Escribir duele

En ocasiones, parece como si el acto de escribir supusiese un supremo esfuerzo para el artista, que en el transcurso de su escritura le viniesen los dolores del alma, se le abriesen las heridas antiguas, comenzase a supurar la sangre, que sus ojos se arrugasen poco a poco en la contemplación de las imágenes, sus pelos encaneciesen de terror y los pálpitos del corazón se le acelerasen como en un estado previo a la locura. Al fin, cuando el escritor ha plasmado en el papel el mal que le atenaza, siente el alivio de quien ha estado luchando una singular batalla y ha visto a su enemigo caer de bruces al suelo o evadirse hasta más ver. Luego es capaz de leer y releer una y otra vez su obra, como si leyese las letras de un extraño, no viniéndole el menor sufrimiento y hasta mostrando sorpresa ante lo que una vez fueron engaños, sufrimientos, angustias, recuerdos y melancolía. Pero cómo le ha dolido sacar esas letras, y cómo parece que, a medida que va creando su obra, su vida va acortándose de manera inevitable. Es una parte de él lo que deja en esas letras, a veces un miembro del cuerpo, otras los sentimientos más profundos de su alma.

La escritura es el sueño consciente del hombre; puede ser terrible, afrontar mil persecuciones, soportar grandes absurdos y penalidades, toparse una y otra vez con la mezquina realidad, o bien crear mundos inolvidables, aventuras indecibles, ciudades que no pueden describirse y seres aparentemente conocidos que de pronto echan a volar o saben palabra por palabra lo que estás pensando. Eso, en los sueños, se nos antoja una quimera, una ficción de nuestro ocioso cerebro que mata las horas de la noche tratando de encontrar una respuesta a sus muchos porqués, inventando parábolas que a un tiempo le sirven para entenderse a sí mismo y sintetizar con el lenguaje de los símbolos la más vasta base de datos natural que jamás haya existido. Es al mismo tiempo poesía, porque el hombre, tanto cuando sueña como cuando escribe, no es capaz de ser mediocre, pues la profundidad de su espíritu le exige un lenguaje que supere las convenciones visuales y objetuales, así como las formas del espacio y el tiempo. Un lenguaje en el que las manos se alarguen, las voces parezcan de ultratumba, los rostros aparezcan ora en el cielo, ora en la tierra y tan sólo agitando las manos uno pueda volar por los senderos de la noche.

Soñando, lector, se sufre. El hombre no se explica nada de lo que barrunta, no entiende cómo se halla en semejantes tejemanejes, irracional caja de sorpresas en la que nada tiene pies ni cabeza y donde el argumento de la historia es tan estúpido que ni siquiera nos importa. Lo que importa, como en la escritura, como en la vida, no es el fin, sino el cómo. Los sueños, lector, son duros mientras se vive en ellos. Nunca se sabe cuándo empiezan los sueños, como tampoco podríamos señalar un día concreto en el calendario de nuestra vida en el que empezamos a ser conscientes del mundo, a tener recuerdos recientes, a vislumbrar imágenes que sucedían alrededor de nosotros y tomaban, poco a poco, visos de una racionalidad que nos llegaba paulatinamente. Sí sabemos, en cambio, cómo acaban los sueños: ¡despertando! Y despertándonos en una cama, lejos de esos mundos imposibles, tranquilamente, bajo la luz del sol de mayo, pensando que ese día tenemos responsabilidades que cumplir. Así, lector, el mundo de ultratumba, en el que despertar es la verdadera vida y la vida tan sólo un sueño que se pasa. No como en el Hamlet, en el que el morir es semejante al sueño, pero no a un sueño en el que se sufre, sino a un descanso ultraterreno, una exhalación eterna de todos los aires de la vida que habitan el cuerpo.

No sé si estoy escribiendo, si estoy soñando, si simplemente estoy viviendo. Pero créame que no hay nada más divertido que olvidarse por un tiempo de este constante vaciamiento de ideas, pues a veces puede llegar a ser una costumbre un tanto asquerosa. Piénselo bien: escribir es ir dejando pegotes de su carne en un papel, poner hasta el último de sus huesos al servicio del nacimiento de un nuevo ser, un ser que se manifiesta como un cronómetro que empieza a rodar y que no tienes más remedio que soltarlo, escupirlo, entregarlo, parirlo, pues es la única liberación de este carnoso y sanguinolento embarazo, que fiel a sus propios tiempos pugna por salir de nuestra alma, forzando las paredes de nuestra boca unas veces, otras brotando a través de nuestros dedos, luchando, replegándose, golpeándonos, viviendo. Y puede sentir usted, en sus gritos intempestivos y descerebrados, cómo el pequeño ser que lleva dentro va volviéndose cada vez más grande y ha de conseguir liberarlo, pues si no crecerá dentro de usted, acabará llegándole a su cerebro, arrebatándole el mando de su vida y expulsándolo, como un ser podrido y caduco, de su propio cuerpo. Créame que esto no es cosa de risa. Habrá un tiempo en que nos falte cuerpo para tantas palabras. Pero sepa que este alma vieja seguirá ladrando por el universo.
Siguiente
« Anterior