Colombo, antihéroe de la serie policiaca

Las series de detectives basan su éxito en que el espectador no puede apartarse un minuto de la pantalla. A veces nos sitúan directamente en la escena del crimen y no tenemos la más remota idea de lo que ha pasado y otras nos lo dan todo mascado desde el principio. La intriga, en estas circunstancias, reside en enterarse de cómo la policía logrará probar que ha sido quien nosotros ya sabemos. Ese es casi siempre el punto de partida de la serie Colombo, protagonizada por el incomparable Peter Falk, hace poco fallecido. Usted sabe muy bien quién el asesino y está deseando decírselo a todo el mundo, pero no es un testigo válido, no tiene pruebas de lo que ha pasado y la única manera de atrapar al criminal será uniéndose a la mente indagadora del teniente Colombo. Empezando, por así decirlo, desde cero.

Colombo es un personaje gris, bajito, afónico y despistado, que viste una gabardina muy sucia y que se pasa la vida encendiendo un enorme y humeante cigarro. La expresión de sus ojos, totalmente bizcos, parece querernos decir que él deduce de los pequeños detalles las mismas cosas que nosotros hemos observado, pero a partir de pequeños detalles en los que, en muchas ocasiones, el espectador no ha reparado. Aunque denota cierta simpatía con quienes pueden ayudarle a resolver el caso, incluso con su asesino, tiene la desgracia de parecer un sujeto repulsivo, un metomentodo desagradable, en suma, un sabueso en el peor sentido del término, que no deja de husmear en todas parte, mirar por los ojos de las cerraduras e importunar a la gente a horas intempestivas. Colombo, en definitiva, podría ser el prototipo de un antihéroe simpático, pues a diferencia del Christopher Marlow de Raymond Chandler, el crimen no se utiliza como punto de partida para mostrar los aspectos más sórdidos de la naturaleza humana, la parte más turbia y decadente de las gentes adineradas y una verdad que, lejos de resolver nada, añade más tristeza a nuestras miserables vidas. En Colombo, resolver el crimen no tiene otra razón de ser que la de terminar de rellenar el crucigrama. A simple vista, es la clase de sujeto al que le ha tocado desempeñar una profesión ingrata en la vida, pero que, como él mismo dice en El asesinato más inteligente del mundo, no sabría "hacer otra cosa".

El modo de proceder de Colombo es casi siempre el mismo. Cuando no se puede probar quién es el asesino, aunque se tengan claras sospechas de quién es, se le tiende una trampa y el criminal tiende derecho a caer en ella. Antes de eso, el detective ha ido a verle a su casa, se encuentra con él por casualidad en cualquier parte y se interesa hasta por el más mínimo detalle de su trabajo y aficiones. No, el teniente Colombo no sospecha de usted, todavía, sólo ha venido a decirle que admira su trabajo, que le gusta su despacho, que su mujer esto y lo otro, y bueno, ya que estamos, que hay un par de preguntas del caso que todavía no acaba de ver claras. El asesino, por otra parte, suele acabar hartándose de tanta visita aparentemente inocente, de tanto doble sentido y tanta sugerencia insidiosa. El detective Colombo, un hombre aparentemente despistado, salta de las cuestiones referentes al crimen a cualquier banalidad, produciendo no sólo la desesperación del asesino, sino del espectador, que está deseando enterarse de qué diablos ha averiguado y cómo piensa cogerlo. La psicología del asesino, por otra parte, es casi idéntica en todos los episodios. El criminal, a diferencia del resto de las personas, siempre va un punto por delante que el detective. Cuando al detective una cosa no le cuadra, él siempre tiene otra explicación lógica a lo que parece. Su condición de ciudadano corriente no le impide pensar, a la postre, como un detective, o mejor diríamos, como un abogado defensor. Casi podemos señalar que, aunque la mayoría de las veces sólo veamos la investigación, al criminal le importan poco los aspectos psicológicos que lo convierten en el asesino. Él, aunque ponga cara de inocente, se piensa a sí mismo delante de un jurado donde ha de demostrar que no tienen pruebas contra él.

La serie, en sí misma, no se diferencia más de otras comedias policíacas que en la personalidad de Peter Falk, un tipo gracioso y al mismo tiempo repulsivo, que con su voz afónica es capaz de transmitir la crudeza de la realidad y al mismo tiempo nos entretiene con sus movimientos despistados y cómicos. Junto a su interpretación, un puñado de detalles incluidos en el guión contribuyen a mitificar su figura de personaje novelesco. La mujer, la gabardina, el cigarro y el coche viejo no son tan sólo elementos de unidad narrativa. Presentando lo decadente como una anécdota divertida, el espectador no sólo se encuentra ante un hombre del bien, sino ante un detective cotidiano, defectuoso, atado a sus debilidades, que convierte su repulsión en chiste. Colombo reúne, podría decirse, la estética estereotipada de la mejor novela negra y, como contrapartida, esa grata perspicacia del policía honrado e intachable que acaba resolviendo todos los crímenes. Algo, en esencia, que añade mérito a una serie que no se aparta en demasía de los tópicos del género.
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