El cine según Hitchcock, de François Truffaut

Ando envuelto, desde que descubrí el rostro de Hitchcock en la portada de un libro, en las páginas de una obra que me ha hecho embarcarme de nuevo en el cine de suspense. Son las conversaciones de François Truffaut con el cineasta inglés, reflejadas en El cine según Hitchcock, una de esos libros dialogados en que se descubre los pormenores curiosos de una personalidad. Hitchcock lo era, humorística a ratos, quisquillosa casi siempre, emotiva en raros momentos y esclavo irredento de un perfeccionismo que le ha inmortalizado como cineasta excepcional. En este libro habla de sus películas, desde sus comienzos en el cine mudo a su máxima consagración en los años de la modernidad. Truffaut, un francés lo suficiente entusiasta como para entrevistarle, nos los descubre entrometiéndose, en los detalles más desapercibidos de sus películas, como si repasara el contorno de una obra pictórica que él no ha pintado, pero que admira mucho.

Es inevitable, desde las primeras páginas, ponerse a ver las películas de las que se habla, pues sólo así es posible recordar algunos de los fragmentos que nos pinta. Aunque Hitchcock es cinematográfico incluso cuando habla, no le vemos tan bien como en sus películas, en las que suele hacer su aparición interpretando algún peregrino extra en algún plano aparentemente superfluo. En sus filmes casi todo, hasta el más minúsculo detalle -quizás más el detalle que el todo- desempeña una función que dota de naturalidad a la escena. Lo de menos, para Hitchcock, es el guión, y se recrea en un cine en el que la cámara a veces habla más que los personajes y la técnica prevalece en todo momento sobre el espectáculo.

No recibió Hitchcock muy buenas críticas, tuvo señalados y sonoros fracasos, tanto en su etapa inglesa como americana, y llama a todos la atención que nunca llegó a recibir un Nobel. Sus películas conforman lo mejor del cine de suspense americano y consiguió explotar lo mejor de actores como Ingrid Bergman, James Stewart, Grace Kelly o Cary Grant. Destacan, entre algunos clásicos preferidos, Encadenados, Vértigo o La ventana indiscreta. Además de sus obras maestras, a caballo entre el suspense y el terror, entre lo psicológico y lo policíaco, como Psicosis o Los pájaros, que casi todo el mundo ha visto, tenemos sus obras de los años 30 y 40, sus pequeños films británicos que muchas veces se pasan por alto, como 39 escalones o Alarma en el expreso, que nos muestran al verdadero Hitchcock, sin embargo, en tramas aparentemente convencionales y en las que se manejan algunos de los tópicos de Hitchcock: personajes a los que alguien persigue y que saben algo que nadie se cree.


Su magia reside, al margen de una obsesiva preocupación por la técnica, en el manejo del espectador a gusto propio, haciéndole participar en sus historias, revelándole por anticipado elementos del argumento que los personajes desconocen, incomodándonos en el asiento. Hitchcock rechaza a los que lo tachan de realista y verosímil, si bien el resultado final sean filmes muy logrados, pero porque vincula el realismo cinematográfico con una mala adaptación de la realidad. Hitchcock quiere, en efecto, contar una historia, y para que una historia tenga éxito, amén de no ser en extremo fantástica, debe atrapar el espectador de principio a fin. Una película es, salvo La soga, pura obra de montaje. Cada escena debe ser una obra en sí misma, con su principio y su final; la composición es sencilla pero, al mismo tiempo, minuciosa; y los movimientos de cámara, lejos de su función convencional, son atrevidos y casi humanos, a veces psicológicos, pero ante todo profundamente narrativos. El ritmo y el manejo del tiempo no han de ser de una novela corriente o una obra de teatro, sino los específicos de una historia de cine, en la que la sorpresa debe ceder al suspense.

Truffaut empezó a grabar estas conversaciones en 1962, mientras rodaba la película Los pájaros, y posteriormente actualizó el libro con sus películas posteriores como La cortina rasgada, Topaz, Frenesí y Family Plot. La obra no nos revela todas las incógnitas que nos surgen a raíz de algunas de sus películas, ni es un análisis exhaustivo de cada una de ellas ni de escenas asombrosas. Con frecuencia, se nos quedan ganas de apuntarle al señor Truffaut algunas preguntas; lamentablemente el libro continúa y el cineasta no puede oírnos. Sus películas quedan ahí, sin embargo, y al verlas de nuevo reparamos en tomas de ingeniería que ni nos imaginábamos cómo se habían rodado. Ahora que Hitchcock ya no puede engañarnos, lo divertido es seguir la mirada de la cámara. Hoy no es fácil ver películas a través de ojos hitchcockianos.
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