El reino de la incertidumbre

La hora indecisa ha llegado. La aguja del reloj titubea. No sabe si avanzar o retroceder. Cree que la observan. Ha tomado conciencia de su crueldad. De que con cada paso miles de hombres mueren en el mundo. Le duele lo que pasa. No quiere seguir andando. Quiere volver hacia atrás y recuperar su vida en un punto del pasado. Todo es gris perla en esta sala. Todos miran hacia la aguja. Es la hora de la cena. También la condenada duda. Todo implica otra cosa que no se desea. Volver atrás no se puede. Retroceder hacia delante es lo único que nos prometen. Habrá que romper, habrá que gritar. Hasta que alguien venga y pare esa maldita rueda. Hasta que todo esté en silencio y alguien hable. Y que sus palabras se hagan paso en medio de la densa niebla boscosa del inconmovible ambiente. Que los objetos comiencen a mudar de color, los brazos se desperecen, los suspiros del pecho pululen jubilosos por los aires de la sala. Entre la niebla donde los ecos se escuchan lejanos, veloces, despertando incertidumbres. Aquí está solo el hombre infinito que escucha. Que siente, por un momento, las fibras de su cuerpo, desgarrándose, produciendo un estallido de sangre, de carne viva, notándose. Y todo lo que le rodea, en ese grito inconstante, es un enemigo. Las aguas, las horas, las palabras. El hombre, el enemigo. El propio hombre, luego el que se desdobla en otros, y siempre nos persigue utilizando palabras que ya nosotros habíamos dicho antes. Todo es azul cielo aquí, un espejo que se ha visto un segundo, un terrible espejo. Unos ojos muertos mirándome.

El ambiente vuelve, el alrededor nos rodea. Sin nosotros no existiera. Con nosotros no existimos. Contra el ambiente, tan sólo, contra el que sea, contra el achaque perezoso de la lánguida hora que se eterniza. Contra nosotros, contra ellos. En un afán insondable de guerra imposible, de tragedia interminable que se acaba pero que siempre empieza. Que golpea indefectiblemente, en el momento preciso, despedazándonos, haciéndonos nada, en un momento, en un segundo de fracaso que se termina. Ahí. A cámara lenta. Andas, avanzas, crees, sientes, caes. Abajo todo es una sorda agonía, el amargo sabor de un multirecuerdo, hasta que se desvanece la vida como una gota de sudor que cayera a tierra. Esto es todo, entre fogonazos de músicas para el recuerdo en la madrugada y las luciérnagas chispeantes, una lluvia, un epitafio, una vida que sigue un poco más allá pero que se sale de nosotros. Esta es la circunstancia de un simple cambio. Todo vuelve a donde estaba, o nunca estuvo. Nuevas miradas, una sensación de vejez, de espasmo hipnótico pero consciente, un principio que es continuación. Una melodía que antes habíamos escuchado nos sorprende en medio de la calle. Nos paramos y creemos que dos lágrimas acaban de brotar de nuestros ojos. Seguimos andando, transitando por las calles que conducen a los ambientes, y en los que dejamos de ser nosotros. O no tanto. O casi, tan sólo. En medio, entre eso, los nosotros que se forman, las roturas de los tejidos, el viejo fragor de las cadenas. Un comentario que incluso los que no eran susceptibles entendieron dirigido para ellos, para todos. Es la rutina perezosa, el nervio amaestrado, la rigidez de los cadáveres de flores marchitas. La última palabra de un cuento.

Una hermana inerte cae en el vacío, en lo negro, dejando un rastro de sonido tardío. Aquel viejo rascándose la barbilla. Esa discusión en voz baja que nunca tuvimos. Aquel beso fúnebre, entre la lluvia. Aquella mirada de hielo. Aquel sincero adiós en la estación de un tren de invierno. El huracán llevándoselo todo. La ventana abierta, mientras estabas sola. Las calles llenas de gente. Un edificio. Otro. Un coche que se detiene. Un hombre que sale de un coche y se encuentra con otro hombre. Visten con traje, hablan. Hay una historia detrás de ellos, tienen unas familias, seguramente han sufrido, seguramente se asesinen, seguramente... Es todo tan insignificante, tan blanco, tan negro, entre música de jazz a veces, otras en el fragor de la modernidad. Grandes luces. Noches de ciudad. Paredes grises. Ventanas iluminadas. Un metro en el subsuelo. Un murmullo, un periódico arrugado entre las manos. Una mujer de los años veinte mirando las vías. Un silencio. La siega.

Despierto en una habitación sosegada, el reloj da las horas tristes. Aquello sigue ahí. Escribo en una agenda lo que no haré esta noche. Pienso que todo se ha ido por el retrete. Me levanto, me palpo, me miran, me miran, están viéndome. Pero yo sigo, yo estoy soñando que estoy muerto. Me estiro los dedos creyendo que. Me siento en la silla mirando a. Cruzo las piernas pensando en. Digo que es todo muy gris y que a nadie se le había ocurrido decir que aquí había tiempo. Esto es un segundo que se retuerce, un instante de agonía, una mano que sale de la nada intentando agarrar algo hasta que muere. La mano muerta, abandonada, desprovista de cuerpo. Una paloma despellejada. Un rostro sin carne, un ojo vacío. Un brazo amputado. Unos pies que andan extraños. Una lengua que no habla bien. Miles de hombres, muriéndose de silencio en el vacío, ahorcándose con la soga de su anárquico brazo y el patíbulo de su lomo. Es la nada antiespesa del prejuicio submoral y el regocijo desconsciente del silencio encometido. Una fórmula seca, un astro fugaz hermoso antiorejero. Disiento. Estoy durmiendo.
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2 comentarios

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MI REVISTA
admin
17:17 ×

Saludos, buen blog :D

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nicol
admin
19:16 ×

Hola.
Antes de nada, perdona que te escriba esto como un comentario, pero es que no vi tu email en el tu blog
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Muchas Gracias por tu tiempo... y disculpa si no fue la mejor manera de darme a conocer.

Un saludo.

DAVID T.
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