, que ya no les importa la familia, sino el consumo enfermizo, y donde ya no hay solidaridad -¡repugnante, odiosa palabra, que alguien ha convertido una obligación moral, en el pago de una deuda que nunca contraímos!- sino fiesta de pecado y de disipación. No obstante, el hombre sigue el curso natural de su existencia y nada sería más extraño que, en un período concreto del calendario, empezase a sentirse diferente por la existencia de unos factores psicológicos más o menos influyentes que, con el tiempo y la dureza de la vida, acaban volviéndose inocuos. No hay nada nuevo ahora que no hiciéramos antes, no hay nada de especial en esta época. Sólo lo que los individuos, cansados de tanto raciocinio imperioso, quieran darle.

Hace un frío insufrible, pero es lo demás delicioso del invierno. El suelo está mojado y los que viven cerca de la montaña habrán visto los picos nevados. La gente camina con los paraguas en la mano como londinenses. Aquí dentro, la estufa está encendida, la familia espera, el corazón duerme y nadie piensa o sólo espera que llegue la noche y se ocupa, en silencio, de escuchar el murmullo de la lluvia entre los susurros de un libro.
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