Los perros de Mataró

Cuenta la prensa que un hombre y una mujer, acaso mendigos, murieron hace pocos días en unos huertos de Mataró atacados por una veintena de perros. Un vecino, que descubrió los cadáveres, dio parte a la policía de aquella muerte violenta y de los fieros perros que, cual insensatos asesinos, pululaban todavía entorno a la escena del crimen. No sabemos todavía, porque ahí estriba el meollo de la noticia, de dónde pudieron salir tantos perros y cómo se inició la lucha, aunque es de suponer que cuando tantos chuchos andan sueltos y juntos, cual agentes malditos de la fatalidad, muy arduo resulta que no se muestren agresivos.

Tampoco sabemos, todavía, quiénes eran aquellos dos anónimos e infaustos indigentes, de los que la autopsia confirmó la muerte por mordedura perruna. Dicen que un hombre y una mujer, de 55 años ella y 60 él, que dormitaban en unos huertos y barracas del barrio La Llàntia de Mataró. Algún vecino dice que los vagabundos tenían también sus perros, y aquel lugar había llegado a convertirse en una especie de comuna de caninos. Cuando los funcionarios de la perrera municipal capturaron a los perros que por allí iban apareciendo, dijeron que se mostraban agresivos hacia las personas. Cometido el crimen, todos en masa o cada uno inspirado por múltiples razones, es probable que cada cual huyera por su cuenta, pero que perdidos por aquel páramo algunos hubiesen preferido quedarse, a modo de conquista, rondando el territorio de los dos supuestos vagabundos.

Otras historias de perros y muertes existen, como aquella de Cipión y Berganza, del Hospital de la Resurrección, en Valladolid para más señas. Aquellos eran racionales y leídos y habían tenido una vida de perro que, por algún extraño fenómeno que pocas veces se repite, pudieron contarse el uno al otro con la voz de Cervantes para que todos supiésemos de ello. Otra es El sabueso de los Baskerville, de Doyle, fantasmagórica historia en la que un perro de leyenda aúlla en el condado de Devon, Inglaterra. Aquel, más que miembro de una jauría asesina, era un monstruo o un demonio que deambulaba desde el siglo XVII por la tumba de Squire Richard Cabell y se manifestaba como emisario de una maldición familiar, que Holmes trata de esclarecer. Otro perro famoso es el del gran Lope, o los de La Ciudad y los perros, del insigne Vargas Llosa, pero ninguno de estos eran los animales de los que aquí hablamos; eran otros perros. Historias de perros curiosos o terribles también vienen de Estados Unidos: algo nos cuenta Jack London en Colmillo Blanco, La llamada de la selva y Bâtard; y Stephen King, en Cujo, con su San Bernardo terrorífico. Y tantos otros, cuyos ladridos ahora no me vienen a la mente o que todavía no he escuchado.

De los perros, que nos han dejado buena memoria en la literatura como en el cine, se dice que son el mejor amigo del hombre. Ahí tienen a aquel otro San Bernardo llamado Beethoven, que tenía nombre de compositor y le acompañaba la 5.ª sinfonía a sus muchos desperfectos, pero que acaba solucionándolo todo y haciéndose el protagonista de la feliz familia norteamericana. O al Milú inseparable de Tintín, o al noble y adorable Lassie, otro gran héroe de los estudios de Hollywood, como los 101 dálmatas perseguidos por Cruela de Vil. Ahí tenemos, en la literatura homérica, a Argos, el perro de Ulises, que pese a la larga ausencia de su dueño lo reconoció y salió a recibirle con alegría a pesar de que llevaba hábitos de mendigo. Tenemos también los perros de Esopo, protagonistas de algunas de sus más conocidas fábulas. ¿Y quién puede olvidarse de Orfeo, a quien Unamuno inmortalizó en el epílogo de su portentosa Niebla? Era curioso también aquel perro traidor del malvado Bill Sikes, del Oliver Twist. En fin, hay muchos perros.

Más que los perros en sí -¿qué diablos es el perro en sí?-, y sus distintas razas y variantes, tanto biológicas como literarias, lo singular de este suceso que el genial Hitchcock habría considerado un misterio es la manera de atacar de los perros de Mataró; quizás sólo fueron los más fieros, y los otros, cómplices, sólo miraban y ladraban alrededor del sacrificio humano que allí se celebraba. Acaso empezaron acercándose despacio, aullando a lo lejos, luego enseñando los dientes, creando al fin un clima fatal. Los vagabundos, acostumbrados al ruido de los canes, como a tantos otros sucesos que sólo pasan en lugares oscuros, acaso no imaginaban tal desenlace, ni les importaba que fueran galgos o podencos. O tal vez sí. Perros fieros que se sentían amenazados, o que se lanzan a morder porque se han trastornado; perros ofendidos, en autónoma y anárquica cacería, atacan a veces al hombre sin aparente causa. Como Los Pájaros. Pero no sabemos, todavía, cómo pasó.

Hay perros feroces y sosegados, según se crían, y a veces, según nacen. Hay hombres que saben tratarlos y otros a los que no les gustan; algunos, que primero los odiaban, acabaron amándolos, y viceversa. Pastores, bóxer y dóberman unas veces hacen de policías, otras sirven de seguridad privada en casas rurales; los galgos corredores y delgados podencos, como los fox terrier ingleses, son para la caza; los caniches, sofisticados y relamidos aristócratas; chihuahuas y pequenises, compañeros de cama de las femme fatale; Yorkshire Terrier, adorables perritos de compañía y para sacar a pasear. Los San Bernardo y Terranova, de socorro al desvalido en la nieve o el agua. Y como éstas muchas otras especies posee la gran familia perruna, que se han mezclado y remezclado tantas veces que no nos es posible reseñar, siquiera sucintamente, en este apresurado artículo.

Pero hay una cosa que a todos nos asombra de los perros; viven al lado del hombre, le acompañan y protegen en sus andanzas, hacen que les acariciemos y juguemos con ellos; los pobres observan, inmóviles, con ojitos de hambre y pena, cuando la familia está sentada a la mesa. A veces dulces y delicados, nos han hecho pasar ratos divertidos, les hemos visto corretear por la casa y subírsenos a las piernas cada vez que girábamos el picaporte, entre alegres ladridos. Pero debido a los asesinos de Mataró, que mutilaron a un hombre y una mujer indocumentados, recordamos que la vida puede concluir, también con perros, en una vagabunda escaramuza por un quítame allá esas pajas. Sabemos, sin embargo; hay perros y perros. Igual que hay hombres civilizados y otros que no lo son tanto, o dejaron de serlo, o que nunca llegaron a serlo. Pero a veces, cuando menos se sospecha, hasta el mejor amigo del hombre puede convertirse, en determinadas circunstancias, en su peor enemigo; a su manera, en un verdugo. ¿Tú también, Bruto? El perro, a veces, es un lobo para el hombre.
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3 comentarios

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Anónimo
admin
22:43 ×

No confiaría mi vida a un hombre, pero sí a un perro. Ellos nunca nos abandonan. No se puede decir lo mismo del hombre respecto de los animales.

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Samuel
admin
12:27 ×

Yo creo que no todos los hombres (ni las mujeres) somos iguales. Ni todos los perros tan fieles. Es lo que trato de reflejar en el texto. Sí es verdad que hay porcentajes. Y que la libertad del ser humano lo vuelve todo más incierto. Guarde bien la vida, que vale mucho. Pero confíe en Dios y no tenga miedo.

Un saludo.

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capriyunliuz
admin
03:58 ×

una interesante noticia...puede que algo alli disparara aquel comportamiento, pues concuerdo en algo que dice el anonimo no confiaria mi vida a un hombre pero si a un perro pero tan bien creo que dios dice ayudate que yo te ayudare, los perros son fieles con quienes han sido fieles con ellos, pero bueno la gente tiene ya tanta influencia en estos pobres animales que puede que nosotros mismos les hayamos ensenado a llegar a ese punto de violencia...interesant post hasta la proxima..:D

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