Un sueño navideño

Es nochebuena. Una de la madrugada. Está todo en calma. Sólo los relojes hablan. Bajemos a los sótanos oscuros donde el hombre reformula sus pensamientos de forma surrealista. Están ocurriendo cosas terribles allá abajo. Oigo ruidos. Como de mil hombres fundiendo figuritas de oro y plata. Monigotes raros y peludos que hablan en lengua desconocida. Ahí está todo vuelto del revés. Se dijera que las palabras salieran de mi boca, no a modo de ondas sonoras, sino cual fichas sólidas de un scrabble multidimensional. Puedo atravesar las paredes y dibujar líneas imaginarias que de pronto se vuelven puertas y escaleras. Oigo mi voz profunda, un eco largo y distendido que se escapa, como si viniese de la habitación de al lado. Al instante se pierde. Y oigo otras voces, todas conocidas, que escuché hace mucho tiempo, de personajes de cera que me susurran desde no sé qué onírico limbo.

Asomo las narices por la rendija de la puerta. Cuando mi fantasma pasa, los hoscos escultores dejan un momento de moldear sus muñecos de oro. Ese hombre de nariz prominente y mofletes picudos está mirándome. Indaga en mis pensamientos. Mis ojos parecen dos gotas de pintura inmóvil. Me entran ganas de desviar la mirada, pero sin que se dé cuenta. Los hombres, en la covacha de madera, trabajan a destajo. Se prestan unos a otros herramientas, se hacen consultas, golpean con el machete. Casi no puedo entenderles. Persigo esas viejas estatuillas que pasan de mano en mano en las que todos trabajan. Unas son bustos de hombres ilustres; otras, imágenes de dioses homéricos; tienen seres mitológicos terribles, como centauros, unicornios y sirenas; han fabricado ya varios cuervos diabólicos y algún que otro monstruo irreconocible. Cuando el tallador ha terminado de darle su forma, los va colocando en hilera sobre una estantería. Parece que las estatuas fueran todas a cobrar vida.

Llego a una puerta que no es puerta. Aplico el oído porque oigo voces. Cuando la abro, no encuentro nada. Hay unos pasillos grises con retratos de mirada misteriosa en las paredes, que acaban en otra puerta por cuyas rendijas brota una luz incandescente. Muy cerca, la caldera en la que navegan barcos pirata, se hunden heroicos trenes de juguete y arden algunos libros de cubierta carbonizada. De allá abajo, en la bañera de fuego, suben humaredas de voces, y toda clase de pequeños muñecos, que representan vagos pensamientos de la vida, gritan todos a la vez. El estruendo infernal me oprime. Parece que haya alguien en las profundidades de la caldera, pugnando por salir, y que de cuando en cuando emergiera una pierna dorada por aquí, un brazo descarnado por allá, y la garganta, ahogándose en el oro fundido, bramara horrores indecibles.

Preso de una profunda angustia, siento ganas de elevarme. No hay más que levantar los brazos, y el techo se abre automáticamente para que yo pueda salir. Me quedo flotando, en el aire, en un cielo nocturno en el que sopla una ligera brisa. Se me cierran un poco los ojos, recostado sobre los pliegos del viento, mientras veo las lucecitas de la ciudad abajo cada vez más pequeñas. La ciudad parece que duerme. Cuando ya estaba muy alto, con el dedo meñique de la mano, en un instante de infantil travesura, he chafado con cierto gusto, pero sin querer, una ciudad española. Alicante, creo. Al bajar la vista, sin embargo, aún seguía ahí, sin inmutarse, el castillo de Santa Bárbara y sus interminables barrios y aledaños.
Y durante el sueño, sin embargo, muchos otros escenarios y voces. Como si un cineasta borracho hubiese cogido fragmentos de infinitas películas y hubiese empezado a montarlos sin ton ni son, haciendo hablar voces en off que en realidad son diálogos cumbre de otra película y que los personajes de ésta, sentados el uno frente al otro en silencio en un salón de lectura, se hubiesen quedado escuchando asombrados. Ese que habla, Paul, es Cary Grant. ¿Lo recuerda usted? A veces pienso que estaríamos todos mejor en Happy Day. ¿Qué dice? No creo en los impuestos. ¿Eh? ¡Usted mató a Emily French! ¿Cómo? ¡Eso no se lo consiento ni a mi padre! ¿Perdón? A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre. ¿Le importaría repetirme eso? Sayonara, baby. Y así un carrusel insensato de ocurrencias, una espiral donde poco a poco vamos sumergiéndonos en el absurdo de los absurdos. De pronto no somos nosotros, se han visto otras imágenes, con nuestras voces, y nos preguntamos qué diablos ha sido eso. Y cuando todo es demasiado extraño, lanzamos, cual filósofos encadenados, una pregunta al vacío. Esto no puede ser cierto, decimos. Y, a diferencia de lo que pasa en la vida real, salimos del sueño tan pronto como nos hemos dado cuenta de que estamos en él.

Cuando, paulatinamente, consigo abrir los ojos, tengo la mente hecha unos zorros: los pensamientos enrededados, trato de responder a una pregunta que no me he hecho, y respondo con absurdos que nada tienen que ver, pero que quizás en algún momento de mi sueño resultaban ser coherentes. Recupero plenamente mis facultades mentales, acabo confesándolo todo. Debo de ser realmente un imbécil. Sólo unas pocas veces he pensado así incluso cuando estoy despierto. Mientras me preparo el desayuno, en esa actitud estática del que acaba de tener un sueño, me acuerdo de una cosa y corro al balcón. Descubro un sudoroso anciano vestido de rojo que intenta, todavía, descender. ¿Le ayudo, señor? Y cuando él, sofocado, me sonríe, saco un lapicero del bolsillo y dibujo una escalera de cartón-piedra que, sorprendentemente, le sirve para bajar a la calle como un señor. Se ha montado en el trineo, y al pobre se le van saliendo los regalos del saco, mientras me saluda con la mano. ¿Por dónde íbamos? Estaba desayunando, creo. Hoy, lector, he dormido como un tronco...
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