El laberinto de lo imprevisible

De pronto, entras en la atmósfera ultraterrena del cuento. Allí todo es blanco, hay paredes por todas partes y caminos que no conducen a ningún sitio. Avanzas. Al instante, sale un hombre a tu lado. «¡A la izquierda!». Y giras, contento de tener un camino que seguir, a la izquierda. Pero cuando ya crees que has escogido la senda que lleva a la resolución del enigma, escuchas otra voz a la derecha. «¡Aquí, aquí, a la derecha!». Desengañado con el primer camino que se tomó, que es la senda vieja, inútil, equivocada, tomas el camino contrario. Y avanzas contento, menospreciando lo que antes hacías, considerándote a ti mismo distinto, menospreciando tu antiguo yo que ahora es otro; el otro. Pero, cuando llegas al final de la nueva ruta que habías emprendido, descubres que no hay nada; encuentras allí a otro sujeto, con semblante cínico, fumando un cigarrillo, con la mano apoyada en la pared incolora, y te susurra: «La solución no está en la izquierda ni en la derecha. Fíjate cómo me engañaron las dos. La solución está en el centro». Y cuando escuchas esa aguda observación te quedas mirando a un lado y a otro, dubitativo, tratando de comprender hacia qué lado está esa dirección, que no es ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario. Y resulta que, cuando llegas a lo que crees el meollo del asunto, al núcleo de la cuestión que tanto te preocupaba, te hallas en la misma encrucijada del principio. «¿Sigo a la derecha o a la izquierda, o me quedo en el centro, que es el punto más alejado de la salida?». Y al instante viene otro: «Amigo, amigo, te equivocas por completo, todos los que vinieron antes de mí mentían. La solución del enigma está arriba, tienes que ir hacia arriba. Ponte a saltar». Te quedas estupefacto: «Cada vez se ponen más abstractos, esto debe de ser algo serio». Pero miras hacia arriba, creyendo que por fin se han despejado tus dudas, y ves la luz, allá en el techo uniforme y plano, donde acaso haya otra realidad que no se observa con los ojos. Saltas entonces con todas tus fuerzas, siguiendo el consejo de tu nuevo consejero, y por más que saltas entiendes que aquella gimnasia irracional y estúpida no te ha de sacar de un laberinto sin salida. Llega otro: «¡Hombre, cómo te han confundido! Sin duda, tendrás ahora que creer lo que te digo. La solución tiene que estar abajo. No puede haber otra solución. Siéntate, no sufras». Y hallándote en ese estado de ánimo propicio a creer a cualquiera que te diga que el enigma carece de solución, te sientas en el suelo, te quedas allí quieto, con la cabeza entre las manos, meditabundo. En ese momento, escuchas los pasos de aquel primer guía que te sugirió que fueras hacia la izquierda. Cuando ya lo tienes delante, y está a punto de abrir los labios, acabas entendiéndolo todo. Y te dice: «¡A la izquierda, debes ir a la izquierda!». Y le respondes: «¡Váyase usted al diablo!». Te das la vuelta, y tomas el primer camino que encuentras... y el cuento se termina.
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2 comentarios

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antonio
admin
23:25 ×

Si señor,
así es.
Saludos.

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sectormx
admin
18:40 ×

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