Yo quiero conocerlo todo

A veces echo de menos que haya una grabadora debajo de la cama. Sí, para escuchar los monólogos espontáneos que, en el momento de hacerse la oscuridad, surgen de lo más profundo del alma. Sería divertido que todos nuestros pensamientos pudiesen quedar grabados en una Gran Caja Negra universal y escucharlos luego a placer. Nos divertiríamos mucho. Se abre una pantalla y seleccionamos. Después nombre y apellidos. Intervalo de tiempo y circunstancia. Todo bien clasificado, al modo de una gran biblioteca virtual. Y en mp3. Facebook, lector, se nos queda pequeño. Yo no quiero saber si alguien tiene un gato, es admirador de Leo Messi o es un adicto a The Big Bang Theory. Eso son minucias. Incluso para Zuckerberg, la CIA o quien diablos pase las horas revisando el escaparate de nuestros cerebros. No, lo que yo quiero saber es la biografía biológica, psicológica e intelectual de cada individuo, hasta el último detalle de sus actos y pensamientos, desde el minuto cero de su vida -si es que esa parte no está en blanco- hasta el segundo en que deja de respirar. Y no quiero verlo como algo ajeno, sino sentirlo como si fuera él mismo. Al diablo la empatía. Nadie conoce las cosas del otro mejor que el otro. Ser otro, lector -un imposible-, es el último escalafón del hombre en esa escalera que asciende hacia la globalización del conocimiento. Pero ser otro sin dejar de ser uno mismo. De algún modo, quisiéramos ser toda la humanidad al mismo tiempo. Imagínese. Conocer los pensamientos de Hitler en el momento más mediocre y estúpido de su vida. Muy tierno. ¿A quién le interesa? Pero, en cambio, ver la película real, histórica, de la II Guerra Mundial, absorbiendo los planos de cada uno de sus actores, desde el primer judío gaseado en Dachau hasta el último mozalbete reclutado por las SS, sí que sería conocer lo que realmente fue el conjunto de la II Guerra Mundial. Conoceríamos todas las historias; estiraríamos de todos los hilos hasta reunir el universo completo, sus causas y consecuencias, su naturaleza y su vicio. Desde dentro. En su máxima expresión. Encontrarnos, aunque sea por un momento, en la mente de Eisenhower, a la vez que en la de Goering y Goebbels, y en la de Churchill, y en la de Roosevelt. Ser, por un momento, todos. Por asqueroso que resulte. Aunque sólo sea a modo de investigadores imparciales que, tan pronto como han satisfecho su curiosidad, devuelven el ser a su legítimo dueño.

Quizás, lector, es que nos aburre ser sólo nosotros mismos. O acaso que lamentamos que la humanidad entera, con sus enormes lagunas, no sea audiovisualmente reproducible. Yo, al menos, tengo ganas de apretar el play y que todo empiece en el Génesis, sea como sea, pero a ser posible en 3-D. Me gustaría, lector, conocer el número exacto de los animales que ha habido en la historia y la prehistoria, hasta el más leve movimiento de las cosas, la concatenación exacta e infinita de las causas y los efectos. Pasar adelante y para atrás por si algo no me ha quedado claro. Y quiero verlo desde un sillón, comiendo palomitas. Y quiero saber lo que estaba pensando Dios en cada momento, pues aunque Él sea ajeno al espacio y el tiempo debe de saber multitud de detalles y aspectos concretos sobre las infinitas cadenas de posibilidades a las que daba lugar cada elección. Todo esto, no sé por qué, me recuerda a cierta película muy mala de Matt Damon en la que unos seres siniestros, al parecer ángeles-burócratas, andan por el mundo controlando los más diminutos detalles de los seres humanos para que todo suceda como tiene que suceder. Una lucha, la de Matt Damon contra el Destino, que convierte a la Providencia en una especie de estado soviético en el que la inconsciencia de los hombres de que están siendo manipulados es la fuerza que mantiene unido el sistema. Asunto complejo, lector, donde los haya. Pero yo no quiero controlar el mundo. Sólo quiero verlo. Verlo por dentro. Conocer sus hilos. Las infinitas redes neuronales que conforman nuestros pensamientos vigentes y posibles.

Tal vez me subyuga, en mi afán por el conocimiento absoluto, el encanto de la literatura. ¿No es cierto que es más divertido leer un libro, interpretar a un personaje o construir una leyenda que ceñirse a los meros dogmas que nos prepara la realidad? La realidad, lector, también es un cuento. Un cuento lo suficiente bien escrito como para que sus personajes no se den cuenta de que no son seres reales, sino ficciones. Porque así quien los lee, cansado de su atribulada existencia, se mete por un momento en sus zapatos, se viste su traje y se coloca su sombrero, y va por esos mundos misteriosos de la irrealidad interpretando una vida que no es la suya, sintiéndose otro, siendo por unos momentos otra carne, otros ojos, otros sentimientos, poniendo otra pose, diciendo otras frases. Pero que no le son, en el fondo, desconocidas. No, porque el otro también es él, y todos los demás que pudieran leerlo. Sin escuchar al otro por dentro, somos él. Y quedando bajo una gran tela de araña la infinitud de los pensamientos del mundo, toda la vida humana reside en este pequeño reducto. Estamos siendo, prácticamente, los otros. Nunca, sin embargo, estaremos seguros.
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1 comentarios:

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Peter
admin
02:11 ×

Eso ha sido... brutal. ¡Que palabras!

Congrats bro Peter you got PERTAMAX...! hehehehe...
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