El mundo abreviado

¡Ah, lector, lector, qué tiempos corren! ¡Y cómo ruge Santa Bárbara, ahora que casi ha pasado el verano, y los taciturnos estudiantes, después de una fugaz ausencia, salimos otra vez de nuestras cavernas a husmear por las librerías y cotillear en las esquinas! Comienza todo, y eso que aún parece que nada ha terminado, y un servidor se recupera en el silencio de una batalla que lo dejó medio aturdido y como fuera de combate, aunque finalmente victorioso. Pero en el transcurso de mis paseos diurnos por esta ciudad lluviosa y anquilosada he retomado el recuerdo de hace unos días, cuando cambié el techo de mi hogar por unos billetes de autobús con escala en Madrid y con destino al cielo, digo, a Valladolid.


A primera vista, no es la ciudad más castellana de Castilla, y al viajero intempestivo le podrá parecer algo aburrida y hasta provinciana, pues no es la más rica en reclamos artísticos y arquitectónicos, y en verano hace calor y en invierno frío, y la gente joven parece que sólo vive y trabaja suspirando por un futuro madrileño, lejos de la soledad y la raigambre de la España profunda y meseteña. Sin embargo, yo que vengo de verla en un húmedo septiembre de transición me ha parecido un agradable bálsamo. Su catedral, aunque inacabada y “la más fea de Castilla”, según residentes del lugar, es oscura y sobrecogedora, y tiene un no sé qué familiar y nostálgico que la convierte en monumento solemne a la tristeza y el abandono. Antigua corte española, Felipe II acabó por trasladarse a Madrid, dejando a la urbe vallisoletana con lo puesto y su catedral convertida en acongojada iglesia. Luego tuvo, entre 1601 y 1606, su despertar glorioso, cuando Felipe III volvió a llevar la Corte allí para después marcharse definitivamente al Alcázar madrileño.

Fue por aquellos años en los que el pobre Miguel de Cervantes tuvo una casa en la calle del Rastro número 7 -descubierta por el ocurrente Valle, según la guía-, donde iniciaría los trámites para publicar la primera parte de su gran obra El Ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha. Allí estaba su mesa, su cocina, los escalones de su escalera y algunos muebles que no eran suyos pero que proceden de aquella época, o acaso se les parecían, o que tenían que guardar en algún sitio. Es entretenido, aunque llueva y haga frío, echarle un vistazo a los jardines, con sus viejos muros carcomidos por la hiedra y la erosión de los siglos haciendo de las suyas. Antes de salir, lector, no olvide firmar en el libro de visitas en memoria del manco de Lepanto. Cuando salga, bajo el cielo sombrío, quizás sienta que don Miguel le está observando.

Otros hombres ilustres pisaron esta ciudad literaria, en la que según cuentan se habla el mejor y más castizo castellano de España, y yo añado -aunque mi opinión no sea la más objetiva- que además se aprecia en el aire cierto aroma musical. Es visita ineludible, a media tarde, penetrar en los jardines de la casa de Zorrilla, donde encontrará un curioso e importantísimo cartel en el que se informa al paperboy, que aquí llamamos repartidor, de que eche el periódico por el buzón de la puerta interior. Allí encontrará a un poeta romántico y burgués, reconocido en vida como ilustre hombre de letras y sillón propio en la Real Academia (1885). Su mérito fue dejarnos, entre otras muchas obras poéticas y teatrales, aquel famoso Don Juan Tenorio redimido misteriosamente por el amor de doña Inés. Aunque yo sigo prefiriendo, en lo literario como en lo espiritual, la tragedia de Tirso y el apoteosis del Don Giovanni.


Fuera ya de la historia y la literatura, Valladolid compone un todo armónico y redondísimo. Siga usted la calle de Tudela desde la Plaza Circular, tome luego la de la Mantería, atraviese la Plaza de España hasta llegar por la calle de Miguel Iscar a los pies de la estatua de José Zorrilla, junto a la fuente. Paséese luego por el Campo Grande, cuidando de no mancharse de barro los zapatos, y salude a los pavos reales que por allí pululan, cual famosillos, buscando comida y fotografías. O si no, asómese al estanque, y escuche a los patos que, como niños juguetones, cloquean jubilosos haciéndonos la vida un poco más divertida. Luego métase por Santiago, armado con un discreto paraguas y atento a las tiendas que asoman a diestra y a siniestra. Cuando llegue de nuevo a la Plaza de España, aparte un momento la vista de esa bola del mundo que gira y mire un instante hacia arriba. Notará, asombrado, que está lloviendo. Y quizás tendrá ganas de regalarle el paraguas al primero que pase, a lo Gene Kelly... pero mejor no lo haga. Lo necesitará para cuando vuelva a su tierra natal, al menos para superar este inoportuno y repentino otoño.

Valladolid, a la que volvería gustoso, tiene un encanto singular, pero no la disfrutará usted del mismo modo si no goza de una agradable compañía que transmita significado a los edificios y monumentos que se alcen frente a usted boquiabiertos y patidifusos. Lástima que la ciudad del Pisuerga (y del Esgueva) se acabe tan pronto, pues sus recovecos parecen encerrar muchas historias y sus gentes acogen de tal modo al extraño que lo hacen sentirse como en casa. Delicioso fin para un año de penurias y melancólico regreso en mitad de la noche. Lector, ¿no oís cómo vuelven a sonar esos tambores de guerra?
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