Catedral del revés: homenaje a Raymond Carver

La muerte de Beulah había supuesto un duro varapalo para mí. Durante ocho años de matrimonio, me había acompañado en los más espinosos instantes como en los más felices. Ni una sola vez me levantó la voz, cosa que es mucho decir en estos tiempos. Durante años pude contemplar el mundo a través de sus ojos, caminar guiado por sus delicadas manos y aprender el significado de los objetos que se levantaban a mi alrededor. Ahora mi vida se tornaba de nuevo solitaria y aburrida.

Después de acarrear los gastos del sepelio, comprendí que debía marcharme. Así que tomé el avión para visitar a mis suegros en Conneticut, que también atravesaban horas bajas. Pensé que juntos habríamos podido sobrellevar la pena y me habrían ayudado en las tareas cotidianas. Lamentablemente su vida era aún más rutinaria que la mía y siempre creía oír la voz de Beulah u oler la fragancia de su perfume que envolvía mi nueva habitación. Sentado en el sillón, un día recordé a Margaret, con la que pasé tan hermosos días en Seattle. La contraté durante un verano, hace diez años, con la esperanza de que, mientras me ayudaba en el trabajo, pudiésemos llegar a ser algo más que amigos. Desgraciadamente estaba comprometida con un militar, pero en el transcurso de aquellos meses yo diría que forjamos una imperecedera amistad. Tan cierto que, aun después de casarme con Beulah, mantuvimos el contacto por vía postal; yo le contaba mi vida a través de cintas magnetofónicas y ella me respondía. Me contó que había roto con el militar y se había casado con otro hombre, a quien tenía muchas ganas de presentarme.

Como mi amiga aún desconocía la terrible noticia, decidí que aquella era una buena ocasión para que volviéramos a vernos. La llamé por teléfono y le conté lo sucedido. Ella lo sintió mucho y me invitó a pasar unos días en su casa. Aunque hacía cuarenta años que no hacía un viaje en tren, era la hora de atreverse. Me despedí de mis suegros y les dije que estaría de vuelta en un par de días. El trayecto en el tren resultó agotador. No me sentí tranquilo hasta que reconocí la voz de Margaret en medio de la barahúnda. Con pasos lentos pero firmes eché a caminar hasta que me cogió del brazo una mano fina y alargada. Margaret me saludó efusivamente y me arrebató la maleta, la puso en el coche y empezó a hablarme maternal de los peligros de Nueva York. Conducido por su mano hasta el automóvil, recordamos viejos tiempos y comentamos toda clase de anécdotas que nos habían sucedido estos años. Margaret seguía siendo una mujer alegre, pero noté que se hallaba extremadamente preocupada por mí. Tal vez le horrorizase mi aspecto descuidado, pues no me había vuelto a afeitar desde que Beulah se había ido.

Cuando llegamos a su casa, Margaret seguía agarrada a mi brazo. Escuché los pasos de alguien que se acercaba por el porche. Era su marido. Margaret se apresuró a presentármelo. Se llamaba Harry. Enseguida advertí su incomodidad por mi presencia allí. Para intentar que mi estancia fuese lo menos molesta, le dije, como para romper el hielo, que tenía la impresión de que ya lo conocía. Él me respondió algo similar, pero intuí en el tono de sus palabras que no me hablaba sinceramente.

Después de esta precipitada presentación, Margaret me condujo hasta el salón. Como en los viejos tiempos, no dejó de indicarme los muebles que iba a encontrarme a cada paso. A mi derecha, había una mesa redonda con varias sillas alrededor. Al otro lado, la mesa con el televisor. Delante de mí estaba el sofá. Margaret me forzó a sentarme. Harry se sentó frente a mí y me preguntó si había tenido buen viaje y en qué lado del tren me había sentado.

La pregunta me sorprendió. Margaret criticó la impertinencia de su marido. «En el lado derecho», intermedié, y divagué acerca del tiempo que hacía que no tomaba un tren. Dije que la gente me notaba las canas en la barba y Margaret se entristeció. No pude menos que interpelarla con voz llorosa: «¿Tengo un aspecto distinguido, querida mía?». Yo sabía que estaba de más allí y la respuesta de Margaret fue, como suponía, una mentira piadosa que no podía creer. Me cercioré de que la maleta seguía a mi lado, pero Margaret entendió que quería que la subiese. Le dije que no se preocupase. Empezaba a arrepentirme de ser objeto de tantos cuidados.

Durante aquella ridícula conversación, al fin a Harry se le ocurrió una idea inteligente: me invitó a tomar un whisky. Le dije que lo quería escocés, sin mucha agua. Entonces debí de decir algo ingenioso, porque recuerdo que Margaret se echó a reír a carcajadas. Cuando Harry trajo las copas, bebimos con gusto nuestras bebidas y fumamos unos cigarrillos hasta que la cena estuvo a punto.

Después de rezar, palpé con el tenedor la comida que me habían servido. Eran un filete grueso, patatas al horno y un puñado de judías. Además Harry me había untado un par de panes con mantequilla y los había depositado junto a las judías. De postre hubo tarta de fresa. Comí vorazmente porque estaba hambriento. Cuando terminó la cena, fuimos a sentarnos al sofá. Hablé con Margaret durante un rato sobre mi trabajo. Como noté que Harry se aburría, comencé a preguntarle por su empleo y me dio respuestas lacónicas. No tardó esta conversación en terminar. Cuando Margaret se subió a ponerse la bata, Harry encendió el televisor y me quedé escuchando.

Durante la velada, Harry me dio a fumar un poco de mandanga. Nunca lo había hecho, pero no tuve inconveniente en probar. A Margaret no le gustó sorprenderme con el canuto entre los dedos. Al inhalarlo descubrí que no era tan fuerte como parecía, pero como era la primera vez me mantuve prudente y se lo pasé a Margaret, que pronto se quedó dormida. Cuando me quedé a solas con Harry, le expliqué que no habíamos tenido oportunidad de hablar, por lo que me quedé un rato más con él a ver la televisión.

Hacían un programa sobre catedrales y vanamente trataba de formarme la imagen de lo que decían. Harry tampoco parecía saber mucho sobre ellas, de modo que al fin se me ocurrió una idea: le pedí a Harry que me describiera una. A pesar de sus esfuerzos, no conseguí formar en mi mente su estructura. Dijo que eran muy altas, que a veces tenían demonios en la fachada y que eran de piedra. Por su forma de referirse a lo que se hacía en su interior, entendí que no era creyente. Me atreví a preguntarle al respecto y Harry me explicó que no creía en nada. Se disculpó por su ignorancia, pero entonces se me ocurrió una forma de ayudarle. Le pedí que trajera un papel y una pluma y le invité a que juntos dibujáramos una catedral. Harry fue a buscarlos y cuando volvió nos sentamos sobre la alfombra. Con la yema de mis dedos manoseé el papel hasta que me hice una idea de su rugosidad y extensión. Luego le dije que empezara a dibujar y puse mi mano sobre la suya. Fue entonces cuando pude vislumbrar la viva forma de una catedral, con sus ventanas arqueadas, sus arbotantes y sus puertas gigantescas. Me emocioné, conducido por aquella mano ágil que me guiaba hacia una realidad desconocida. Cuando Margaret se despertó, la catedral estaba ya casi terminada. Los dos habíamos hecho un milagro. Le pedí a Harry que cerrara los ojos y juntos hicimos los últimos retoques de aquella obra arquitectónica. Apreté sus dedos con fuerza hasta que la catedral estuvo terminada. Cuando Harry abrió los ojos, quedó sorprendido de lo que habían hecho nuestras manos.


Léase Catedral, del anodino autor estadounidense Raymond Carver (1939-1988).
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
13:19 ×

Me gusta mucho su sitio. Excelente contenido. Por favor siga publicando cotent tan profunda.

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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