Canelobre, la catedral de la noche

Hoy, lector, he visitado las Cuevas de Canelobre, un lugar en el que hay 18º C todo el año y en el que plácidamente me habría quedado a dormir. Entre sus recovecos y rincones, mucho más pequeños de lo que me imaginaba, pues yo tenía en mi mente la cueva de la película de Tom Sawyer, se adivinan algunas de las formas maravillosas que no destrozó la dinamita en la Guerra Civil. Permitidme, pues, este éxtasis romántico, que ni sé por qué lo he escrito, ni tiene por qué referirse a las Cuevas de Canelobre. Ahí va.

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La mujer blanca de los pies descalzos subía las escaleras. Llevaba puesto un camisón incandescente y su mano derecha sostenía un candelabro en el que bailaban siete mil lucecitas tristes. Las escaleras de infinitos escalones no conducían a ninguna parte. A su derecha aparecía de pronto un dragón de siete cabezas y ella soltaba un gritito de horror. Luego, cuando veía que se trataba tan sólo de su imaginación, volvían los colores a sus mejillas cariñosas, los pálpitos amorosos a su pecho convaleciente, la nube a sus espaldas, el fuego fatuo a las uñas de sus deditos iluminados. “Ah”, pensaba ella, recuperando el aliento, acariciando su atemorizado corazón con su nívea palma. A su izquierda, de cuando en cuando, se oía volar a los murciélagos atormentados sin rumbo por las bóvedas del subsuelo.

Los pies descalzos de la mujer blanca subían y subían. Sus pies sobre la roca rumorosa parecían tocar las teclas de un piano imaginario. Cuando su tersa planta desnuda contactaba con la tímida roca, parecía comunicar un alegre cariño a las piedras subterráneas que desde miles de años atrás no sentían el calor de unos pies humanos. Su perfumado aliento iba pasando, y se mezclaba con los aires prohibidos de la piedra caliza y la madreselva, y su resuello infantil se repartía por los recovecos de la gruta en inaudibles ecos, revelando a las profundidades de la tierra una pequeña muestra de los tesoros de esa otra caverna que es el corazón humano. La atmósfera calcárea parecía cobijar entre sus abrazos a la blanquecina criatura que por allí, entre los silencios, deambulaba como un fantasma triste perdido en un laberinto de roca. Apenas la veías, su luz blanca se ocultaba ora detrás de una estalagmita, ora en la obertura de una galería. Sólo unos pies descalzos paseaban por la cueva.

La mujer que sube es espectro del horror, ángel del miedo, sonido atrapado en los límites de una luz misericordiosa. Anda borracha de poesía y tristeza, sorteando la formación maniática de la cueva, repitiendo doquiera sus párrafos tristes, sonriendo ahora, llorando luego, levantando los brazos, bailando un segundo, agachándose un rato, sentándose de pronto, volando por los aires y agarrándose como una loca a la barandilla fosforescente que le conduce a los infinitos pasillos de la oscuridad. Si pasara alguien por esos recónditos lugares, vería seguramente aparecer su imagen en el lado terso de una pared de piedra, hablando como hablan los fantasmas, diciendo tonterías. Se la vería nítida, porque los fantasmas modernos son hijos de la televisión, y desaparecería entre risas, entre risas cadavéricas de recuerdo infantil, ocultándose en las rocas que la devoraron.

Acaso la mujer de los pies descalzos que sube, abandonada, andaba en busca de su amante arrebatado en aquellos contornos subterráneos, y devorado por las aguas estancadas, ella misma se hubiese suicidado echando a andar por los vericuetos infinitos hasta confundirse con su sombra, y la Parca, no queriendo ir a recogerla de puro aburrimiento, hubiese cambiado su castigo eterno por ese vagabundeo desgraciado por los agujeros del espacio kárstico catedralicio. A buen seguro que alguna de esas grutas que hay por allá abajo conducen directamente al Averno, y por eso, no siendo fácil perderse, puede que acabe encontrando ella misma, la mujer blanca, el camino de los desafortunados. Su amante, en cambio, parece haberse confundido con esas estalagmitas puntiagudas que salen de la tierra, pues algunas tienen rostros de hombre, otras de demonio y tienen tantas formas que se echa de menos que no les hayan puesto un nombre para los que las visitan. Hay por ahí algunas medusas blancas escapadas de algún mar oculto en el centro de la Tierra, corales nacidos en los despeñaderos de la infamia, castillos de arena de esos fugaces que construyen los niños en la playa y que las olas acaban destruyendo. Quizás todos ellos, a su modo, compongan la imagen simbólica del enamorado que, al hacer implosión en su tragedia, deja salir de su cuerpo mil formas de vida de las que no teníamos conocimiento y habían vivido largos años ahí, en su mente, en su imaginación, hasta volverse tan reales que tomaron vida cuando escaparon de su jaula.

En algunos rincones, haces de luz y senderos que conducen a quién sabe qué misteriosos lugares. Acaso uno de ellos lleve a alguna salida desde la que los muertos victoriosos logren volver a ver la luz del sol. Una arteria trágica, escarpada, hacia arriba, para la que no hay escaleras ni barandillas que valgan y cuyo camino resulta tan traicionero que cuando ya has sentido en tu piel los primeros haces de luz te precipitas por el barranco insospechado, engullido por la garganta de la madre Tierra, masticado por los colmillos sádicos de la Fatalidad, mientras en la soledad de los días, atrapado en la noche que nunca se termina, sin que nadie venga a ayudarte porque ni te queda alma suficiente para pedir ayuda, ni nadie sabe dónde estás. Los pies descalzos de la mujer blanca vagan sangrientos por las escaleras de la noche rocosa. Mujer abandonada en los sótanos ruidosos. Ángel de luz que se desvanece cuando lo miramos.
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