Esto es España

Los días son luminosos en esta diminuta alcoba de una capital de provincia. Se levanta usted por la mañana, va al baño y se mira en el espejo, y después de rasurarse convenientemente, siente indecibles ganas de ponerse un sombrero, coger un paraguas y salir por ahí a vagabundear por las callejuelas diversas. Pero usted no tiene sombrero, que es un complemento caluroso y demodé, y para colmo arrojó su paraguas en un contenedor de la avenida Benito Pérez Galdós, hace ya algunos meses, en un arrebato de augusta cólera. Mi paraguas, debo confesar, estaba roto y cada vez que lo abría sonaba una interpretación deprimente de Las cuatro estaciones de Vivaldi. En fin.

Resignado, uno viste del modo más sencillo en la costa mediterránea; vaqueros azules y camisa gris discreta. Aburrido de ver los mismos edificios de siempre, toma el autobús y acude a la biblioteca, envuelto en un aura de silencio que casi puede masticarse, observándolo todo desde sus dos ojos inquisitivos de voyeur. Llega, entra, deja sus bártulos en la mesa, coge un libro al azar de política o derecho; lee y toma notas. Después mira por la ventana los árboles de charol iluminados por los rayos amarillentos, y cree notar en su mejilla esa brisa verde transparente que pasa por detrás del cristal arrastrando voces y recuerdos lejanos. Pardiez. Todavía estoy vivo, y eso es un privilegio en estos tiempos.

A su lado, sólo encontrará individuos empeñados en cambiar el mundo; quizás porque encuentran demasiado difícil cambiarse a sí mismos. Sí, conozco a esos llamados indignados, que el abuelo Hessel, al modo de un hechicero que llama a las potestades del aire a congregarse, hizo salir de las casas con sus nigromancias comunicativas y luego se perdieron en la amargura y la desgana. La clave, para el hombre moderno, reside en confundirse con la masa, sentirse parte de un pueblo todopoderoso, tomar conciencia de clase y rebelarse contra los mandamases del mundo. Volver a la comuna, hacer realidad los ideales de la granja orwelliana: cuatro patas sí, dos patas no. En todas las revoluciones, las de verdad y las de pacotilla, subyace el mismo espíritu; defender a los que les defienden y atacar a los que les atacan. En un acto trágico, sentimental, viscoso, de insatisfacción pública, los indignados de hoy sólo son un síntoma de una sociedad enferma e ignorante, que cree que las cosas han de cambiarse poniendo los cimientos del Estado de Derecho patas arriba y apaleando en la plaza pública a unos cuantos peces gordos. Es el sino de esta época de frustración y estallido, que apela constantemente a valores metafísicos, creyendo que el objeto de un sistema es brindar la solución a todos los problemas y no más bien la regulación de los actos individuales para que no nos devoremos unos a otros. Nada nuevo en la Historia, por otra parte. Como en todo, un movimiento heterogéneo donde los hombres intentan perseguir objetivos comunes hasta percatarse, como los que edificaban la torre de Babel, que a medida que construían empezaban a hablar distintos idiomas.

Frente a la indignación, ante la que se frotan las manos esas máquinas de propaganda llamadas partidos, arde el triunfalismo momentáneo de los católicos, que salen de debajo de las piedras a decirnos que son católicos y que están orgullosos de serlo. Con toda la ilusión del mundo quieren contarnos que España estaba llena de verdaderos hijos de Dios y que no nos habíamos enterado. Uno se pregunta, desde esta silla solitaria, dónde se habían metido hasta ahora y si, una vez que se haya ido el Papa, la presunta fe de algunos, fundada más en el bullicio que la lectura de la Biblia, no se desvanecerá tan pronto como vuelvan a sus costumbres diarias. Como oí decir a un joven católico en televisión, en un alarde de sinceridad: “Yo si estoy aquí es por el Papa. Si no viniera el Papa, no vengo”. Pues eso.

En ese afán porque el espectáculo resulte un éxito, que lo está siendo, la visceralidad resta espacio a toda crítica reposada y racional. Los unos con el Papa y los otros contra el Papa, así, a lo bruto, sin matices; bienvenidos a España. Al parecer todos nos hemos vuelto como los políticos que criticamos. Qué se le va a hacer. Hemos llegado a tal extremo de hipocresía que la izquierda fetén se ha convertido en suspicaz defensora del dinero del contribuyente. La batalla por la opinión pública se ha vuelto demasiado importante como para perder el tiempo en examinar las motivaciones y los instintos, oficio acaso de intelectuales no tan comprometidos y Pepitos Grillo en paro.

Lejos de esta biblioteca, donde los estudiantes examinan detenidamente los libros y echan filosóficos sorbos de agua, las calles duermen bajo la sombra cálida del mediodía. El próximo lunes, lector, habré de abandonar estos libros y estas calles y tomar el tren de Madrid. Ya le contaré.
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