El alcalde de Zalamea: cuando el honor se acaba

Hace no mucho, lector, aprovechando un respiro que me concedieron mis inoportunas obligaciones, tuve el placer de asistir al Principal a ver una obra del genial Calderón. Después de La vida es sueño, y acaso El gran teatro del mundo, la mejor de todas. El alcalde de Zalamea es su nombre, que antes se llamó, no sin razón, El garrote más bien dado. Su temática, por lo grandiosa y enraizadamente española, es tan característica de nuestro dramaturgo como de nuestros antiguos: la salvaguardia del honor. A tal menester, encomendado al papel de don Pedro Crespo, acompañan momentos de tensión dramática que debieron de sacudir los corazones de los hombres en los corrales de comedias, como hoy, cientos de años después, todavía imponen frente a nuestros paupérrimos decorados pese a las torpezas de nuestros figurantes y declamadores. Los privilegios de los hidalgos y la sensatez de los villanos, así como el conflicto entre la jurisdicción civil y militar, son asuntos sobrepuestos en un escenario donde se celebra un gran juicio y donde el espectador, el hombre moderno, se hace partícipe de las angustias que atenazan a los personajes.

Como imparcial abogado, el que ha pagado su entrada escucha el monólogo de ambas partes: la primera parte, la del capitán, don Álvaro de Ataide, prendado de una labradora en el extremeño pueblo de Zalamea donde, camino de Portugal, la tropa del rey Felipe II descansa; también la de don Lope de Figueroa, hidalgo barbudo y cascarrabias, malediciente y lujurioso, que aquejado de gota dirige a los hombres del rey, y que es la misma representación del estamento noble, poseedor de unos privilegios que estima, en ocasiones, superiores a lo divino y lo humano, y que defiende, él también, por una cuestión de honor; y por la otra parte, el gran don Pedro Crespo, representado por un afinadísimo Joaquín Notario, que opone a los privilegios que respeta y hasta venera el derecho de los villanos, con su inmortal “Al rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios”. Una virtud que le enfrentará en un inmortal choque dialéctico con el aquejado don Lope, plasmado con felices destellos de maestría en algunas escenas en las que se aprecian las dos fuerzas de una época, respondiéndose la una a la otra y confundiéndose en mil diminutos detalles. Junto a estas dos fuerzas, no dejan de aparecer testimonios secundarios de testigos ordinarios, como el falso Don Mendo, una suerte de Don Quijote histriónico o hidalgo de nuevo cuño, o sino ese ramplón y graciosillo Rebolledo, y la Chispa, la mujer soldado, casi hombruna, que le acompaña. En un plano, sin duda superior, queda la figura de Juan, el hijo de Don Crespo, que refleja la imprudencia de la juventud y la precipitación en la búsqueda de un honor cuyo significado desconoce. Cada uno de los actores, colocado ad hoc para contextualizar la atmósfera de un asunto metafísico, emponzoñan nuestra sentencia si sólo los observamos como mera concesión a la galería. Es verdad que revolotean, cantando su flor de la jacarandaina y profiriendo sus ocurrencias , pero sin su dictamen aparentemente vacuo se nos escaparía la sensatez del discurso de Don Crespo.

Apreciados los asuntos grandilocuentes sobre los que el espectador debe sentar jurisprudencia, escuchamos los horrores del corazón humano, la voz de la víctima, encarnada en el monólogo desgarrador de la labradora Isabel que, tras ser deshonrada, aparece al principio del tercer acto contándole sus cuitas al jurado, apelando a lo más profundo de las entrañas y convenciendo, a hombres que ya lo han visto todo, de cuán profundo puede llegar a ser el dolor de una mujer que ha sido forzada a dar su cuerpo a un vil capitán. En la penumbra, aunque la actriz que lo hacía apenas vocalizaba y su voz se perdía en las tinieblas, su tristeza sobrecoge y acaba convenciendo al jurado de que, al margen de las cuestiones legales y circunstanciales, tal crimen no debe quedar sin castigo y que el don Álvaro voraz y soberbio que lo ha cometido no es más que un vil patán. Culpable.

A su dolor, se une el del padre, Pedro Crespo, a quien en un golpe de efecto se nombra de pronto alcalde de Zalamea y se ve obligado, víctima de su honor, a ejercer justicia en el capitán que ha destruido la vida de su hija y darle garrote por soberbio y canalla. Así la víctima –pues el daño se ha hecho, ante todo, al honor de don Pedro–, se convierte en verdugo, juez y parte y defiende, con menoscabo de su imprudente hijo que trató de tomarse la justicia por su mano, el honor de su casa ante don Lope de Figueroa, ante el capitán, ante el Rey, ante el auditorio sediento de sangre y elocuencia, en definitiva, ante la Historia misma.

Queda sobre relieve el sentido del honor como fuerza dramática que imprime en el hombre cierta dignidad de la que no se hace gala en estos tiempos. Aunque El alcalde de Zalamea es una monstruosidad jurídica y procesal que escandalizaría a cualquier demócrata moderno, la comedia de capa y espada, de la que se omiten las escenas más crudas, deja paso a una reflexión que de seguro pasa por más de una de esas cabezas nostálgicas que no dejan de comparar la grandeza de nuestros ancestros con la banalidad ambiente de nuestro siglo veintiuno. Ese suspiro, sabiendo que el motor de nuestra decadencia ha sido la chabacanería cada vez mayor de nuestros bellacos, nace de las entrañas del espectador en su silencio trágico. Se anuncia a la salida del teatro, cuando el drama ha terminado. Eso que llamamos honor, relegado al perímetro nostálgico en que se representa El alcalde de Zalamea, se antoja ya sólo un lujo de labradores de teatro y caballeros de espada al cinto
.

****


Siguiente
« Anterior

1 comentarios:

Click here for comentarios
Carmen
admin
17:11 ×

Puedes perder el honor, pero la honra... "la honra solo es de Dios". Me encanta Calderón, pero en donde se ponga "La vida es sueño"... "Ay mísero de mí...".
Besos,

Congrats bro Carmen you got PERTAMAX...! hehehehe...
Responder
avatar