Robinson Crusoe, la Providencia y el capitalismo


Decía Manuel Vázquez Montalbán, marxista él, que nunca volvería a leer de la misma forma el Robinson Crusoe desde que se dio cuenta de que es una apología del “capitalismo salvaje”. Lo cierto es que, además de una cautivadora novela de aventuras, es un libro para pensar sobre la vida del hombre. No en vano se ha usado a Crusoe en filosofía como ejemplo del individuo abandonado en una isla desierta que ha de luchar contra las fuerzas de la naturaleza haciendo tan sólo uso de su libertad y su raciocinio. No obstante, en ocasiones se pasa por alto un elemento que es fundamental en la gran novela de Defoe y que lo vincula de hecho con los grandes clásicos de la literatura puritana. Es el reconocimiento de la Providencia, que proporciona al hombre la convicción de que, por terrible que parezcan las circunstancias, Dios todo lo controla y, de no ser por su misericordia y cuidado, las cosas podrían haber sido mucho peores. En esa Providencia, el Robinson es toda una manera de entender el mundo, una síntesis entre religión y economía capitalista, una parábola inquietante sobre la libertad y el individuo.



La Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York, navegante –que, aun abreviadamente, así de largo es el título original de la obra– relata la historia de un joven que, puesto a elegir entre obedecer a su padre siguiendo una notable trayectoria profesional y su pasión por hacerse a la mar, se decide por lo segundo. Es el modelo del self-made man británico, al que no le divierten las convenciones sociales y familiares y necesita construir su propio destino, hacerse fama, conocer lugares maravillosos y encarar la vida por su propia cuenta. Ese destino lo conducirá por vericuetos extraños que le deparan infinidad de peligros y truculentas aventuras a lo largo y ancho de todo el mundo, enfrentando naufragios, tempestades, ataques navales, humillaciones, hambrunas y un sinfín de sacrificios que jamás se había imaginado en su melancólica infancia en York. El valiente Robinson nos narra en primera persona sus experiencias, de las que, como puede el lector suponer desde el principio, sale asombrosamente victorioso gracias a una mano invisible que, pese a sus pecados, le salva de los peligros y hace prosperar en sus empresas.

Aunque la vida de Defoe no es muy semejante a la suerte de Robinson Crusoe, la obra no obstante se ha convertido en la primera novela inglesa moderna, al modo que lo es para nosotros nuestro Don Quijote. Siendo Robinson el héroe
inglés por antonomasia, no resulta extraño que no se dedique a vagar por los desiertos cual caballero andante reparando agravios y deshaciendo entuertos, sino que sea fundamentalmente un hombre de mar. Si aquel, pese a su locura idealista, encarnaba las virtudes de la caballería, éste se muestra pese a su pronta rebelión contra su padre la viva representación de todas las virtudes inglesas: Robinson es un hombre libre, temeroso de Dios, eficaz en sus negocios, leal con sus amigos, bondadoso con los hombres y responsable de los bienes materiales que la Providencia le ha otorgado. Posee además un arraigado sentido de la justicia, que lo lleva a convertirse en una suerte de nuevo Adán a quien se ha encomendado gobernar la tierra de un Edén olvidado en el océano Pacífico. Pero es, además, un anticipo de ese imperialismo británico que alcanzaría su máximo apogeo en la era victoriana, y que en su afán de aventura lo convierten en la viva imagen del estilo de vida inglés y los sanos principios protestantes, que pasea por un mundo de paganos.

Dicen que el autor se basó en la historia de un marino escocés llamado Alexander Selkirk, que pasó unos cuatro años viviendo en una isla desierta –la cual hoy se llama Robinson Crusoe, y se encuentra en el archipiélago Juan Fernández– después de que su barco le abandonara. Con todo, la vida de Robinson resulta mucho más legendaria, hasta cierto punto increíble, y denota la voluntad de contar una historia milagrosa en la que el hombre es el principal superviviente. El narrador se esfuerza en relatarnos las manifestaciones del ingenio que permitió a Robinson Crusoe vivir de forma más o menos digna durante años y cumplir todas sus funciones vitales, apartado del mundo y sus desvaríos, hasta el momento de encontrar un día casualmente una huella humana en la playa. Son esas cuestiones prácticas, como la manera en que lograba alimentarse o las pequeñas comodidades que inventaba con las escasas herramientas que tenía, las que dotan de una enorme sobriedad al estilo y las que, en definitiva, nos dejan disfrutar de una entretenida novela de aventuras.

Detrás de la novela de aventuras, queda la parábola que llegó a entrever Vázquez Montalbán en su lectura marxista del texto. Como fondo de las peripecias del marino inglés, puede vislumbrarse una lectura económica si nos fijamos en la sabia gestión de los recursos escasos y la toma de decisiones; antropológica, si nos centramos en la tensa relación entre personajes de diferentes pueblos y religiones; religiosa, si atendemos a la conversión del autor y la relación entre los actos del hombre y los trabajos de la Providencia; filosófica y sociológica, si preferimos imbuirnos en una reflexión sobre la naturaleza de la libertad, así como su relación con el entorno social. Podemos hacer también una lectura geopolítica, si estudiamos detenidamente el afán por el control y el gobierno efectivo de la isla, frente a las relativas incursiones de pueblos salvajes. Lecturas, al fin y al cabo, que ponen de relieve la genialidad de Daniel Defoe al conseguir concentrar, en una historia aparentemente clásica y con personajes de escasa profundidad psicológica, los más grandes problemas que desde siempre han acometido a los individuos y a las sociedades. Esa intemporalidad hace del Robinson Crusoe, sin lugar a dudas, de un clásico imprescindible para comprender el mundo moderno.
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1 comentarios:

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Valentin
admin
12:42 ×

OLA !!! MUY INTERSANTE SU BLOG

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Congrats bro Valentin you got PERTAMAX...! hehehehe...
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