El hombre de madera

Estas son las voces vacías de todo un tiempo; las páginas amarillentas y embadurnadas de polvo que cuando las abrimos nos descubren el olor de la literatura. Es un honor la vejez. Los libros en las estanterías, que han pasado por centenares de ojos y dedos, nos contemplan con desdén cuando un extraño los rescata de su sueño. Una y otra vez, condenados a repetir la misma historia, aguardan que alguien llegue y la cambie de una vez por todas, lea de otra forma lo que otros se empeñaron en leer de acuerdo con su escuela. Desearían, los viejos libros, que alguien se sentase en el sofá y los leyese en voz alta, muy despacio. Abres y sientes que alguien tose; con cada libro, te vuelves un poco más viejo.

Aquí todo es de madera bien tallada; la silla, la mesa, el suelo, la cómoda desde la que me asaetean miradas antiguas. La ventana está no muy lejos, abierta como una mujer que se destapa. El alféizar es de cerámica rota, las flores están marchitas. Abajo, la atmósfera imperecedera de las horas pueblerinas. Adentro, la vejez, la tristeza, los libros. Pequeños, destrozados, polvorosos, llenos de luz y sombra, letras doradas que hablan de lo que hay dentro, historia encuadernada; cabezas, momentos, voces, todas de papel viejo y tinta mortecina. Siento la desgana del silencio matutino, un ocaso que llega antes de tiempo, como si ya nada fuera a suceder. El escritorio, conspicuo y atareado, me contempla con severidad, como si de pronto fuese a estallar o sus patas se pusiesen de pie para darme órdenes. No hay nada que hacer aquí; todo es neblina, angustia, pueblo de día, una catedral en silencio por la tarde, una mañana de otoño en un parque que más bien es camposanto. Hablo con los días, dibujo en el aire mil castillos viejos, pasajeros, que se esfuman como si yo nunca los hubiera visto. Recuerdo un nombre. Es un día de alivio, donde nada importa: libros, tejidos en el silencio de estos momentos insensatos, se dijera que aguardan a que alguien los escriba; están tristes, marchitos, llenos de polvo y hojas de encina, pero llenos de aire y fuego. Todo se vuelve agonía porque no los abro; observo la estantería, elijo uno, lo abro al azar, leo una línea y de pronto siento que todos los demás me miran con tristeza y decepción. Siento que mi cuerpo divaga por las rutas del aire y acabo sentándome como si no hubiera nunca pasado nada en el mundo.

Todo está muy quieto; la luz eléctrica, encendida. Los pájaros entonan un nuevo canto. No de despertar, sino de hastío, de tiempo blanco, donde tan sólo el reloj sabe lo que me ha ocurrido. Aquí no hay nadie, estoy pensando, los muebles son de madera. El día es bueno para pensar, para abrir un paraguas por la calle, sentir el fresco silvestre del otoño; gorriones inquietos, contándose cuentos, mujeres de moño y delantal, voces de pueblo. «Amelia». Yo estoy detrás de un periódico. El mundo se ha despertado hoy; lo viejo está muy viejo, y sólo acaricia, de cuando en cuando, en un segundo. Andas por la senda al borde de la cerca con los ojos en las líneas y de pronto te paras y contemplas los rasguños, las arrugas en las miradas, el horror silencioso de los hombres que se levantan. Otra vez es la mañana, la misma sensación fresca.

Madera pura, madera de viejo; ornamento de plata en el escritorio, una daga que empuñó mi abuelo. A la luz de la mañana, un buey boquiabierto, una espada que perdió una guerra. Sola, la habitación recién levantada. Antes ha habido alguien; huele a café, y a ropa sucia desperdigada por el suelo. Están los libros en la estantería, esperándome. Yo recién levantado, o tal vez haya ido al parque; ya no me acuerdo. Tengo un periódico en la mano que no ha leído nadie, en el escritorio hay papel. Me siento, escribo, leo. A cada línea soy un poco más fuerte y mis articulaciones cada vez más débiles. Estoy volviéndome de madera. Una línea más. De madera. Estoy seco, todo sin fuerzas, rígido como un muerto; mis piernas, mi cuerpo, mis dedos, todo va volviéndose como un palo bien bruñido. De madera. Incluso mis ojos azules, de repente, se me apagan; alguien ha apretado un botón y me he quedado tieso.
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1 comentarios:

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antonio
admin
22:29 ×

Me gusta como escribes,
Saludos.

Congrats bro antonio you got PERTAMAX...! hehehehe...
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