Campos desolados

Los montes se mueven, los collados tiemblan, las paredes del universo infinito se precipitan. Queda una luz blanca, una herida, un puñal clavado en el pecho ennegrecido, la mirada de un hombre que declina hasta que sus ojos abiertos contemplan ese mundo que no vemos. A veces el alma se despereza, otras duerme; avanza, se resiste, siempre prevalece. Levanta erguida la cabeza, con la tristeza incrustada en las pupilas, y observa con horror esa sombra que languidece: unas veces viene, otras se esfuma, atada a una cruz quebradiza y luctuosa. Una sonrisa lenta, angustiada, casi burlona, se dibuja en el rostro del que observa; luego una mirada angélica, triste, que se despide de la luz crepuscular; al fin la tarde muere y lo encuentras, ahí entre sombras, en el silencio de un tonel, guareciéndose del mundo. Y se levanta por la mañana, profetizando borracho, entre fieras y predicadores.

Intentan arrebatarle la existencia; no se deja, defiende los pedazos de su alma como una hembra cuidara de sus criaturas. «¡Atrás todos!», escupe. Primero lanza su proclama, luego muerde, hasta que parece que todo está en calma y las gotas de la vida chorrean por su piel de granito, que ya casi se confunde con el cilindro en el que transcurre su vida. La tierra llora, y él la escucha llorar; a lo lejos, al final del túnel, se ven los campos sombríos llenos de arbustos terribles corriendo con las ramas en alto, la tierra toda bañada de un vino incandescente, que al derramarse sobre la arcilla hace que broten plantas y animales. Suena el trueno distante entre las rodillas, cuando su mirada, por un momento, piensa. Se oye un ruido, un rumor de hechos pasados, que cada vez están más cerca, hasta que al final se le aparecen vivas y tumultuosas las imágenes de su vida. Es la tortura, el trabajo, el sufrimiento en una tierra roja, entre cadenas y fuego y rocas gigantescas, y unos hombres amorfos que vociferan y sacuden con el látigo. Cuando miran parecen conocer detalle por detalle el transcurso de su vida; a sabiendas, descargan su ira inmarcesible y sádica sobre la espalda escarpada. Luego un rumor sordo, una imagen difuminada, una voz ininteligible, suplicante, que suena desde el otro lado del sueño. Tiempo real.

Los cielos se descuajeringan, se derrumban como una máquina desatornillada. Caen los pedazos del trueno furioso, la lluvia clara y fina que acaricia la melancolía del que sueña tirado en medio del camino y luego, cuando las gotas le despiertan, se incorpora y mira a su alrededor con una mirada triste. No pregunta lo que ha sucedido: lo sabe. Y resignado intenta levantarse, y contempla el campo asolado con cara de viejos conocidos. ¿A dónde van todos esos árboles desnudos? Ensimismado en su abrigo impenetrable, echa a andar por un camino que no existe esperando que pronto las nubes se vayan y pueda leer en el cielo el rastro de su destino. Contempla asombrado cómo el viento sacude con fuerza los cortinajes del cielo, y de cuando en cuando, asoma un mundo desconocido, un guiño... una voz. Hace mucho frío, el camino es viejo, hay un refugio un poco más allá donde podrá dormir. O al menos fenecer.

Cuando llega, la vasta madera yace muda sobre el llano infinito. Las puertas se abren y se cierran; los ventanales se mueven impetuosos como si hubiera alguien dentro. ¡Un demonio! O peor: un hombre. Él se acuerda de cuando la vida le enseñó a defenderse y aprieta el puño derecho mientras sus ojos negros contemplan la casa de los muertos. Allí dentro estará caliente, allí podrá dormir. El viento sopla distante, llevando por todas partes un silbido que nadie entiende; desde el portal, parece que hay un secreto acá, una explicación allá, una razón acullá. Todo inconexo, representa el gran puzzle de un alma que no entiende. Su frente está lisa, sus ojos casi no se mueven, sólo sus oídos escuchan; mueve la cabeza, desiste, no hay nada. Entra en la casa donde todo es desolación y silencio. Hay una escalera que no lleva a ningún sitio, unos muebles de madera vieja, los retratos de unos desconocidos que le escudriñan. Se siente intruso mientras sube distraído los escalones, pendiente de cada golpe, de cada rumor que no le parezca humano. Es un mundo nuevo.

Arriba está la habitación que esconde todos sus secretos. Cuando ve la puerta cerrada siente un escalofrío. Se le acelera el pulso. Allí dentro hay alguien, alguien terrible... Pero él es un hombre; le da un puntapié a la puerta. Allí solo hay una pared vacía. Cuando entra, y cierra la puerta, descubre la ventana abierta. De pronto siente que alguien le está mirando; allí, en la pared de la izquierda del cuarto, algo se mueve. Sus ojos se abren, su cuerpo va girándose lentamente. Observa por fin: el espejo. En aquel instante, cuando la vida toda pasa frente a él, siente que alguien ha corrido una cortina, que se ha escuchado un ruido, que ha pasado un ave volando. No hay nada. El espejo. Que lo atrae imantado en lentos pasos de horror y temeridad. Desencajado, a medida que se acerca, su cuerpo es más grande, más viejo, más feo y sus dos ojos negros cavilosos dejan percibir una perspectiva lejana. Allí dentro va a comenzar una conversación, un espejo hablando con un hombre, un espejo hablándole a otro espejo, a veces otro hombre que no es él, otras ningún hombre, otras un hombre pequeño, otras un hombre fuerte, otras un monstruo, otras un niño, otras un hombre satisfecho, otras un necio, otras nada. Otras un loco... el hombre que siempre ha sido, que nunca fue, que se construye y se destruye siempre. Un solo golpe de ira acaba con todo, rompiendo el espejo en pedazos que revolotean por la sala. Llega el temor, el aliento jadeante, la sangre...; agachado, mira al suelo y a las paredes, y los pedazos de espejo dejan ver pedazos de su vida hecha añicos, escenas, momentos sencillos, memorables. ¡Fugaz llamarada de horror humano! Enseguida los pedazos, que se habían roto, corren a amontonarse en su pecho ennegrecido, del que sobresale un puñal lleno de sangre. Ahora sí.
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