Apuntes abrileños

Parece que el aire huela a polvo, a ceniza roja, en este abril de nubecillas tristes. En la ciudad, sólo hay procesiones y libros. Seres vacacionales surgen de no sé sabe muy bien dónde, en ese ambiente festivo casi veraniego que caracteriza, sin embargo, esta época del año. Esta ciudad rota de recuerdos y melodías. Callejuelas nostálgicas en las que de pronto nos sorprenden los acordes de una guitarra, un acordeón, a veces un violín traicionero. Los edificios macilentos, la playa desértica, el mar caliente, la roca imperturbable de Santa Bárbara. Todos, todos están en su sitio. Incluso esos extraños mimos pintados de hojalata que ora se quedan inmóviles, ora menean la cabeza cuando pasa un niño que les señala y les sonríe. Siguen en el mismo sitio. Mientras la gente hace sus compras y se divierte. Y los árboles sucios agitan sus ramas anquilosados, como si les pesara el bochorno y trataran de sacudírselo. En aquel lado, las trompetas, los tambores, la muerte que pasea. A éste, las casetas del paseo en la que duermen mamotretos históricos a cien, doscientos y trescientos euros, entremezclados con noveluchas de ocasión a precios razonables.

La gente ha salido esta mañana a pasear a sus perros. He visto niños que correteaban aquí y allá en los parques, parejas que escudriñaban libros, solitarios ancianos sentados en los bancos observando la decadencia de nuestro siglo. ¡El aburrimiento es monumental! Y todos parecían sin embargo en el lugar que les corresponde, como los extras de una gran película cuyo nombre no apareciese siquiera en los títulos de crédito. La ciudad, pintada de hombres minúsculos, no tendría este aspecto divertido y campestre, si una mano grande decidiera cogerlos por la cabeza y llevarlos por los aires hasta su casa, depositándolos caprichosamente en el sillón. ¡A ver la tele, castigados! Habrá acaso alguna forma de llamar a estas minivacaciones de miradas ociosas, dedos juguetones y pajaritos que cantan. Son días abrileños. La ciudad bulle en fiestas, como si ocurriese algo, aunque ninguno de nosotros sabemos lo que sucede en la oscura caverna que hay tras esos ojos evasivos que por un instante observamos. No, nadie sabe la minúscula historia de los zánganos que habitan esta insignificante colmena costera. Sólo sabemos de su aspecto externo, su ego festivo, como mucho su gracejo o el enigma indescifrable de sus ojos chillones. No sabemos nada. En estos momentos puede que, ajenos a todos los paseantes, en algún lugar de la ciudad se esté produciendo un asesinato. Sí, un asesinato. Entre cuatro paredes. En el seno íntimo de una familia cuya vida privada no es de nuestra incumbencia. Si los edificios fuesen transparentes, además de ver muy grandes y bellas cosas, acaso vislumbraríamos también que bajo el caparazón colorido de esta ciudad ignota se esconden las vergüenzas de lo terreno, la más intestina miseria que mana de las canteras del corazón del hombre. Acostumbrados a ello, nos sería indiferente.

Pintados todos de azul y verde, en tonos pastel, el gran cuadro humano bajo el sol debe de ser un espectáculo conmovedor si se pudiera ver desde arriba. ¡Pero y los gritos! La ciudad entera habla, y si nuestros oídos pudieran escuchar todas las conversaciones a la vez, el galimatías sería tan monstruoso que es posible que nos volviésemos sabios. O locos. No podríamos entender lo que nos dice el que tenemos al lado, no escucharíamos su dolor subterráneo, no notaríamos la salpicadura de sus lágrimas. Abarcaríamos el Todo, el sufrimiento desgarrador y abstracto de la ciudad, la nación absoluta, la humanidad entera. Seríamos sin duda los hombres más ignorantes e insensibles del mundo.

¡Me aburro tanto, lector! Ajeno unos días de la vorágine periodística, el tsunami del descanso se revela letal, maniático, con su atmósfera de ociosidad enfermiza. ¿Qué habré de decir? ¡Dadme libros! ¡Música! ¡Dinero! ¡Mujeres! Y no habría nacido nadie más estúpido nacido de madre. ¡Lleváoslo todo, mejor! O bueno, casi todo. Sólo un hombre como Salomón pudo llegar a tenerlo todo y resolver al fin que todo era nada. La parte es mejor que el todo; ¡yo lo digo! Y me trae sin cuidado si alguien lo dijo antes que yo: nunca yo lo lo había dicho antes. Dejadme al menos este extraviado duermevela del atardecer. Estoy volando en el silencio.
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