El vagabundo de las estrellas: una novela del abismo

London escribió El vagabundo de las estrellas en 1915, tan sólo un año antes de su muerte. Más próximo del otro mundo que de los placeres terrenales en los que se había desarrollado su vida de escritor, encontramos amén de una narrativa fiera e implacable una preocupación particular por los misterios que, tal vez sin saberlo, le aguardaban. Agrio, desagradable, descortés, cruel, sarcástico, con su punto cínico y su elocuente desprecio, las palabras del presidiario Darrell Standing, que espera en el penal la fecha de su ejecución, fluyen como si fueran metralla y en todo momento se distingue, entre las líneas, esos ojos fríos que nos observan como si ya supiesen de algunos enigmas trascendentes y comprendiesen en un instante lo que estamos pensando.

La literatura de Jack London, que tradicionalmente se ha considerado sencilla y comercial, no nace del cuerpo, sino del espíritu. O mejor aún: nace de ambos, porque uno sólo es el reflejo del otro. Más allá de los episodios entrelazados por la pluma del London arrollador, que apura la trama hasta el fin con el único y legítimo objeto de vender más libros para llenar el estómago, El vagabundo de las estrellas contiene un mundo donde los cuerpos sólidos se convierten en meros trazados de la imaginación y la literatura acaba tornándose en metafísica. A pesar de lo mucho que tiene de best-seller, la complejidad de sus mundos responde a la razón por la que casi todos escribimos: queremos inventar.

Jack London era hijo de un astrólogo y una espiritista; había sido borracho y practicado el contrabando en Alaska, adonde le llevó la fiebre del oro; abrigaba ideas comunistas; como Kipling y Stevenson, viajó por lugares exóticos de los Mares del Sur y fue un aventurero incansable; y como los malditos, su vida fue tormentosa y trepidante; aunque escritor de éxito y dueño de un rancho en California, dicen que se suicidó a los cuarenta años; se sabe, no obstante, que sufría una enfermedad renal y que pudo fallecer de forma accidental por una sobredosis de morfina. Narra Borges, en Las muertes concéntricas, este fatídico fin de modo encomiable: “London (...) agotó hasta las heces la vida del cuerpo y la del espíritu. Ninguna le satisfizo del todo y buscó en la muerte el tétrico esplendor de la nada”.

En su novela, no obstante, el resentimiento que Darrell Standing respira contra todo lo que le rodea no es sino el alarde de la musculatura del alma, la expresión viva del artista que, en su ser interior, se sabe dueño de misterios que no conoce el resto de los mortales. Como otras de sus novelas, El vagabundo de las estrellas es también un viaje al interior del alma, y en la primera lectura ya es inevitable advertir algunos elementos autobiográficos de London, que no hace sino volcar sobre el libro de un modo creíble y realista. Porque Darrell Standing es Jack London. Y Jack London es Darrell Standing, y uno no hace sino del eco del otro, en una proclama despiadada contra el mundo y la condición humana.

Las peripecias de Darrell Standing, sin embargo, no dejan indiferentes al que sólo busca una historia de aventuras. Pero es literatura; gustará a los que indagan en los libros algo más que existencias apasionantes de seres imaginarios a los que la mano caprichosa de un autor ha dispuesto a su antojo; gustará a los que simplemente, como él, poseen un afán de supervivencia que les ha hecho afrontar, a sus ojos, esfuerzos indecibles y tratan de ser los más fuertes de la selva del mundo; gustará, en definitiva, a los que por necesidad o deseo, cada día o en los ratos importantes, han encontrado en la literatura un refugio a la mezquindad de lo externo. Jack London consigue, a la postre, estremecernos en su atmósfera oscura. El vagabundo de las estrellas es mucho más que una novela; son las últimas palabras de un hombre valiente.

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