Grandísimos farsantes

Nada más suicida que dejarse llevar por las apariencias en un mundo de mentirosos. Sibilinos, audaces, con fama de santos, se labran entre las gentes acomplejadas una gloria de la que ni los mejores hombres son dignos. Cristianos a veces, o eso es lo que cuentan, su inclinación a la bondad acaba siendo, tan sólo, una impertinencia para el resto de los mortales. Fariseísmo impoluto, cínica miseria por dentro, un amor insufrible por las frases enrevesadas y saltarinas, un arrepentimiento y repulsión por sí mismos que en realidad sólo es estratagema para engendrar lástima. Molière, en El Tartufo, supo recomponer al farsante arrepentido, un tópico también de nuestra época, que encuentra su ejemplo en la sotana tétrica y mansa, y pasa desapercibida en el hombre aguerrido y lenguaraz, siempre amigo de conceptos elevados que, siendo huecos, asemejan profundidad. Adentro germina la podredumbre y la inquina, hasta que el interior del individuo queda en evidencia ante las miradas de todos y ya no hay forma de ocultarlo.

Distinguir entre lo verdadero y lo falso; esa es la batalla. La bondad o la maldad pueden reconocerse a simple vista, pero no cuando lo que se tiene ante los ojos es un fenómeno aparente, que reúne determinados rasgos e imita comportamientos ajenos. El vacío se aprecia en cada una de sus palabras, la falta de fe en lo que sólo es un instrumento para fines perversos. El hombre que ama la verdad, en cambio, duda. Duda siempre. De sus ojos y sus oídos, no de la bondad. Pero más de los hombres, esos seres extraños que se mueven a su alrededor pero de los que sólo contempla el vestido, la mirada, la palabra, ese alma física que habita dentro de sus cuerpos. ¿No es el alma humana lo suficientemente engañosa como para que además sea preciso creer en los hombres que pasan y afirman y elucubran sobre la trascendencia? Proyectan, sobre los demás, su profunda ignorancia, aprovechando el ínterin de nuestro éxtasis para saciar sus abominables apetitos.

La verdad. No el bien ni el mal -no la ciencia del bien y del mal- sino la verdad. Intentar descifrar, consecuentemente, ese misterio que la vida encierra y exponerlo ante los demás como elemento entresacado de la experiencia. Destruir las pruebas es la más insana locura. Esconderse de uno mismo. Enterrar para siempre el secreto de una vida que irá cada vez más enredándose en sus propias mentiras, consumiéndose en su malestar errático, luchando por conservar, a falta de humanidad, la envanecida sombra de la que por un corto espacio son propietarios. El hombre vanidoso, que vive hacia fuera, es un grave peligro.

Hay embaucadores tan estúpidos que no pueden ocultar sus propias argucias; son magos a los que se descubre el truco y usamos como ejemplo en manuales que no existen para tranquilizar la conciencia. Sometidos a constante confusión, los embusteros no se nos presentan ya con insidioso consejo ni alocución solemne. Son mucho más sutiles; ellos mismos creen sus propias mentiras, se reafirman una y otra vez en ellas, construyendo una realidad verosímil, fácilmente edificable con palabras bien elegidas y la correcta entonación. Ningún lobo viene ya vestido de blanco ni con piel de cordero. No hablan de sacrificio ni de falsa humildad. Apelan a las emociones humanas, a lo más íntimo del hombre, a lo que temen perder, a lo que aspiran a ganar. Hacen de los intereses legítimos de la gente una estratagema para corromperles. Son viejos como la historia misma, pero cada día más arteros, y se multiplican hasta el punto que las mentiras de unos y otros se contradicen y se mezclan, para que quien odie a unos se pase a los otros y quien odie a los otros se vaya con los unos. Nadie, al cabo, escapa a sus chismes. Excepto los que tienen el anacrónico vicio de amar la verdad, la que se somete a prueba, la que se construye de manera prudente y nunca se ha cerrado del todo.

Algunos piensan que la libertad nos hace verdaderos. Que el mero hecho de ser libres y tomar decisiones entre distintas posibilidades de elección nos conduce inevitablemente al encuentro de nuestra propia verdad, que puede ser blanca, negra o gris (mejor gris, o multicolor) y siempre será cierta y no deberá someterse a crítica porque nace del corazón. Y creen que quienes aquellos a los que la verdad hace libres se consideran propietarios de una verdad absoluta que les da derecho a cometer toda clase de injusticias. Pero tal visión relativista no tiene en cuenta la coherencia, no está sujeta a las propias premisas, se justifica a sí misma porque se ha hecho de manera libre, y si mañana se decide libremente que la verdad es lo contrario de lo que era ayer, no hay mayor problema; las dos veces, y siempre, tenía razón. ¡Qué odioso aquel sermón de “la libertad no es libertinaje”! Dan a entender, condenándose a sí mismos, que el libertinaje fuera un exceso de libertad y no lo que realmente es; caminar a la deriva, sin rumbo, no estar sujeto a las propias normas, ser un esclavo de la naturaleza, una bestia, un anarquista. Como es, al cabo, el que se deja llevar por las apariencias; él mismo acaba volviéndose una vaga sombra, una marioneta con la que todos juegan y se divierten. Rindiéndose a lo bueno, a la imagen de lo bueno, antes que a la verdad, uno acaba siempre en las garras del diablo.
Siguiente
« Anterior

4 comentarios

Click here for comentarios
Esteban
admin
12:02 ×

El filósofo chino Lao Tsé dijo en 'El libro del Tao': "El que sabe no habla,/ el que habla no sabe".

Tienes razón, hay lenguas muy elásticas, demasiados tímpanos contentos. Nunca acierta uno a la verdad, ya podemos mirarla de reojo, vigilarla, que cuando abramos la boca se habrá ido. Podemos decir su cambio, o nuestro despiste. Pero quizá así también faltemos a la verdad. ¿Es una mentira la palabra del hombre? Para Tsé la sabiduría aguanta en el silencio, ¿o podría éste un ejercicio peor de vanidad? Sea o no, por lo menos descansaríamos.

Saludos

Responder
avatar
13:08 ×

Lo peor es que hay sistemas políticos como la partitocracia que están basados precisamente en la mentira sistemática. Normalmente gana las elecciones el que ha sabido engañar y mentir con más habilidad. No es de extrañar que un sistema así lleve como característica intrínseca la corrupción. Se realiza una selección natural al revés. Si nos gobiernan los más mentirosos e inmorales, es normal que acaben robándonos.

Responder
avatar
Anónimo
admin
19:12 ×

CAMPAÑA POR LA AUTORÍA EN LA RED

ANÓNIMAS ?? NO.
Todas las obras tienen autor. Triste es que circulen imágenes por la red sin autoría, como simples anónimos. Debemos acabar con esto, por ello invito a todos los artistas a firmar sus obras y a todos aquellos que las utilizan a poner su autoría y a ser posible, el link hacia el autor o no utilizarlas.
Únete y péga este texto en tu blog

Responder
avatar
Samuel
admin
22:16 ×

Anónimo, si es usted el autor de la campaña y el texto que ha copiado es obra suya, ¿por qué no firma con su nombre? ¿no teme que el texto que quiere que copiemos y peguemos -citando a Anónimo, supongo- caiga en manos de algún desaprensivo? Cada autor es libre de decidir lo que hace con sus imágenes. Váyase a hacer propaganda a otra parte.

Esteban:

no he leído el libro del Tao, aunque sus máximas son conocidas. Quizás lo más sabio sea hablar en el momento preciso. El silencio es un privilegio que no siempre se puede uno permitir. Hace falta, de vez en cuando, escuchar la propia ignorancia para llegar a ser sabio.

Txiripiflautiko:

yo creo que, más que los sistemas, son los hombres que crean los sistemas los que aman la mentira. Amar la verdad es duro, es más fácil obedecer la voz del líder o ajustarse a unas normas de conducta que le den a uno buen nombre. Incluso los que aman la verdad, no siempre la dicen porque resultaría muy incómodo andar por el mundo como un libro abierto. Tanta transparencia nos haría sentir desnudos, y sin embargo, sólo así es cuando somos libres.

Saludos.

Responder
avatar