Habitación de provincias

Durante los años duros, el calor y el polvo se entremezclan y acumulan en rincones inverosímiles. Así el estudiante de provincias, enfrascado en las obligaciones de su carrera y en su vida más o menos romántica y despiadada, se levanta un día por la mañana y descubre que el tiempo ha transcurrido a su alrededor. Mira esas paredes macilentas, ese sol desencajado, esos polvos mortecinos que parecen el rastro de un fantasma amarillo, esos bichitos que pululan por las paredes y esos mamotretos abiertos en el suelo, aquellas montañas de papelotes, los apuntes universitarios desperdigados por las estanterías, la ventana abierta, la lavadora sonando y la vecina de enfrente diciendo alguna impropiedad castiza. Y piensas: piensas que aquí hace falta látigo, disciplina, crueldad, un flautista de Hamelín que se lleve a los ratones al río, una voz de mando que con su solo gesto derribe muebles, levante alfombras, otorgue belleza a lo antiestético y destruya con el soplo de su boca las telarañas que adornan las esquinas.

Las habitaciones desordenadas, sin embargo, tienen cierto aire bohemio y legendario. Entre todos los muebles, destaca ese escritorio achacoso y espatarrado que sostiene cientos de papelotes inútiles y acumula el saber de varios años sobre su superficie. El hombre que trabaja en ellos, como el Greenwich de En bandeja de plata (1966), suele ser un hombre tan ocupado que no tiene tiempo para malgastarlo en menudencias ni dinero para pagar una secretaria. Al fin y al cabo, los despachos de los hombres que trabajan están siempre manga por hombro y los de los sibaritas y enchufados limpios como patenas y desnudos como Adán y Eva en el Edén. Queda muy elegante, lector, lanzar unos papelotes al aire, tirar otros documentos al suelo, arrugar lo que no sirve, manosear lo que parecía importante, escarbar, investigar, destrozar, archivar y excluir, añadiendo dramatismo al espectáculo de que algo muy grave anda en juego. Casi todas esas operaciones acaban con un eureka y pegándole un golpe al documento de no te menees. En honor a la verdad, cabe decir que los escritorios desordenados casi nunca poseen nada de interés metafísico, pues lo que de verdad interesa acabamos guardándolo en archivadores arriba del armario.

Junto a los escritorios polvorientos, queda la costumbre de amontonar los documentos de interés encima de los libros de las estanterías, constituyendo casi sin darse cuenta una serie de bandejas imaginarias mezcladas con folletos, artículos que dejamos a medio leer, los guantes del invierno pasado que nunca me pongo y un viejo y apolillado móvil cargándose que uso como grabadora en las entrevistas. Es, a bote pronto, lo que se dice una gran estantería, en la que hay curiosos títulos ordenados en dos filas, de los cuales pongo atrás los que nunca pienso leer. Así, cuando uno se da la vuelta y contempla el espectáculo, siente que a medida que se acumulaban esos papelotes su cerebro debía de caminar en pos de algún bien más elevado y que requería casi todo su tiempo, pues no es mi natural vivir en el caos ni la negligencia. Desde luego, ahora hay algunos papelitos más, entre ellos una orla y un diploma, que debo de colgar pronto de alguna alcayata antes de que salgan volando, pues aún tengo la sospecha de que sólo son producto de mi imaginación.

Para poner orden, lector, sólo es cosa de poner los muebles de otra forma, mover el escritorio de sitio, cambiar los cuadros por otros, limpiar en los lugares en los que nunca hemos mirado, poner la cama patas arriba y deshacerme del colchón traicionero en el que ha yacido mi espalda durante meses mientras, después de una larga jornada, meditaba en las preguntas que debía hacerle a un señor a la mañana siguiente. Poner los discos en orden alfabético o por temáticas, sacar el ventilador de la caja, acumular sobre la mesa los libros que pienso leerme este verano mientras me devano los sesos buscando un puesto de trabajo y, en definitiva, dejar cada cosa en su sitio. Imponerse, al fin, un horario racional, libre, en el que el individuo campe a sus anchas en el nuevo entorno.

La habitación, al fin, parece otro sitio; el cerebro se desentumece viéndolo todo tan bien dispuesto y siente unas extrañas ganas de trabajar. Al igual que los objetos, las ideas parecen volver a estar en su lugar correspondiente, la escritura fluye sobre las páginas del ordenador y hasta parece que han desaparecido los importunos mosquitos del aire, que aquí son chirriantes y antipáticos, como en todas partes, pero especialmente crueles, pues no son dados a negociar tratados de paz en los que se les deja picarnos todo lo que quieran, mientras tengan la bondad de no silbarnos en el oído. Es todo, lector, la estampa bien dibujada de una habitación mohína de provincias, cubierta de sol, antigüedad y silencio. Aquí, bajo la diáfana luz de la mañana de un sábado alicantino, mientras leo entre el tic-tac de mis múltiples relojes y sorprendo de hito en hito los ojos arrugados de mi estatuilla de Don Quijote de la Mancha, siento vivos deseos de extender una maleta sobre el suelo y partir hacia regiones ignotas donde pueda hacerme un hombre de provecho. ¡Señor, cuánto orden! ¡Qué aburrimiento!
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1 comentarios:

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capriyunliuz
admin
04:53 ×

me parece que el aburrimiento nos sigue a todas partes esperando que nos sentemos a notar su presencia y cuando lo hacemos ya no podemos ignorarla...igualmente yo deseo hacer eso tomar una maleta y salir por ahi a conocer el mundo tan brutal y hermoso como es ...espero que puedas hacer eso un dia pues es inspirador cuando sucede un dia sin aviso....hasta la proxima :)

Congrats bro capriyunliuz you got PERTAMAX...! hehehehe...
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