El nombre de la rosa, de Umberto Eco

Además de una trepidante novela policíaca, el lector tiene entre sus dedos las páginas de una obra inmortal. Circunscrita a la Edad Media, el intríngulis de la época –primeras décadas del siglo XIV– sólo podía concebirse a través de los rifirrafes teológicos de una abadía benedictina italiana, donde entre maitines y maitines aparece, de cuando en cuando, el cadáver de algún fraile. Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, al modo de un detective clásico -¡y encima británico!- y su ingenuo y joven acompañante, vienen por petición del abad a seguir los hilos de esos extraños sucesos que parecen no conducir a ninguna parte, o acaso, a todas. La búsqueda de la verdad, o mejor, del conocimiento, se convierte en un imperativo del honesto investigador, que sólo maneja hipótesis y datos empíricos en torno a la laberíntica biblioteca de la abadía, a la que los monjes tienen prohibido entrar y de la que se cuentan extrañas historias.

La obra de Eco, repleta de latinajos, rivalidades político-religiosas y sesudas discusiones teológicas, puede leerse de cabo a rabo sin que uno se entere, hasta el final, de quién es el asesino. Pero la tensión se mantiene en todo momento, a la manera de las buenas novelas que parecen haberse escrito, si no fuera por la extensión, para leerse en una sola noche. Tiene sus ratos de pausa y conversación, dicen que cinematográfica –no en vano se llevó al cine-, así como sus inesperados guiños a la galería, pero se hace de un modo elegante, juicioso y poco estrambótico, pues toda la historia sigue girando, entre suspiros, entorno al crimen. Narrada por el joven e inexperto Adso de Melk, testigo y partícipe de una historia en la que juega el papel de un Doctor Watson muchísimo más joven pero igual de preguntón, vamos descubriendo las vicisitudes del razonamiento lógico, las pasiones reprimidas bajo los hábitos monacales y sobre todo las miserias, aún más profundas, del corazón humano. Todo como si fuera una moderna historia policíaca, pero sin disfraces ni caracteres postizos ni demasiado maquillaje: desde la época medieval. Nos dice Eco: “Me puse a leer, o a releer, a los cronistas medievales, para asimilar su ritmo, su candor. Libre de sospechas, pero no de los ecos de la intertextualidad”.

El nombre de la rosa, además de una novela policíaca y una obra de un colosal bagaje filosófico e histórico, constituye también una brillante plasmación de la mejor composición literaria. Así nos lo cuenta, a su modo, Umberto Eco en el comentario final. En ella parece haberse pintado un grandísimo lienzo que conforma un paisaje realista lleno de detalles que, al mirarse desde más cerca, más pequeños nos parecen y más realidades parecen abarcar. Umberto Eco, en su calidad de semiótico, sabía que las palabras aluden a mayores significados de los que convencionalmente se les otorga y que una obra literaria puede ser objeto de múltiples lecturas según las características del individuo que las lea. “El autor debería morirse después de haber escrito su obra”, confiesa, “para allanar el camino al texto”. Aunque se niega a teorizar sobre su novela, sí que teoriza, sin embargo, sobra la literatura y el proceso creativo.

Umberto Eco, que presume de unos amplísimos conocimientos medievales, nos compone el panorama de una historia que, aparentemente, nace de la nada y va pintándose de personajes y palabras aquí y allá. Toda historia posee su época, sus nombres, sus personajes, sus antecedentes, con sus ideas y sus pensamientos, su evolución, los cuales pueden intentar rescatar una atmósfera concreta con mayor o menor maestría. Cada cual piensa en lo suyo, pero luego se le va añadiendo detalle tras detalle hasta que al final hace germinar, de un pensamiento, un cosmos semejante al del Génesis bíblico, en el que una cosa nace tras otra, y todo depende de todo pero que sólo lo vamos viendo poco a poco, según el autor lo escribe. La idea de Umberto Eco, que dio lugar al cosmos de El nombre de la rosa, era de lo más liviana: él tenía ganas de matar a un monje, ¡y vaya si lo mató!

La obra debía llamarse La abadía del crimen, pero era un título demasiado tópico y evidente, donde las palabras claramente casi casi desvelan lo que la novela cuenta. Pero El nombre de la rosa, que no nos trae ninguna imagen a la mente ni nos sugiere ningún secreto –o muchos-, posee un significado abierto. Nace de la misma desorientación que genera. ¡Al diablo aquello de una rosa es una rosa es una rosa es una rosa! Umberto Eco, que tampoco cree en la inspiración fantasiosa ni en los cuentos, construyó un mundo de nombres y significados fruto de una exhaustiva documentación y un ánimo inquebrantable de contar, al modo en que se ven las cosas, la manera en que deben contarse, hasta que las palabras cobren una forma semejante a la realidad, casi palpable, que asoma en nuestra mente.

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