Sueño y lucha

De noche, a veces su ancestral gemido vagabundea por mi frente tersa y pálida. Susurra mi nombre desde un más allá ignoto que es un pasado reciente. Tiene una voz vieja, caduca, de un hombre que fue no hace mucho, que sigue siendo pero de otra forma y que hoy es sólo pieza de un museo que no existe. Ya llega el inoportuno consejo del que nunca calla, que sólo tiene lengua y nunca oídos, que persiste en hacer de la vida un cielo o un infierno con sus solemnes alegrías e inquietudes. «Callad, os lo suplico. ¡Dejadme dormir!», le dices, y te das la vuelta en el lecho, deshaciéndote de la sábana y estampando la cara sobre el almohadón. Por un segundo los ojos se apagan, se sienten cansados, se vuelven tristes. Luego vuelve, como si no se hubiese enterado de nada, el eco del subsuelo, que a veces parece salir de debajo de la cama, otras de las paredes, pero que suena aquí dentro, muy adentro. «Podrías hacer esto o lo otro, podrías decir aquello, pensar lo de más allá, levantarte, caminar, mirar de frente, o volverte, o esconderte, o pensar que la vida es triste, o que todo el mundo es nada, o que nada es cierto, podrías...». «¡A callar!», insistes, y sientes que los muebles, en la oscuridad, han oído tu voz muda. Los números rojos del radio-reloj despertador han avanzado muy despacio; a esta hora, el calor es insoportable, debería estar durmiendo. La voz se ahuyenta, se funde un instante en la negrura, como el mosquito cuyo zumbido dejara un momento de oírse y aguardase agazapado en la cómoda el momento propicio para el ataque. Sentado en el silencio muerto, notas la fiebre mortecina de la noche agosteña, donde el sofoco destruye la mayor de las voluntades. Sabes que no queda nada que hacer. Te levantas, te refrescas, vuelves a echarte sobre el colchón ingrato, recostando la cabeza sobre el almohadón esponjoso. Un momento de silencio. Ya está ahí otra vez. «El mundo es triste...». Y sientes un instante la pesada losa del tiempo, la perspectiva maligna de una línea corta que trazara un maestro sobre la pizarra e ignorase si acabar como una elipsis o seguir en línea recta. Pero el espíritu se revuelve: «¡Silencio! ¡A dormir!», hasta que el cansancio invade el cuerpo y los ojos parecen dos frutas maduras a punto de separarse para siempre del árbol. Por unas horas duermes como un niño.

Son las cuatro de la mañana. Sientes el sudor frío de una madrugada lenta, el pegajoso sopor de una muerte pasajera sometido a una sauna que no habías encargado. Recuerdas el sueño del que has despertado como los cuadros de la sala de un museo que acabaras de abandonar: confusos, borrosos, medio moribundos, la mente sólo recuerda algunas pinceladas, su tono, su trama, su sentimiento. Todo fenece; en tus sueños, la voz pétrea de un hombre que describe una trayectoria vital, como un juez que leyera una sentencia, hasta que se pierde en un fade-out somnoliento y la imagen en blanco y negro de tiempos remotos se confunde con la alcoba a oscuras. Sientes que te duele la cabeza; la voz, que parecía haber estado toda la noche haciendo de las suyas, vuelve con su implacable cadencia. «¿Y si es todo, y si es nada, y si es algo... y por qué no esto, y por qué no lo otro, y por qué aquello, ay, ay, ay?». «¿Y por qué no enmudeces, voz traicionera, y dejas que el hombre duerma? Todo es distinto cuando callas». Todo entonces, incluso lo extraño, cobra sentido cuando el hombre, acurrucado en su silencio, se echa otra vez en el lecho y duerme tranquilo, como quien ha vuelto de la guerra, y esconde la frente tras el brazo derecho, y la mente vocinglera, sorprendida, retrocede ante tamaña muestra de menosprecio y al ver que no se le hace caso se esconde, se aplana, se convierte en retrato y allí se queda mirándote toda la noche sin mover la vista, cauta, derrotada. A la mañana siguiente, el hombre resucita.
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