12 del patíbulo (1967)

Posiblemente es el villano más duro del cine clásico. No por su constitución, que es un tipo alto y delgado, sino por el cínico desparpajo de su gracejo, su andar chulesco y atlético y sus ojos de asesino borracho. Hablo, claro está, de Lee Marvin. Todos le recordamos encarnando al temido Liberty Valance, queriendo obligar a James Stewart a recoger un cochino bistec del suelo y midiéndose la cara nada menos que con John Wayne, el único que puede resistirle. O representando a un legendario y embriagado pistolero en La ingenua explosiva (1965) sentado del revés en su caballo, película que le valió el Óscar. O encarnando a un gris y degenerado matón en Los sobornados (1953), echándole café hirviendo por la cara a Gloria Grahame. Y así podríamos seguir con su infinita filmografía, donde se ha caracterizado por representar a la perfección papeles de hombres malvados y violentos.

En la película de la que quiero hablar hoy, Doce del patíbulo, aunque encarna al actor principal, su rol se ajusta más al de curtido antihéroe que al de malo. La película se ambienta en el último año de la II Guerra Mundial, poco antes de la invasión de los aliados. El mayor Reisman (Marvin) es un oficial del ejército norteamericano que destaca en su historial por sus muchos encontronazos con sus superiores, cuyas decisiones desprecia y contraviene continuamente. Para limpiar su hoja de servicios, el alto mando le ofrece una misión especial que consistirá en rehabilitar a 12 soldados condenados por delitos graves a morir en el patíbulo -o a más de 20 años de trabajos forzados- y convertirlos en héroes. Su objetivo será penetrar en un palacio alemán donde altos oficiales alemanes acuden a correrse sus juerguecillas y conseguir matar al mayor número posible. A cambio, los que sobrevivieran obtendrían la remisión total de la pena.

La partida de los hombres a los que se encomienda esta misión no podía ser una unidad más insubordinada. Una panda de psicópatas y rastreros sujetos que, como el propio Reisman, contravienen las órdenes y detestan a los oficiales. Es, lo que se dice, una reproducción a escala de la personalidad del propio Lee Marvin, que ensalza el miedo y la rebeldía, incluso el carácter sonado de algunos de ellos, como una cualidad que puede utilizarse eficazmente si consigue reorientar su espíritu perturbado hacia el bando enemigo. Cada uno de esos hombres tiene un motivo de peso para ser sujetos alienados del ejército, y como tales, inservibles para la guerra y pasto del patíbulo. Han cometido asesinatos, violado mujeres y desafiado a oficiales; son gente, en definitiva, individualista, con pensamiento propio, que han pasado por un Consejo de Guerra y como soldados representarían un peligro para cualquier operación. Entre ellos, destaca el enorme papel de John Cassevets, un cobarde que no obedece las órdenes y encabeza todas las rebeliones, o Teddy Savalas, un fanático religioso que en nada se parece al Gran Joe de Los héroes de Kelly (1970). Extraordinario elenco de trastornados con el que probablemente cualquier estudiante de psicología se divertiría tratando de adivinar personalidades o usando como ejemplo de la teoría de grupos, habida cuenta de las limitaciones de una ficción cinematográfica adaptada de la novela de Nathanson.

Al igual que los 12 hombres sin piedad (1957), estrenada diez años antes, el filme combina dos temáticas que se complementan. Si en aquella la psicología se mezclaba con un drama jurídico, en ésta el complejo esquema de relaciones dentro de una estructura militar lo hace con una historia-señuelo, que es el cumplimiento de la misión. La historia de 12 del patíbulo intenta tratar, pues, cuando Estados Unidos se hallaba en mitad de la guerra del Vietnam, por qué obedecer. Y no lo hace aludiendo a razones geopolíticas ni a propaganda de guerra, que no importa al soldado que se juega el cuello, sino por razones individuales. El ejército entendido como la empresa que permite al individuo pueda expresar legítimamente su odio visceral a los oficiales; matando a los oficiales del enemigo.

La película, que posee una íntegra estética militar y sobresale por la riqueza de sus sonidos, posee oportunos tintes de humor que al modo de casi todo el cine bélico de la época suavizan la crudeza de las circunstancias de un campamento militar. En cualquiera de los casos, opino que el principal mérito de la película reside en combinar los hoscos modales de Marvin con esa callada condescendencia que le inspiran los prisioneros, sin restar importancia a la colorida presencia y personalidad de los codenados, que son grandes actores de reparto. Una película, en definitiva, en la que hacía falta convertir a nuestros malos en héroes. Y en la que Marvin, máxima expresión de la violencia, se convierte en su inteligencia coordinadora.
Siguiente
« Anterior