Venecia sobre las aguas


Venecia es un cadáver pestilente que flota sobre las aguas. Cuando uno llega atravesando el “ponto della libertà”, lo primero que se advierte son esos canalillos sucios y malolientes que, sin embargo, de noche, parecen esconder arcanos secretos. El agua del Gran Canal se enardece a nuestro paso, subiendo a veces los escalones, otras salpicando la orilla, como si dentro suspirase entre sueños un gran monstruo de leyenda. A un lado y a otro, las casitas y palacetes medievales, de típica ventana veneciana, expresan la magnificencia de la ciudad dormida, épica, anclada para siempre en un momento de la Historia, tanto que, si no fuera por la brisa luctuosa, se dijera que entre las casas todavía viviesen galanes de máscara carnavalesca y aristócratas de colorida vestimenta. Entre las sombras, hace frío, pero pronto nos llega el murmullo del hombre de nuestro siglo subiendo parsimonioso por las callejuelas oscuras y llenas de restaurantes.

Mucho se ha escrito y especulado sobre Venecia, que como París es una ciudad de amores y poesía, para disfrutar en compañía del ser amado. También es una ciudad de escritores, músicos, filósofos y cineastas, y allí se aposentaron y hospedaron durante su tiempo Richard Wagner, Friedrich Nietzsche, Lord Byron, Henry James, Ernest Hemingway y otros tantos que amaban la belleza. Pero olvidémonos de ellos, de la historia, de los dogos que dominaron esta república de comerciantes, y persigamos a esas parsimoniosas góndolas arribando hasta la laguna. Tomando el vaporetto, a eso de las nueve, puede uno entre empujones y bamboleos disfrutar de la brisa marina y el paisaje glorioso de las fachadas misteriosas de estilo gótico veneciano. El palazzo ducale, en plena Piazza di San Marco, lo mismo que il duomo, es de visita obligada para el que llega por primera vez. Pero después, entre la marea humana y las largas colas que pueblan la Piazza di San Marco, puede detenerse un momento a escuchar, esquivando palomas y gaviotas, la alegre música de las pequeñas orquestas de los famosísimos cafés del siglo XVIII -el Florian, el Quadri, el Lavena -en los que nadie se sienta dado sus abultados precios-, pero que todo el mundo celebra dado que allí pasaron gentes importantes.

Venecia es también famosa por sus numerosísimas iglesias y su pintura y en cualquier parte pueden encontrarse obras del Veronés, Tiziano, Tiépolo o Tintoretto, siendo l’Accademia una de las muestras más impresionantes, si bien no acabo de comulgar del todo con la pintura religiosa, imaginativa, pretenciosa, poco espiritual y realista, aunque de una belleza y perfección pictórica indudable. Llama la atención, por su excelencia decorativa, en el plano arquitectónico y escénico, la cúpula de Santa María de La Salute a media tarde, cuando todos sus mármoles brillan junto al agua dorada. También, en la lejanía, el campanile de San Giorgio Mayore, al este de la Giudecca, es una genial obra arquitectónica cuyas vistas de la laguna resultan generosas.

Venecia, compuesta de 120 islas, unidas por 455 puentes, produce una sensación melancólica difícil de explicar. En ella, aunque poblada de turistas, todo parece olvidarse aunque uno se sienta, al cabo de unos días, como en casa. La vida en el norte de Italia transcurre lenta, en ocasiones demasiado lenta, y sólo cierto espíritu mediterráneo y espontaneidad salvaje logra insuflar un poco de vida a una ciudad muerta, en la que los italianos no quieren vivir por el avanzado grado de inevitable inmundicia, el pésimo transporte, los menoscabos del tiempo. No es Venecia una ciudad en la que yo viviría, ni tampoco me produce ese placer inmenso de las ciudades europeas más avanzadas, pero posee un encanto que la hace única. Hace falta encontrarse con Venecia, al igual que de vez en cuando el artista necesita encontrarse con una época estancada, melancólica, para detenerse un segundo en el tiempo y olvidar. El olvido es lo que mejor define a Venecia, la comunión intensa con el ladrillo, el cristal y el aire, lejos de todo contacto con la civilización que no sea el incesante deseo de relacionarse de los italianos. Un deseo demasiado campechano, a veces salpicado de un desesperado existencialismo decadente, que el cine italiano se ha encargado de reivindicar frente a la rigidez y formalidad del mundo anglosajón.

Pero en Italia, desde la estética, la vida adquiere un intríngulis que no conviene despreciar; una melodía, repentina, suena a cada instante recordándonos la existencia, llevándonos a otra parte. Bajo un pequeño soporttego, frente a La Salute, suena la música de El Padrino como un leitmotiv entre terrorífico e irónico que trata de definir a todo un pueblo. En el interior de la iglesia de San Vidale, un grupo de músicos nos deleitan con Las cuatro estaciones de Vivaldi y cierta pieza virtuosa para violín del gran Paganini. En La Fenice, en el palco real, escucho entre bastidores el ensayo de una orquesta monumental, mientras la monitora de un grupo de niños franceses les cuenta a estos la historia del gran teatro de la ópera. Pareciera entonces que me encuentro en algún sitio, transportado a otra parte, a un lejano ayer que debí de perderme. Aquí, en Italia, los canaleggos parece que contienen las aguas tranquilas del remordimiento y que los siguiéramos a través de las callejuelas humorosas, bajo la ropa tendida de las ventanas antiguas, acabaríamos quizás en el origen de alguna terrible experiencia, sin llegar del todo a percibirla. Sólo en las aguas insalubres, entre la podredumbre opaca de una esperanza perdida, subyacen las miserias humanas que arrastra el tiempo. Aquí, bajo la brisa ligera de Rialto, el hombre escucha una voz que no se distingue, allá a lo lejos, en alguna parte, bajo alguna luz de media tarde, que ilumina los fluidos secretos del hombre. Apoyado en la veranda del puente de Rialto, con los ojos inclinados sobre las aguas, a veces parece que alguien ha dicho tu nombre. En las callejuelas, se dijera que los edificios flotan, y nosotros, con ellos, fuésemos a la deriva. Cuando las campanas de Venecia suenan todo enmudece.
Siguiente
« Anterior