Noche y viento

Salgo a la calle y me recibe una ráfaga de viento. No sé muy bien si sentarme sobre sus pliegos de alfombra mágica y dejarme arrastrar por los aires hasta detenerme en algún destino incierto, o si acaso, al modo de los autobuses de línea, llevarán un botoncito rojo que me permita apearme en algún punto estratégico del recorrido. Parece que haya un caballo gigante resoplando a las afueras de la urbe, un hombre viejo y cascarrabias que no fuera capaz de calmarse. Desde detrás de mi abrigo, parece irracional y fiero, arrebatando gorras, estirando de las bufandas hasta estrangular a sus portadores, rasgando sin pudor las chaquetas de los transeúntes que andan tan desprevenidos y campantes, mudando caprichoso de dirección cuando menos te lo esperas y volviéndonos a todos locos con su gemido fantasmal. He visto pedazos de toldo y macetas que se caían, folletines publicitarios moviéndose aquí y allá, pequeñas polvaredas que se levantaban como por obra de algún extraño sortilegio pero que, a fuerza de mucho encoger los ojos y apretar los labios, acababa atravesando cabizbajo y triste. Cuando salía de una, yo, pobre, entraba en otra, en mi paseo heroico.

Unas veces escuchaba de lejos su bufido, como si rondara las calles aledañas y me lo fuese a encontrar tras la esquina, arrancándome de cuajo la cara. Otras presentía su aliento frío, cercano, tras mi cuello, y sentía ese cosquilleo parecido al de los niños que temen encontrarse de pronto, en la penumbra, con algún monstruo feo y malo. Parece que me hable, como si en su sonido arrastrara el clamor de miles de almas en pena y pretendiese adornar, en esta ciudad, los edificios viejos cubiertos del manto de la noche. Debe de tener sus años. Lleva soplando todos los otoños, viene siempre por estas fechas cual insensible recaudador de impuestos a expropiar a los paupérrimos árboles de sus hojas y chuparles la savia. Es un viento maldito, gélido, que oprime a todos los que encuentra, penetrando sigiloso en nuestros huesos, endureciendo nuestras orejas y helándonos poco a poco las manos y las mejillas.

Cuando pasas por una callejuela, y te topas con un desconocido peatón, te fijas en su vestimenta oscura y gris, sus zapatos gruesos y esa cara fría de carne en la que sólo brillan un par de ojos congelados, que parece que todavía observen lo de hace unas horas y que apenas hayan tenido tiempo de reaccionar. Hace frío, aquí dentro, en este abrigo, en el que llevo guardados los brazos, el corazón, las entrañas un poco sueltas y no sé si algo más. A aquel hombre le sobrasele un perrito asustado del pecho. Aquella mujer parece que llevara una serpiente pitón por pañuelo. Todas las bocas que pasan parecen chimeneas echando humo. He visto algunos labios que, incluso, tartamudeaban algunas palabras en las esquinas. Y la luna de nieve sigue observándonos desde allá arriba enamorada, amenazando con precipitarse sobre nosotros y aplastarnos, aunque sólo de mentirijillas.

Está bueno el día. Y en las esquinas a veces hay vendedores ambulantes de castañas. Y los hombres que tocan el acordeón también van abrigados hasta los dientes. Hay tiendas incluso en las que ya empiezan a verse algunos abetos de cuento, lucecillas nerviosas que se encienden y se apagan, inermes maniquíes vestidos de piel de invierno y chaquetas de cuero; ya se aprecia el fulgor cálido de esas puertas giratorias que engullen a los paseantes. Hay muchos niños por la calle señalando sueños imaginarios, persiguiendo juguetes en los centros comerciales, mirando de reojo la cara que les pone su mamá. Parece que esté todo fuera de sitio y que, de un momento a otro, cuando los almacenes se cierren y todo quede a oscuras, los juguetes fueran a cobrar vida como en Toy Story, salir de sus cajas, pasear por los pasillos e inventarse disparatadas aventuras. Las luces están encendidas; aquí dentro hace mucho ruido. Cuando salimos, el viento totalitario parece haberse hecho añicos, repartiéndose entre los miles de cuerpos tibios que transitan todavía las avenidas. La gente parece movida por una pequeña caldera que llevara en el alma. Es como si, en las sombras, se hubieran vuelto jóvenes, y los edificios oscuros y malhumorados de pronto hubiesen empezado a partirse de risa, y los transeúntes, estupefactos, no sabiendo qué hacer, hubiesen estallado en un improvisado aplauso acompañado de una carcajada.

Ando ya, de vuelta a casa, siguiendo la estela del céfiro. ¡Atchís!, oigo a mi derecha. ¡Atchís!, a mi izquierda. Y como si me hubiese sentido en la obligación de corresponderles, pareciéndome maleducado ser el único que no lo hace, corroboro sus afirmaciones con rotundidad. ¡Atchís! ¡Atchís! ¡Atchís! Todos contentos, nuestras narices rojas, nuestras gargantas estragadas y un frío de no te menees en los huesos y en los pies, nos miramos con ganas de abrazarnos en nuestro unánime y universal catarro. Esto, como las risas y las lágrimas, es contagioso hasta la náusea, y al darnos cuenta de esta liviana coincidencia, nos vamos cada uno por nuestro lado, lo más lejos posible los unos de los otros, por esos mundos de Dios estornudando. Llevados por vientos distintos, en ocasiones hostiles, a menudo volvemos a encontrarnos y empezamos a disparar, tratando de agarrar los virus con las manos, como si cazáramos moscas invisibles, hasta que al fin despertamos en la cama. Los aires de las callejuelas maúllan a veces como felinos en celo.
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