Un día de trabajo

Siete de la mañana. Sale uno de su casa tan campante, camino de un examen, después de algunos días de extremo ascetismo, y se encuentra por la calle diversos sucesos paranormales. Por un momento pensé que había viajado en el tiempo y al cabo de un instante me tropezaría con la Estatua de la Libertad engullida por la tierra, pero no se dio el caso. Sí que había otras figuras decorativas, probablemente restos de alguna civilización pasada, pero ninguna de ellas era la Estatua de la Libertad. Enseguida pude cerciorarme de que me encontraba en el planeta tierra, que los seres que por allí pasaban no eran monos y que era cierto que yo tenía un examen ese día a las doce de la mañana. Seguí andando y, como digo, a cada paso elementos oníricos y maravillosos se alzaban ante mi mirada estupefacta. ¡Banderas españolas en los balcones! ¡Paquito el chocolatero! ¡Músicos! ¡Petardos! ¡Tropeles de borrachos que suben calle arriba con los hombros caídos, el semblante agotado y las piernas temblorosas! ¿Es la guerra? No, no, no puede ser la guerra, la gente parece haber sobrevivido a toda una noche de juerga y alcohol, casi casi como si estuviéramos en Alicante y fuesen les Fogueres de Sant Joan, por extraña que pudiera parecernos esa casual coincidencia.

Lo cierto es que al llegar a la Plaza de España mi asombro iba en aumento, porque allí había bastante gente repantingada en sillas de plástico palmeando no sé qué desafinada cancionzuela. A lo largo de la calle Calderón de la Barca, iban apareciendo grupúsculos de rezagados jovencillos supervivientes. Lo peor de todo fue cuando un automóvil pasó por mi lado en cuyo interior alguien iba cantando un “we are the campions, my friend” en un tono que se asemejaba al de los antiguos castrati si es que se trataba en verdad de una voz humana. Fruncí el ceño cuando escuché aquella notable muestra de mal gusto y seguí derecho a la estación del tren, donde para sorpresa mía había más gente de la acostumbrada a aquellas horas de la mañana. Cuando entré en el cercanías, no pueden imaginarse el paisaje lamentable que pudo allí contemplarse: los asientos atiborrados de jóvenes en edad universitaria, unos durmiendo sobre dos asientos, otros con las patas encima del de enfrente, la mayoría con los ojos semicerrados y todos conformando una estampa de extenuación y derrota como jamás la había visto en mi vida. Parecían, de no ser por la típica vestimenta de sábado-noche, un grupo de refugiados que por alguna extraña razón había aparecido en aquel tren fantasma que quién sabe a dónde nos conduciría.

A pesar de toda aquella sarta de incongruencias, mis presentimientos resultaron ser ciertos. Cuando llegué a Elche, donde se ubica mi universidad, todo pareció volver a la normalidad. Allí era un día corriente, de época de exámenes, donde la gente repasaba en la biblioteca y todo el que tenía aspecto de haberse corrido una juerga la noche anterior al menos lo disimulaba con cierta cara de circunstancias. Todo transcurrió como yo tenía previsto y pude finalmente ubicarme en aquel día sospechosamente festivo, que parecía que hubiesen sacado de una página de cuento. El calendario de allí no decía que el 24 de junio fuese fiesta oficial, las tiendas habían abierto sus puertas como de costumbre y los ilicitanos seguían tranquilamente el lento transcurso de sus vidas, quizás con un no sé qué en la mirada que revelaba cierta nostalgia o acaso que supiesen un poco más de la cuenta. De todos modos, yo salí con la convicción de que todo aquel paisaje desolador, tremebundo, que había visto camino de la universidad había sido sólo fruto de mi imaginación, sin duda un espejismo provocado por el sueño y los nervios del examen. Pronto despertaría en mi casa y este mes de junio volvería a ser como mes de junio.

Sin embargo, lector, no sabe hasta qué punto mi mente me engañaba. Cuando llegué a la estación de RENFE, los petardos seguían sonando. La Glorieta de la Estrella estaba concurridísima, había un montón de gente con sombreros de paja, muchos más automóviles y motos que lo habitual, y turistas que iban y venía calle arriba, calle abajo. Decididamente lo mío no podía ser normal, así que decidí echar a andar lo más rápido posible para llegar a mi casa y evadirme de todo aquel inextricable asunto. Fue entonces, lector, cuando descubrí que había llegado a un avanzado estado de locura. Allí había en la carretera, entre el guirigay de los coches, un autobús de dos plantas en el que iba gente saludando y la gente miraba con orgullo. ¡Sonaba el Himno del Hércules Club de Fútbol, que hace unos días había subido a Primera División! Cuando llegué a mi casa, me quedé un instante sentado en el sillón, leí los periódicos en internet y vi que circulaban aquellas mismas noticias. Decididamente el mundo se había vuelto loco. ¡Hogueras de San Juan, el Hércules en primera división! Pero, ¿de qué diablos me están hablando?
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1 comentarios:

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23:43 ×

Cuando lleguen las vacacioness todo cobrará sentido..

Congrats bro La serpiente que pudo ser mujer you got PERTAMAX...! hehehehe...
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