Unamuno: vida, amor, Dios y sueño

Don Miguel de Unamuno es una de las figuras más reconocidas y elevadas del siglo XX español. Digo esto no porque sea el modo habitual de presentar a los grandes hombres, sino porque Unamuno, siendo querido y odiado, admirado e incomprendido, defendió como nadie al hombre, la tragedia del hombre, por encima de los dogmatismos jesuíticos o la vulgaridad de las ideologías que bullían en la época. Gustan decir que su método era la contradicción, y así leyendo sus ensayos Del sentimiento trágico de la vida o La agonía del cristianismo puede percibirse ese espíritu de pensamiento libre que, sin embargo, acude una y otra vez a beber de las esencias, las esencias de su Señor Don Quijote de La Mancha, su casticismo español, su misticismo cristiano, su anarquismo utópico e individualismo trágico.

Pero donde vemos al gran filósofo es en sus novelas, sus antinovelas y nivolas. En Niebla (1907), que aunque un poco descolorida, recogió con cierto ingenio Estudio 1, nos revela al personaje solo en un mundo de personajes imaginados. Su intrincada existencia transcurre aparentemente tranquila, en un típico Madrid español, bajo la melodía del monólogo y los continuos choques con la trascendencia. Desde el primer momento, se diría que alguien observa desde arriba al pobre Augusto Pérez, que acaba de poner los pies en el umbral de su casa y ha tenido la ocurrencia de sacar el paraguas. En ese instante, la vida exterior sólo aparece a través de los ojos, que contemplan un mundo lleno de contradicciones internas, interrogantes sin límite y angustias inexpresables. El objetivo del hombre es que no hay objetivo hasta que uno se le cruce por el camino. La elección, por caprichosa e injustificada que parezca, nace de la inapetencia, de la voluntad ociosa, que busca dónde saciar sus apetitos y al tiempo cómo entender este infinito enigma. El tiempo pasa, la vida es un sueño de Dios; lo demás es secundario, una historia de sinsabores y deseos humanos, contada en un tono irónico filosófico, con su toque sentimental y en momentos decadente. En cada página la muerte parece pasear entre las líneas.


Otra historia, u otra manifestación de su incredulidad desesperada, es el San Manuel, bueno, mártir, la historia de un párroco que ha perdido la fe, o que en cierto modo nunca tuvo, pero quería creer, quería que los hombres fuesen felices creyendo y hacer felices a los hombres aparentando que tenía convicciones. En el trasfondo, prevalece su amor frenético hacia la vida, esa que quisiera que, si perdemos a la postre, nos haya sido quitada injustamente. Sólo que un poco más triste, acaso un poco más obsesivo en su búsqueda interminable de Dios, un Cristo crucificado, español y católico. En su obra La tía Tula vuelve al candor de la mujer, que ama locamente, pero que desprecia el erotismo. Un amor unamuniano, fruto de la inevitable muerte, que se expresa en la entrega al prójimo, en la búsqueda trágica de la reconciliación a través de los hechos, de lo que subsiste alrededor, a través de la vida ajena. Un amor materno, que se niega a sí mismo y se sacrifica por la vida, haciéndose a sí mismo en los demás.

Unamuno fue un hombre, como su obra, con agallas, Rector de la Universidad de Salamanca. Se enfrentó al dictador Miguel Primo de Rivera, marchó al exilio y volvió bajo el aplauso de la muchedumbre. Se encaró también al fascismo, y al “¡muera la inteligencia!” de Millán Astray en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. Un hombre lleno de paradojas, que han reclamado desde todas las facciones, pero que en el fondo se empeñaba en pertenecer a sí mismo, y a la postre, luchando contra sí mismo, al tiempo que España enloquecía a su alrededor. Fueron sus palabras, días antes de su muerte, terrible melancolía de individualismo incansable:

"La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros. Y aquí está mi pobre España, se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo..."

P.D.: un servidor estará estos días en Venecia, y les contará a la vuelta lo que allí ha visto y oído. Que pasen feliz Semana Santa.
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