El escritor en el tiempo

Escribir es la cosa más fácil del mundo. Créame. Lo difícil es decir algo que sea divertido. Casi todo ha sido ya tratado en la literatura. Se han derramado ríos de tinta sobre infinidad de cosas que nos afectan: el amor, el tiempo, la angustia, la tristeza. Casi todas las novelas nos traen historias y personajes de épocas ya muy vistas, y los escritores de las siguientes generaciones no han hecho sino deformar, manosear y rehacer lo que han conocido de sus ancestros. No hay nada más odioso que la prosa academicista en la que se vuelven a comentar los mismos libros y las mismas grandes cuestiones bajo un supuesto prisma novedoso, que las más de las veces no es sino mera excusa para regodearse en la temática. Sí, lector, se hace demasiado en las humanidades; llevamos demasiado tiempo escribiendo sobre cosas que ya se saben, y es una lástima, pensamos, que no hallamos llegado a tiempo de ser los primeros en escribir sobre ello: y entonces lo contamos, pero a nuestro estilo, haciéndolo nuestro. ¿Justifica un pequeño apunte, un nuevo punto de vista, la repetición de una magna obra? Cuando se hace a lo grande sí, pero por Dios, no lo hacemos porque sea a lo grande, sino porque es nuestro y porque los doctores tienen el gusto de ver que alguien ha entendido y madurado lo que ellos antes habían trabajado. Los más bonitos sentimientos, por singulares que a usted le parezcan, han amanecido ya en la frente de otro poeta. Amamos, además, durante toda la vida, a una sola mujer, que se materializa en lo concreto. La vida misma, que es sobre lo que todos escribimos, es susceptible de convertirse en un producto de interés humano, porque casi todo el mundo escribe de lo que ama y lo que está buscando, y todo el mundo ama y busca lo mismo. Sin embargo, lector, cada hombre es distinto... y el mundo que atravesamos es único, y no hay nadie que lo viva de la misma forma, e innumerables seres dotados de semejante capacidad de pensamiento acaban encontrándose, una y otra vez, en los mismos dilemas.

Yo escribo, lector, desde hace cinco, seis, o no sé cuántos años. Y perdone que le hable de mí mismo, porque, como diría Unamuno, “soy el hombre que tengo más a mano”. Lo siento, francamente, si no es del agrado de todo quisqui, pero al mismo tiempo que exploramos nuestro propio corazón intentamos explorar lo humano –no lo extraterrestre- y ofrecer un producto, por así decirlo, de uso común. El narcisismo de los poetas y artistas trágicos, demasiado elevados para compartir el mismo suelo con el resto de los mortales, ha dado mucho de qué hablar. Pero no hablaremos aquí de ello, ni de los que se suicidaron por amor, ni de otros tantos seres anónimos que no lo hicieron y demostraron más grande valentía. Sin embargo, sí que le hablaré de una cuestión entretenida. De cómo creo yo que funciona el mundo. Hombre, así, a bote pronto, no es asunto que pueda tratarse en unas líneas. Usted sabe que lo que voy a decirle no va a misa. ¿Y quién es usted?, me dirán. Pues hombre, nadie en particular. Uno de tantos seres que, por un tenebroso azar, se ha encontrado con la misma locura que usted, subido en las mismas zapatillas, introducido en el mismo traje, con un propósito concreto en la vida, con un concepto determinado del mundo, en fin, otro de tantos taciturnos pensadores de la incógnita humana. Estamos a oscuras, en la misma isla, en el mismo barco, así que a la fuerza somos de interés los unos para los otros. Incluso como enemigos, incluso como minúsculos elementos de una población de interés sociológico. Somos de interés científico, anatómico, y su vida, como la mía, es un misterio que, gracias a Dios, todavía no se nos ha revelado. Juzgue usted, señor científico; yo, como periodista y escritor, sólo le cuento. Sin introspecciones ni gaitas. Mirando. Apáñeselas. Nadie, lector, nos ha dicho punto por punto lo que iba a suceder, ni cómo teníamos que afrontarlo; nadie nos ha explicado nada. De ser así nuestra vida habría sido gratamente aburrida y habríamos pasado por este mundo como pedazos de roca que no tienen sangre ni sentimientos. No señor: nadie nos ha ido con el soplo de nada; todo es de improviso, y su experiencia se la gana a golpe de cachiporrazo, enfrentando desgracias inesperadas, desterrando ideas equivocadas, acumulando recuerdos, persistiendo e innovando para descubrir nuevos caminos. Adquiriendo, al fin, un conocimiento casi insospechado. Como si alguien, Dios, lo guiara.

La vida, bueno, le ofrece multitud de entretenimientos que le permitirán olvidarse de este pequeño galimatías. Es de una sencillez asombrosa, que hasta un niño (sobre todo un niño) la entendería. Se une usted a la ola de descerebrados ganapanes que pululan por nuestro mundo, asiente siempre a lo que se escribe y se dice por ahí y por allá, antepone lo animal al resto de las inquietudes humanas y deja no sólo sus pesquisas sobre la trascendencia, sino de escribir articulillos inútiles y jactanciosos, como éste, que no es ni un editorial, ni un cuento, ni sirve para ganar premios, ni para hacerse famoso y, en definitiva, que no aporta nada sensato el mundo y que si se hubiera escrito en papel ahora mismo estaría en la papelera junto a otras decadentes reflexiones escritas a máquina (¡qué tiempos aquellos!). Y sin embargo, créame que hay algo más cierto que lo sublime de las incógnitas humanas; la fuerza de nuestras acciones en el tiempo. Y la fidelidad del hombre a sí mismo, al Dios de sus batallas y a los pensamientos que aún sigue rumiando en su mente a la vista de millares de ojos. Amigo lector: nos aguardan tiempos procelosos.

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Ya pasado el período de exámenes y algunos otras inesperadas ocupaciones febreriles, retomamos esta tribuna como de costumbre.
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1 comentarios:

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Elizabeth
admin
18:34 ×

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