Cavidad oscura

Frente a una hoja en blanco a veces cuesta coordinar los pensamientos. Se diría que nos acabamos de colocar frente al espejo y que por un momento hallamos contemplado la verdadera esencia de nuestro ser. Luego empiezan a correr las palabras, garabateando la página triste, hasta tapar nuestro espíritu blanquecino y casi transparente, que ya nunca vuelve a salir y permanece escondido a los ojos de los mortales. El ser queda agarrotado bajo esa suma de verbos, adjetivos y sustantivos que conforman nuestro idiolecto y devenir. Cuando nos hallamos frente a alguien, apenas alcanzamos a observar la prolongación de su espíritu, el extremo de los hilos que conduce a su interior oscuro y pantanoso.

Existen algunos resquicios por los que, a veces, asoma el alma humana. Dicen los poetas que los ojos son el espejo del alma, que la voz es tan sólo la expresión simbólica de un eco profundo e inaudible. Al contrario, la sonrisa representa la hipocresía, la articulación de una falsa felicidad o una falsa angustia, aunque en ocasiones se nos arranque una mueca espontánea, intestina, limpia. La muerte en cambio se expresa a través de la risa, la carcajada demente, desesperada, de un perturbado que cuenta los últimos segundos y ha perdido la conciencia de sus límites. En tales momentos, cuando la existencia se precipita sobre un vacío sin fondo, parecemos consumirnos como una vela que se apagase o un puñado de hormigas que sienten cómo la suela de un gigantesco zapato cayera sobre ellas. Semejante debe ser el instante previo a la muerte entre los seres humanos: primero desaparece el sonido, luego se escucha el viento, una carcajada helada, el rostro se va desconfigurando hasta que, al fin, en el momento supremo, todo enmudece y la luz se apaga.

Hay muchos cuerpos que no transmiten nada. Las piernas, los brazos, el cuello, las manos se dirían meros elementos destinados a agradar al público. Desprovistos de su funcionalidad original, han acabado convirtiéndose en objetos a través de los que un espíritu extraviado dirige sus acciones hacia una obra de esclavo. No hay individuo, sólo un hombre que se mueve, cuya mente ha acabado transformándose en servidora de una realidad cambiante, cruel, imprevisible. Los miembros, al servicio de una causa ajena al espíritu mismo, si el servicio se prolonga mucho en el tiempo, acaban sirviendo a falsos dioses, destruyéndose. El hombre comienza perdiendo las manos; luego se le caen los brazos; al final, ya ni las piernas le aguantan; y cae por último su cabeza rodando por el suelo, separada del tronco, en cuyo interior todavía late un corazón lo suficiente consciente para entrever su suerte postrera.

Los hombres resucitan. Como cuando, escribiendo estas letras, descubres un hombre que no eras. Lo cuentas todo como si se lo contaras a otro. Al final sólo te lo cuentas a ti mismo. Y los demás hombres pasan y observan junto al camino a aquel hombre solitario hablando solo y se preguntan con quién diablos habla. Entonces descubren que ellos, al cabo, también estaban hablando solos, completamente solos. Lo que en un principio era una máscara del verdadero ser acaba fundiéndose con el verdadero rostro del hombre. Si te acercas para intentar desenmascararle, descubres entre la sangre y la cara descarnada que detrás no hay nada, ni aun la calavera. Sólo una cavidad vacía, en la que alguna vez debió de haber un hombre, un niño. Ahora sólo un hueco terrible, lleno de oscuridad y olor a madera.
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1 comentarios:

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Euphoria
admin
02:58 ×

Será que no somos más que esa hoja blanca entonces, una hoja blanca que a muchos nos da miedo porque nos recuerda a ese silencio y a ese apagón de luces que tarde o temprano sucederá.
Me gustan tus escritos.
Volveré.

Congrats bro Euphoria you got PERTAMAX...! hehehehe...
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