Jorge VI el tartamudo: un discurso para la eternidad

No hay mayor desgracia para un rey que, aparte de no poder hacer lo que le dé la gana y cuya única misión consista en pronunciar discursos, encima no poderlos pronunciar. Supongo que ya sabe que estamos hablando de Jorge VI y El discurso del rey. Y sabrá bien, porque todo el mundo que se sienta ante la gran pantalla sabe de antemano lo que va a encontrarse. Lo morboso y apasionante es el cómo. La película, a pesar de divertida y particular, resulta no obstante un tanto mecánica y más escueta de lo que se esperaba. Pero no es un aburrimiento y hay tragedias que, a costa de lacrimógenos giros inesperados y tramas apasionantes, consiguen sacarnos de quicio por su falta de sencillez. Ésta, en cambio, es una terapia de dicción para tartamudos, sentimental, solemne y graciosa, que arranca sonrisas gracias a que sus flirteos con el drama no llegan demasiado lejos.

Jorge de Windsor resulta como una masculina My Fair Lady que, por alguna extraña razón, ha llegado a ser princesa antes de saber hablar. El hombre que debía enfrentarse a Hitler con el dardo de la palabra desde el trono de Inglaterra no era una florista de Covent Garden tratando pasar por persona respetable en una fiesta cortesano. Su problema no es la casticidad ni el garrulismo; aunque nacido en casa, lo suyo es la tartamudez. Nuestro Henry Higgins, por otra parte, es un Geoffrey Rush que sale casi interpretándose a sí mismo y que no resultaría tan gracioso sin ese aire de familiaridad y astucia profesoril que lo vuelven tan enigmático en su desapercibida consulta londinense. Nuestro coronel Pickering aquí es una mujer, una Helena Bonham Carter no muy real y poco británica, pero en su salsa. Y por fin Colin Firth, que quien le oyera en la vida real nadie diría que fuese capaz de interpretar a un príncipe tartamudo. Para eso, incluso, hay que saber, y lo que pierde en el doblaje lo gana con su figura entre insigne y acomplejada.

La película, ciertamente, no necesitaba del embrujo de la casa real británica, ni del momento histórico prebélico, ni de un orondo Churchill de labios apretados y ducho en comentarios astutos. Podía haber sido en la corte de Nabucodonosor o el Senado romano. Pero aunque la Historia siempre es oportuna para filmar sucedáneos de cine, hacía falta Inglaterra, la diplomática Inglaterra de entreguerras, las miserias del siglo XX, los discursos de Hitler y por supuesto la radio. Hacía falta ese clima de hipócrita cordialidad que representaban el común de los políticos y funcionarios que servían a Su Alteza Real; hacía falta, en definitiva, que todos aquellos hombres estuviesen en ese sitio, con aquellos mismos trajes, con aquellas mismas caras y el pobre príncipe allí, solo ante el micrófono, mostrándonos a todos que se puede hablar de las fatales circunstancias que atraviesa un país, escribir altísonos discursos y al cabo no tener ni idea de pronunciarlos de corrido y con entereza, demostración monstruosa de la esencia de un diplomático, indefenso, desprovisto de sus armas.

Paz, guerra, crisis, problemas, nada importa cuando el hombre que ha de contárnoslo, que ha de consolarlos con la fuerza de su espíritu, tartamudea. E Inglaterra, como él, tartamudeaba, y toda Europa tartamudeaba mientras el Führer arrollador profería sus posesas soflamas ante la masa total de sus nazis. Y había que hacerle callar, demostrarle de qué estaban hechas las entrañas inglesas, decir por una vez una cosa muy seria, ante el mundo o en la soledad de un despacho. El monarca tartamudo tenía que decirlo. Ineludible, El discurso del rey no es tanto un drama ni una película donde las sorpresas nos levanten del asiento y nos hagan abrir los ojos, sino el transcurso entretenido del aprendizaje humano y sus fracasos. Y la necesidad, casi filosófica, de que la nación sólo puede redimirse cuando alzan la voz los menos capaces. Aquí todos somos reyes y protagonistas y nos hallamos en la tesitura de pronunciar, hasta el final, un discurso, el discurso de un rey. Que al cabo, lector, es lo que menos importa.

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