Los tejados

De noche, los tejados parecen el lugar más tranquilo del mundo. Los hombres duermen en sus casas y las terrazas quedan a merced de los gatos y las cucarachas. Basta asomarse un instante a la ventana para contemplar, en el edificio de enfrente, las chimeneas sombrías y puntiagudas, formando un bosque inmenso de estirados cipreses. Dan ganas, cuando la noche nos sorprende, de salir de la cama corriendo y ponernos a saltar y a bailar alegremente sobre los tejados como en la película de Mary Poppins. Siempre he pensado que allá arriba, en la noche, debe de suceder algo.

Otras veces, cuando regreso tarde a casa, he sentido el impulso de descender por cualquier boca de alcantarilla a las cloacas, sentarme a fumar un pitillo y dejar que las horas pasen allá abajo, atisbando de reojo los flujos de la miseria humana.. Pero al instante me convenzo de que semejante actitud es una locura y subo las escaleras en silencio hasta mi cuarto donde me espera una máquina de escribir y un felino llamado Moustache. Cuando llego sonámbulo, Moustache apenas me lanza una mirada de circunstancias mientras haraganea encima de la cómoda. Se lame la mano y luego oculta la cabeza entre las patas con cara de asco, como si la vida no tuviese ya significado para él y se limitase a ver pasar los días.

Por fin estoy sentado frente a una hoja en blanco y ensayo a escribir algunas líneas que se pierden en la papelera. A estas horas de la noche, el jolgorio resuena todavía en mi cabeza. Me levanto a mirar por la ventana y tomar un poco el fresco. Me quito la gorra, me quedo cabizbajo, se me ocurre una idea, la idea me parece estúpida. Me duele la cabeza. Me tomo una aspirina, y en ese preciso instante escucho a través de la pared la armónica de Willi, un viejo loco que vive en la casa de al lado. La aguja del reloj marca las dos.

De noche, la ciudad huele de otra forma, el frescor toca de lleno en la cara, los sonidos parecen más suaves y uno se imagina, mirando esas casitas de la acera de enfrente, que en algún lugar una mujer melancólica observa la luna, la misma luna blanca y carirredonda, desde su ventana. Casi puede notarse, cerrando los ojos, el cercano pálpito de su pecho rosado y la fragancia de su pelo electrizante. Toda ella se dijera obra de sueños, de una novela que no existe. Las estrellas velan la ciudad de las sombras. Suben de abajo los últimos alaridos de los borrachos rezagados y meretrices demacradas, discutiendo en la calle. Me invade el sueño.

A veces he dado un suspiro al reclinarme sobre la cama, he sentido el impulso de coger un libro o un periódico y ponerme a leer hasta caer en los brazos de Morfeo. Pero las letras me bailan, los pensamientos se me dispersan y mis pies no dejan de caminar a un lado y a otro como los de un animal enjaulado. Contemplo la noche azul brillante y siento un hálito de esperanza. Siento ganas de volar, como en aquellos tiempos en que los hombres, antes de los hermanos Wright, querían levantar los pies del suelo anudándose unas alas a los brazos. Mi espíritu, aquella noche, era el de un águila. Supongo que soñé con eso cuando, por la mañana, desperté entre las sábanas empapado de sudor y vi que en la habitación desordenada reinaba una calma sepulcral. Moustache, echado sobre la cómoda, me miraba de hito en hito desde sus ojos amarillos...
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2 comentarios

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Aida Chicle
admin
18:18 ×

Tengo que admitir que lo he leído cuando ya, casi a punto de cerrar esta ventana leí el resumen de tu perfil y me enganché por un segundo a tu forma de escribir,
no está mal, espero volver por aquí.

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23:54 ×

La noche da vida a los que no saben dormir.
Los que saben dormir ni se imaginan lo que puede revelar la noche.
Saludoss y silbidoss..

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