¡Ansias de viajar!

Señor lector: ¿qué le contaría yo a usted? Que tengo ganas de hacer una maleta, coger un sombrero si lo tuviera y salir pitando, digo, caminando, apoyado sobre un paraguas puntiagudo que nunca más abriré, en dirección quizás hacia algún medio de transporte moderno que conduzca a las nubes, o a París, o a algún extraño y exótico lugar donde se encuentren aventuras y la vida carezca casi de valor. Detrás me acompañaría una música histriónica, pero eso creo que lo podemos dejar para otro día. Este país parece un sepulcro del aburrimiento, la gente grasienta y bárbara planta sus tiendas de campaña en las plazuelas insignificantes, los politicuelos encorbatados siguen con sus anquilosadas monsergas electoralistas y los escritorcillos despistados seguimos mirando las farolas que se encienden y se apagan al tiempo que escuchamos, desde las escaleras de la biblioteca, las campanas de Santa María. Ayer, para colmo, mientras cuchicheaba entre los libros viejos y polvorientos, empezó a tronar. ¡Y cómo tronaba el endiablado cielo! Pero no fue lo suficiente para mi gusto, pues al poco rato que salí a la calle sentí ese bochorno insufrible de los meses de verano, y me pareció que un oso grande y lanoso hubiese abrazado nuestro planeta, ya incapaz de respirar. Por fortuna, las horas del sueño transcurren plácidas y mi conciencia, harta de histerismos, observa tranquila y triste sus alrededores inmutables.
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