Aventuras, invenciones y mixtificaciones de Silvestre Paradox

Tiene uno la impresión, cuando cae en sus manos alguna novela española de principios del siglo XX, que en vez de leer un libro anda viendo alguna de esas películas sesenteras de castizos y chulapos madrileños que amenizaban las tardes del sábado. La expresión, el timbre, los gestos, la reverencia, bellamente reflejados por la mano hábil del escritor, son idénticos a los de algunas de esas escenas en blanco y negro que conservamos en la memoria. O mejor diríamos que los de éstas se parecen a aquellos, y la lectura de los libros no ha hecho sino rescatar en nosotros las imágenes de nuestra memoria que más se corresponden con los símbolos así ordenados. Sea en todo caso porque yo de Madrid sé más bien poco, y cuando escucho a Esperanza Aguirre hablar en la Puerta del Sol con voz de La verbena de la paloma, mi primer impulso amén de una repentina y fugaz carcajada es sentirme satisfecho de poder escuchar por la tele algo extraordinariamente político y genuinamente castellano.


Pero dejemos esas cuestiones. Esto viene a cuento de que acabo de leer las Aventuras, invenciones y mixtificaciones de Silvestre Paradox, de Pío Baroja y Nessi, una novela que describe o más bien satiriza lo mejor de la bohemia de Madrid. Hombres de poco lustre, de brillante intelecto y poderosos ideales, menospreciados por los burgueses su época al merodear los más recónditos senderos de las ciencias y las letras, su vida es semejante a la de esos pícaros del Siglo de Oro que nos pintaron nuestros clásicos, pero en lugar de pasearse con un palillo mondadientes en la boca para hacer creer a sus conciudadanos que habían comido aquel mediodía y se morían de éxito, tienen otras ocupaciones no menos honrosas: urdir disparatados planes para hacer grandes inventos que pongan a España a la vanguardia de la tecnología, escribir libros o, sin duda, lo más bajo de todo: ¡dedicarse al periodismo! Gente, en definitiva, que no tiene dónde caerse muerta, hacen de bulto en las tertulias, malviven en casas de huéspedes y andan a vueltas con el hostelero porque hace varios meses que no le pagan.

Pío Baroja nos atrapa en esta novela con una divertida e histriónica presentación del protagonista, de esas que hacen a uno saltar en el sillón porque enseguida ha conseguido no sólo que le pongamos rostro, voz y alma al personaje, sino a su casero, sus vecinos y, en definitiva, que percibamos la atmósfera esencial del Madrid bohemio hace más de un siglo. Fiel a su predisposición naturalista, Baroja enseguida nos hace partícipes de sus investigaciones conduciéndonos a los orígenes del señor Paradox a través de un previsible flashback. Silvestre Paradox, héroe de esta historia, ha tenido una vida bastante triste y pícara. En efecto, nada es un personaje en una novela si no tiene una vida pasada, a ser posible pintoresca y nada corriente; ésta, además, casi nunca debe tener en un bohemio orígenes holgados, y si ha sido así es tan sólo para recalcar su nobleza de espíritu, pues es obvio que es un personaje sin oficio ni beneficio. Paradox conserva, sin embargo, esa pizca de travesura que todos los individuos honrados han aprendido de las inclemencias de la vida, conservando sin embargo un profundo sentido del honor, impropio de su clase, y mezclado con cierto desarraigo vital, destello del existencialismo barojiano y que tan genialmente expresa el Andrés Hurtado de El árbol de la ciencia. Junto a Paradox, convergen toda una serie de personajes bien perfilados, que componen esa estampa madrileña de pobreza, ideales y casticismo.

Se ha dicho que la obra es una crítica despiadada de la novela folletinesca. Escrita en capítulos cortos, es verdad que parece una historia de porteras chismosas y ocurrencias urbanas, tiznada además por muertes inesperadas, enfrentamientos familiares y amoríos ilegítimos. Lo que más me gusta de esta obra, sin embargo, es la estética de los escritores y artistas sin escrúpulos, con pinta más bien de pobres desgraciados, embarrados en discusiones bizantinas acerca de asuntos que no importan a nadie o edificando castillos en el aire con ese espíritu ilustrado y esa voluntad nietzscheana que nace de lo más profundo del hombre. A modo de crítica sarcástica de las telenovelas de la época, que entonces se manifestaban en los periodicuchos y las tertulias populares, la novela consigue que parezca pintoresco y divertido lo que hoy es norma en nuestras sociedades modernas y entonces podía resultar, como las telenovelas baratas, morboso y de mal gusto.

La obra, escrita en 1901, forma parte de la trilogía llamada La vida fantástica, junto con Camino de perfección –una de sus mejores obras–, y Paradox, rey, en la que recupera otra vez a nuestro héroe. Las novelas, sin embargo, son independientes entre sí y casi no guardan más relación que la que el lector pueda encontrar en el estilo del escritor donostiarra. En esta, Baroja nos describe con fino humor una época en la que los desasosiegos del hombre se mezclaban con la trivialidad de la vida popular y en la que el artista errabundo, avocado como sus contemporáneos a ocuparse en lo más vil y despreciable para poder comer al día siguiente, trata desesperadamente de mantener la única razón de su existencia; sus conocimientos, y ese malparado talento que lucha por abrirse camino.
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1 comentarios:

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Anónimo
admin
09:22 ×

Ésta me la he leído 2 veces y ahora la estoy releyendo. Y todavía me sorprende la imaginación de su autor y el humor que destila por todas partes. Es encantadora.
Un saludo.
Carlos.

Congrats bro Anónimo you got PERTAMAX...! hehehehe...
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