Insultos literarios

Un buen insulto dicho con tino y gracia a veces pasa a la posteridad cuando aparece en boca de un gran hombre de letras. Cuando ese insulto engendra otro y se alimentan unos de otros y se multiplican, acaba al fin por inmortalizar a su autor, que llega a ser uno de esos personajes sin pelos en la lengua que dice en público lo que los obreros dicen en sus campechanas discusiones de taberna. Así don Arturo Pérez Reverte, que llamó «perfecto mierda» a Miguel Ángel Moratinos hace algunas semanas y se quedó tan ancho, adoptó una vez más el desparpajo de la soldadesca española para referirse a un político llorón que asiste a comidas diplomáticas y se codea con dictadorzuelos cabroncetes mientras el pueblo llano sufre las consecuencias.

Pero eso que queda tan bonito en un twitter cualquiera y separa tanto de la masa a un hombre elevado no sólo es cosa de cabreados corresponsales de guerra. Hubo otros que, como él, se despacharon a gusto con sus semejantes largándole un ingenioso desaire que les hiciera despertar a su patente insignificancia. A veces no importaba la palabra que usasen, sólo el timbre, la entonación exaltada, el deje regional o la terminación esquiva. Un agravio o un vocablo malsonante, que es cosa moralmente reprochable, ha sido un divertimento español de toda la vida, pues llevamos a las espaldas una larga tradición plebeya que nuestros conceptistas modernos no pueden traicionar. Un insulto conduce a otro insulto, un juramento a una blasfemia, y quien los utiliza ya no puede evitar utilizarlos, acaba metiéndolos hasta en la sopa, a veces haciéndose un lío con ellos mismos, hasta que pierden todo significado para el resto de los mortales. Acaban convirtiéndose, por lo pronto, en la melodía que acompaña al triste transcurso de la vida de un sufridor. Pero ese sufridor, cuando pasa ante el público por escritor del pueblo, no puede evitar indignarse con estilo y mandar al diablo a uno, cagarse en el otro, definir la estultiticia de éste o mentar el oficio de la madre de aquél, mandando siempre huevos a todas partes y resignándose a joderse. Lejos quedan, entre las palabrotas genéricas, aquellos caracoles, retruécanos, carambas, coñes y puñetas que servían para reprimir los más bajos instintos de los hombres, que además de no ser más que eufemismos poco literarios, son cosa de niños que ya no pueden ser sino sarcásticas alusiones a la ñoñería.

Entre los insultadores españoles, don Francisco de Quevedo y Villegas fue el más grande, el de más salero, el de más saña; en él la pluma, la lengua y la espada parecían un mismo instrumento con el cual humillaba a sus contrarios, ya fuera en verso o en prosa. Su enemigo por antonomasia, fray Luis de Góngora: cíclope del microcosmo, resquicio barbado de melenas, perro de los ingenios, bufón a lo divino y hombre a una nariz pegado. Otro cuya lengua a veces andaba muy suelta era don Camilo José Cela, quien explicaba desde su escaño, al quedarse dormido, aquello de que no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, igual que estar jodido no es estar jodiendo. También Umbral, maestro de columnistas –a quien Reverte llamó «cobarde» y «muelle flojo»–, dijo alguna que otra inconveniencia, llamando «puta cubana» a la mujer de Blas de Otero, «vieja bruja de Valladolid» a la feminista Rosa Chacel y una «lesbiana sin decirlo» a Gloria Fuertes. A algunos se les subió la fama muy arriba, como al gran cascarrabias don Fernando Fernán Gómez, que no soportaba un autógrafo a destiempo. «Si usted cree que tengo mal carácter, está en lo cierto. ¡Lo tengo! ¡Y muchísimo! ¡Y mala educación, sí señor!», decía el bueno de Don Mendo, que no se andaba con medias tintas ni se mordía la lengua. Y con la mano izquierda, levantada en señal de enojo, mandó, sí, «a la mierda» -«¡a la mierda!»- a aquel hasta entonces rendido y estupefacto admirador. Y, como ellos, hubo otros artistas que dijeron palabras muy sonoras y muy feas que pasaron a la historia del insulto y que, aun cuando zaherían a sus compatriotas, a muchos les disgustó y a otros les pareció que tenían gracia, si cabe más gracia que cuando hablaban en serio, y a medida que se volvían tercos y viperinos más respeto despertaban entre una multitud que rinde culto a la valentía.

Muchos hoy ganan jugosos sueldos a costa de sus espontáneos insultos, y lo peor es que son insultos chocarreros y comunes, que se entremezclan cada dos o tres palabras, ya no con estilo, sino por ordinaria ignorancia. Y la gente repite esos insultos que no tienen gracia, y el ambiente se envenena de un odio vulgar, visceral, deforme, que parece encargado de fábrica y sin pizca de individualidad. Un mismo insulto suena de forma diferente en boca de quién lo pronuncie; una voz malvada lo convertirá en un villano de manual; una jocosa, en bufón televisivo; una literaria, en el más elocuente hombre libre de nuestra época, si lo hace bien, y sobre todo, como si hablara consigo mismo, pero enterándose el otro. Un insulto, lujoso o gratuito, amistoso o sarcástico, dirigido contra un hombre público, es al cabo una opinión heterodoxa. Sin ese «perfecto mierda» tan atroz y primario, Pérez Reverte no sería Pérez Reverte, y si nos ponemos quisquillosos, no tendríamos España, ni Francisco de Quevedo, ni capitán Alatriste, ni más historias. Lloraríamos todos de puro aburrimiento.
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